“La cornisa del engaño”

Este es un relato contado en lunfardo, el argot porteño nacido en Buenos Aires mezcla de español popular con giros del arrabal y la calle. Para que los hispanohablantes de otras tierras no se pierdan en el cambalache (lío), cada término lunfardo aparece acompañado de su traducción al español de España entre paréntesis. El tema: la infidelidad, pero narrada con la ironía de quien prefiere reírse del engaño antes que llorarlo.

La sospecha en el aire

Mirá, yo no soy ningún gil (tonto). Lo olí al toque, como perro de caza. Cuando tu mina (novia) empieza a volver más tarde de la oficina y encima viene con cara de yo-no-fui, es porque hay un bacán (galán) en la sombra. Y no me vengan con que estaba chamuyando (charlando) con las amigas, porque las amigas son cómplices profesionales: te firman un prontuario (coartada) hasta con membrete si hace falta.

Yo ya había visto las señales: el celular con clave más larga que discurso de político, el perfume nuevo que jamás usaba conmigo y esa risita de pendeja (chica joven) cada vez que le sonaba un mensaje. Ahí dije: “acá hay gato encerrado” (algo raro).

El operativo vigilancia

No es que yo sea un botón (soplón), pero armé un operativo que ni la cana (policía). Le revisé el historial de la compu, el GPS del auto y hasta le conté los pasos con la pulsera del Fitbit. Todo cuadraba: había un fulano (tipo) nuevo en la agenda. Y el nombre que le puso: “Electricista”. ¡Andá a cantarle a Gardel! (mentira obvia). En casa nunca se quemó un fusible, pero el tipo venía todos los jueves.

Así que una tarde, me hice el gil (desentendido) y dije: “Me voy a jugar un fulbito (partido de fútbol) con los pibes”. En realidad, me escondí en la esquina, con la gorrita baja y un pebete (bocadillo) de mortadela para aguantar la espera. Y lo vi: el “electricista” tocó el timbre, pero sin herramientas, sin bolso, sin nada. Un electricista sin destornillador es como un cura sin sotana. Blanco y en botella: estaba yendo a enchufar otra cosa.

El descubrimiento fatal

Yo, con la sangre hirviendo como pava de mate, entré de golpe. ¿Y qué encuentro? A la susodicha en pleno ensayo de gimnasia artística con el “electricista”. Y yo que siempre pensé que ella no era flexible.

El tipo se me quiso hacer el guapo (valiente), pero se tropezó con la alfombra y terminó de cabeza en el sillón. Ella, llorando como si hubiera pisado un Lego, me decía que era un error, que lo nuestro no podía terminar así. Yo, más duro que estatua, sólo pensaba en que encima me habían dejado la heladera vacía.

La venganza criolla

No armé quilombo (escándalo). Porque si algo me enseñó mi vieja es que el verdadero cachetazo (golpe) se da con elegancia. Así que le dije: “Tranquila, quedate con el electricista. Total, ahora te va a salir cara la factura de la luz”. Y me fui.

Pero antes de cerrar la puerta, me llevé el control remoto. Que sufra buscando canales como yo sufrí buscando pistas.

Epílogo con mate amargo

Ahora, cada vez que paso por una ferretería, me río solo.

Porque la infidelidad es como el dulce de leche: tarde o temprano, se chorrea (se descubre). Y yo, que no soy ningún gil, aprendí que a veces la mejor revancha es sentarse, cebar un mate (te argentino) bien amargo y ver cómo el “electricista” se queda sin enchufes.