Yerba mate: la ciencia detrás de una costumbre que cruzó fronteras
Antes de que existieran las fronteras, las banderas y los mapas que hoy discutimos, había un territorio verde e inquieto llamado Yvy Maraey: la “tierra sin mal”.
Allí, mucho antes de que a Europa se le ocurriera inventar el té o exportar el café, los indios guaraníes ya preparaban una infusión hecha con las hojas de un árbol robusto y persistente: Ilex paraguariensis, la yerba mate. La usaban para conversar, para caminar largas distancias y para enfrentarse a días duros sin demasiadas quejas. Era bebida, alimento, medicina y ritual.
Los colonizadores se sorprendieron de ver a esa gente atravesar selvas con una energía que parecía salirles del alma… hasta que descubrieron la calabaza, la bombilla y la hoja molida. Desde entonces, la yerba dejó de ser un secreto. Se expandió como se expanden las buenas costumbres: por imitación, por necesidad y por puro gusto.
Hoy, el mate es más que una infusión. Es un gesto cultural tan profundo que en algunos países define identidades. Argentina, Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil lo consumen como si fuera sangre caliente: se comparte en la playa, en la obra, en la oficina, en la ruta y hasta en medio de una discusión. Lo notable es que en las últimas dos décadas otros países comenzaron a mirar la yerba mate con curiosidad científica y comercial.
Alemania, Siria y España son algunos de los principales importadores. También Estados Unidos, donde primero entró por las tiendas naturistas y hoy ya aparece en cafeterías modernas como alternativa al café. La Unión Europea compra cada vez más, sobre todo para convertir la yerba en bebidas frías, energéticas o suplementos. Quizás lo que seduce es que la planta tiene historia, pero también tiene evidencia.
Porque la ciencia —cuando deja de mirar cosas complicadas y se dedica a investigar lo que millones toman a diario— terminó constatando algo simple: el mate no es magia, pero tampoco es puro hábito.
Lo que la ciencia sabe con solidez
A diferencia de los mitos urbanos, los papers científicos no permiten exageraciones. Y lo que dicen, cuando se los lee con paciencia de domingo, es que existe evidencia sólida en cuatro áreas: grasas en sangre, microcirculación, antioxidantes y composición corporal.
Un estudio clásico, realizado en Brasil, tomó a personas con colesterol alto y les dio mate tres veces por día durante cuarenta días. El resultado fue claro: el colesterol LDL bajó entre 8 % y 8,6 % (Kim & Muzzio, 2009; PubMed 19694438). No es una revolución cardiovascular, pero sí es un efecto real, medible y repetible.
Después apareció un análisis más amplio —un metaanálisis— que puso paños fríos: al mirar todos los estudios juntos, el efecto sobre los lípidos no es uniforme (PubMed 35829819). ¿Significa que el mate no funciona? No exactamente. Significa que, como casi todo en la biología humana, algunos responden mejor que otros. Ninguna novedad.
Donde sí hay consenso es en sus efectos sobre la microcirculación. En uno de los ensayos más grandes sobre el tema, 142 personas con sangre más espesa que la media tomaron yerba mate durante seis semanas. El resultado fue una reducción significativa de la viscosidad y una mejora en la microcirculación, demostrada incluso en imágenes de capilares (PubMed 25562195). Dicho en criollo: la sangre fluía mejor.
Otro punto firme: la capacidad antioxidante. En personas con sobrepeso, tomar un litro de mate durante ocho semanas elevó los niveles de PON-1, una enzima protectora asociada al colesterol HDL y a la defensa contra el daño oxidativo (Nutrition Journal, 2018). Es decir: el cuerpo quedó un poco más preparado para lidiar con el desgaste del día a día.
La evidencia más llamativa viene de Corea: un ensayo de doce semanas con extracto de yerba mate mostró una reducción significativa de grasa corporal, del porcentaje de grasa y de la circunferencia de cintura (PubMed 26408319). No es un “quemagrasa milagroso”, pero es un dato concreto: en condiciones controladas, la yerba tiene un efecto metabólico real.
Riesgos: lo que también hay que decir
No todo es verde y perfecto. La ciencia es clara en un punto: las bebidas muy calientes aumentan el riesgo de cáncer de esófago (OMS/IARC). Y acá la culpable no es la planta, sino la temperatura. Es sencillo: si te quemás la lengua todos los días, los tejidos sufren.
El otro punto es la cafeína: puede causar insomnio, nerviosismo o taquicardia en personas sensibles. Como cualquier hábito, si incomoda, se regula.
Y sí, algunos estudios relacionan el mate con mayor riesgo en personas que fuman o toman alcohol en exceso. Pero ahí el problema no es el mate: es la combinación.
Un cierre posible
La yerba mate nació en la selva, se volvió símbolo en el Cono Sur y hoy viaja en contenedores hacia países que hace 100 años no sabían pronunciar su nombre. La ciencia confirma efectos concretos; la tradición, el resto. Tomado con calma —y no hirviendo—, el mate es un acompañante noble, imperfecto y profundamente humano.
Referencias
- Kim & Muzzio, 2009. Effects of yerba mate on lipid parameters. PubMed 19694438.
- metaanálisis sobre lípidos y yerba mate. PubMed 35829819.
- Falcão et al., 2015. Blood viscosity and yerba mate. PubMed 25562195.
- Nutrition Journal, 2018. PON-1 and antioxidant effects of yerba mate.
- Kim et al., 2015. Body fat reduction with yerba mate extract. PubMed 26408319.
- IARC/OMS: Hot beverages and esophageal cancer risk.
