Nos pasamos la vida contando años

Y aquí ando, otra vez, leyendo y buscando. Buscando señales, buscando pistas.

No las mías, sino las que descubren los que saben. Dicen que nuestro ADN es un regalo de la vida, para bien o para mal. Dicen que no todo está escrito. Que siempre queda un margen. Un espacio donde cabe la voluntad de cuidarnos.

Mirá, nos pasamos la vida contando años. Que si cumplí 40, que si ya estoy en los 60, que si me quedan menos primaveras por delante… Y la verdad, el calendario es eso: un papel. Pero hay otra cuenta, mucho más sincera, que es la que hace tu cuerpo. Y esa, no miente.

El cuerpo no se fija en tu DNI ni en la fecha de nacimiento.

El cuerpo se fija en cómo lo tratás todos los días. Si lo alimentás con comida de verdad o lo matás con ultraprocesados. Si lo movés o te quedás tirado en el sillón. Si le das descanso o lo castigás con trasnoches. Si vivís con la cabeza llena de quilombos o aprendés a bajar un cambio. Eso es lo que el cuerpo va anotando, como si llevara su propio cuaderno de deudas.

Te doy un ejemplo:

Dos tipos que cumplen años el mismo día. Uno sube las escaleras y parece que corrió la San Silvestre: agitado, transpirado, pidiendo aire. El otro sube tranquilo, se ríe fuerte, baila en un casamiento como si tuviera veinte y todavía juega con los nietos. ¿Qué pasa? El calendario dice que tienen la misma edad, pero el cuerpo te muestra otra película.

Porque no envejecemos todos al mismo ritmo.

El cuerpo habla. Habla cuando te duelen las rodillas al levantarte, cuando te cuesta agacharte, cuando te despertás cansado. Pero también habla cuando todavía tenés energía, cuando disfrutás de caminar, cuando podés reírte a carcajadas sin quedarte sin aire. El tema es si le prestás atención o mirás para otro lado.

Ahora, no hay magia. Nadie puede frenar el paso del tiempo.

Pero sí podés negociar con tu cuerpo. Y no es que te pida imposibles: pedirá más fruta, más verdura, y un poco menos de facturas y gaseosa. Pedirá que camines más, que te despegues de la pantalla a la noche. Pedirá sueño, risas, un rato de paz. Son cosas simples, pero si las hacés seguido, cambian todo.

El error es creer que cumplir años es igual a deteriorarse.

Que los 70 son sinónimo de bastón y resignación. No, para nada. El tiempo pasa, claro. Pero cómo lo vivís depende mucho de vos. Yo conozco gente de setenta y pico que tiene más chispa que pibes de treinta: caminan, disfrutan, se levantan con ganas. Y al revés, conozco a personas de cincuenta que sienten que ya no dan más. La diferencia no está solo en la genética: está en los hábitos, en cómo se cuidaron.

Esa “otra edad”, la del cuerpo, no debería asustarte.

Al contrario, debería ser un espejo. Un reflejo que te pregunte: ¿cómo me trato? ¿qué espacio le doy al descanso, a la risa, al disfrute? Porque, al final, no importa la cantidad de velitas que soplás, sino la calidad con la que vivís cada día.

El calendario va a seguir corriendo, eso seguro.

Pero lo bueno es que todavía estás a tiempo de que tu cuerpo no se quede atrás. Si lo cuidás, puede acompañarte y bailar al ritmo de los años sin agotarse antes de lo previsto.

Por eso, la verdadera pregunta no es “¿cuántos años tenés?”. La que realmente importa es otra: “¿cuántos años tiene tu cuerpo?”.