Todos somos vendedores (aunque no lo creas)
Tal vez no lo hayas pensado nunca, pero todos andamos con un puestito invisible a cuestas. Sí, como si cargáramos una feria portátil en la espalda. Y ahí vamos, por la vida, voceando lo nuestro, aunque no lo sepamos. Algunos venden lo obvio: zapatos, seguros, tostadoras. Otros, sin querer, ofrecen cosas más raras: confianza, paciencia, consejos que nadie pidió.
En cualquier caso, todos somos mercachifles del alma.
Te pasa, por ejemplo:
Cuando le contás a un amigo que descubriste una pizzería gloriosa en la esquina de tu barrio. No solo estás recomendando un sitio: estás armando un relato, condimentándolo con entusiasmo, pintando con palabras la muzzarella que se estira hasta el infinito. Estás vendiendo el plan de viernes perfecto. Y, si tu amigo va, ahí tenés: cerraste la transacción.
Comisión cero, pero satisfacción altísima.
Lo mismo ocurre en el trabajo.
Creemos que vamos a una entrevista a «buscar empleo», pero en realidad estamos sacando el muestrario y desplegando nuestros superpoderes: «sé organizar», «manejo planillas», «aprendo rápido». Estamos intentando convencer a alguien de que somos el producto adecuado para la góndola de su empresa. Y no es distinto cuando intentamos caerle bien a un desconocido en una fiesta.
Sonrisa ensayada, chiste medido, mirada cómplice: promoción de lanzamiento.
Incluso cuando no decimos nada también estamos vendiendo.
El silencio puede ser un artículo de lujo. Pensemos en esas veces que alguien nos cuenta un problema y no espera respuestas, solo la tranquilidad de que no lo interrumpamos. Ahí lo que ofrecemos es espacio, calma, un rincón donde respirar.
Y eso vale más que cualquier palabra brillante.
La cuestión es que vivir es negociar todo el tiempo.
Negociamos con los hijos la hora de dormir. Con la pareja, la serie que se verá después de cenar. Con el vecino, que no use la amoladora un domingo a la siesta. Y hasta con nosotros mismos, cuando decidimos si hoy salimos a correr o inventamos una excusa piadosa.
El problema es que a nadie nos enseñan a comerciar con delicadeza.
Nos sale natural vender lo que sentimos, pero pocas veces aprendemos a hacerlo sin lastimar. Es un arte: saber proponer sin imponerse, entusiasmar sin manipular, convencer sin apretar.
Mostrar quiénes somos sin aditivos ni maquillaje.
Y estaría bueno practicarlo, porque, al final, el mercado es la vida entera.
No existe persona que no compre ni venda algo en este cambalache. El docente que transmite entusiasmo por un poema, la enfermera que regala confianza con una mirada, el amigo que te recomienda una película como si fuera la panacea: todos son comerciantes, aunque no lo declaren en la declaración de la renta.
Reconocerlo nos acomoda un poco la mirada.
Nos hace menos ingenuos, pero también más compasivos. Si entiendo que vos, al hablarme, no solo me hablás, sino que también me ofrecés un pedacito de tu mundo, puedo escucharte distinto.
Y si vos entendés que yo también estoy intentando colocar mi mercadería, quizás no me juzgues tanto.
Porque al final del día:
Lo que más circula no son los billetes ni las criptomonedas. Lo que más cambia de manos son emociones, afectos, historias. Y esas transacciones —cuando se hacen con transparencia— son las que de verdad nos salvan.
