Los perdedores también tienen hinchada
El gol que no entra
Hay derrotas que duelen más que otras. La del domingo, por ejemplo, cuando el equipo juega bien, mete tres tiros al palo y pierde igual. O la de la vida, cuando haces todo lo que te dijeron —estudiá, trabajá, sé buena persona— y aun así el gol no entra. En ese instante, uno se sienta en silencio, mira el piso, y siente esa mezcla de bronca y ternura que sólo conocen los que pierden seguido. Porque, digámoslo: ganar es fácil. Ganar no enseña nada. Ganar apenas infla el pecho un rato. Pero perder… perder te deja pensando. Te pone frente al espejo y te pregunta quién sos cuando ya no queda nada que mostrar.
La tribuna de los que aguantan
En la cancha, los verdaderos hinchas son los que se quedan hasta el final. Los que aplauden al equipo, aunque vaya 0-3. En la vida pasa igual: los que te quieren de verdad son los que se quedan cuando ya no hay brillo, ni goles, ni motivos para celebrar. Esa fidelidad silenciosa es una forma de amor. El tipo que vuelve al trabajo después de que lo echaron y consigue otro peor; la mujer que se levanta después de un divorcio; el pibe que estudia otra vez después de rendir mal cinco veces. Todos ellos son hinchas de sí mismos. No levantan copas, pero siguen alentando. Y ahí aparece la vulnerabilidad, esa palabra rara que suena a debilidad, pero en realidad es pura valentía. Es mirar la derrota sin disimulo. Es llorar un poco, mascullar insultos, y aun así preparar la camiseta limpia para el próximo domingo.
La tristeza como camiseta
La tristeza no es enemiga, es uniforme. Es el buzo del arquero que se levanta lleno de barro después de que le metieron el tercero. Nadie aplaude esa jugada, pero todos sabemos que sin ese barro no hay historia. Cuando uno pierde algo importante —una pareja, un sueño, una oportunidad— siente que se desarma. Freud decía que en cada pérdida perdemos una parte de nosotros. Pero también ganamos espacio para algo nuevo. En ese vacío empieza a crecer la aceptación, como el pasto que vuelve a salir después de un mal partido bajo la lluvia. La sociedad nos exige sonreír, vender optimismo, sacar selfis felices. Pero la tristeza es más honesta. No tiene filtros. Es el descanso del alma después de correr todo el partido sin que el resultado te acompañe.
El miedo a descender
El miedo también juega. Es ese rumor de la hinchada rival, esa voz interna que dice: “¿y si no podes?”. Nos protege, pero a veces también nos achica. Martha Nussbaum escribió que las emociones son juicios sobre lo que valoramos. Si tenés miedo de perder, es porque algo te importa de verdad. El coraje, entonces, no es no temer. Es jugar igual, sabiendo que podés descender. Los que siguen adelante con miedo son los que entienden que la vida no siempre te deja elegir cancha.
El amor en tiempo de descuento
El amor y la vergüenza se parecen: ambos te dejan expuesto. Amar es correr al área sabiendo que podés tropezar. Vergüenza es pensar que, si fallas, nadie te va a querer más. Pero a veces aparece alguien que te ve embarrado, temblando, y te dice: “no pasa nada, vamos de nuevo”. Y ahí, aunque pierdas, sentís que ganaste algo más importante. Brené Brown diría que esa es la verdadera conexión humana: cuando alguien se queda, incluso cuando no brillas. Cuando te bancan en la derrota.
Epílogo: la revancha silenciosa
Ser un “perdedor” no es el final del partido. Es apenas el entretiempo. Los que pierden seguido aprenden a mirar distinto. Descubren que la vida no se trata de levantar trofeos, sino de seguir entrando a la cancha con el corazón en la mano. Como escribió Leonard Cohen, “hay una grieta en todo, y así entra la luz”. La grieta del perdedor no se cura: se ilumina. Y en esa luz, tenue pero obstinada, late la hinchada invisible de todos los que perdieron y siguieron igual. Porque, al final, perder también es una forma de jugar.
