La mudanza interior

Dedicado a una amiga del alma, que hoy cumple años.

Hay mudanzas que no se hacen con cajas.

No hay camiones, ni cintas adhesivas, ni vecinos mirando. Hay mudanzas que pasan por dentro, cuando una mañana cualquiera alguien se mira al espejo y no se reconoce. No porque haya cambiado la cara, sino la mirada. Algo se apagó. O quizá algo se encendió por fin. Pasa cuando el ruido de afuera se mete tan adentro que ya no se escucha el propio corazón. Cuando el cuerpo empieza a pedir permiso y la cabeza no lo deja hablar. No hay calendario para eso. Simplemente un día se entiende que seguir igual duele más que cambiar.

Durante años uno aprende a funcionar.

A hacer lo que hay que hacer, a cumplir, a correr sin mirar el paisaje. A tachar listas, a sonreír por reflejo, a vivir con el piloto automático puesto. Y un día, sin drama ni explosión, llega el cansancio verdadero. No el de los músculos, sino el del alma. Ese que no se cura durmiendo, sino deteniéndose.

Ahí empieza la mudanza.

No de barrio, sino de piel. Se empacan las culpas, los “tengo que”, los “no puedo”, los “qué van a decir”. Y entre los cajones aparecen cosas que parecían perdidas: una risa que sale sin permiso, un silencio que no incomoda, una siesta que no pide disculpas. Entonces se entiende que se venía cargando demasiado. Que muchas cosas pesaban solo por costumbre, no por amor.

Mudarse de uno mismo lleva tiempo.

No hay flete que lo resuelva. A veces parece que todo avanza, y de golpe, el pasado toca timbre con la excusa de un recuerdo. Pero de a poco se nota la diferencia: el aire entra más fácil, el sueño llega antes, la vida se agranda. No porque haya más cosas, sino porque hay menos ruido. La felicidad no aparece de golpe; estaba ahí, tapada por tanto exceso. Cuando la mente baja el volumen y el alma respira, todo se acomoda solo.

La paz no se encuentra.

Se fabrica a mano, con decisiones pequeñas y sinceras. Quiero decir que no al desgaste. Hay que decir que sí a lo que sana. Apagar el teléfono. Comer despacio. Perdonar sin discursos. Llamar a quien hace bien. No hace falta una tragedia para cambiar de rumbo; a veces alcanza con cumplir años y entender que el tiempo no se repite, pero las ganas sí. Nunca es tarde para elegir distinto. Nunca es tarde para vivir más liviano. Y si alguna vez el miedo le susurra que ya pasó el tren, que recuerde: todavía hay estaciones por descubrir. Todavía hay risas que no conoce, abrazos que no dio, mañanas que pueden ser distintas.

Hoy, en su cumpleaños, el deseo es simple:

Que empiece esa mudanza. Que deje atrás los ruidos y se quede con lo que le da paz: la gente que la quiere sin condiciones, los momentos que le devuelven el alma al cuerpo, las cosas que la hacen reír sin motivo.  Porque vivir en paz no es un lujo, es una forma de quererse.