Dicen que la Navidad es universal
Pero la verdad es que cada ciudad tiene su propia receta; como si el espíritu navideño fuera un guiso que cada país cocina a su modo, a veces con cariño, a veces con resignación y, en ocasiones, con ese ingrediente misterioso que huele a pólvora, nostalgia y diplomacia familiar.
Lima, por ejemplo
Vive la Nochebuena como un entrenamiento avanzado para sobrevivir simultáneas explosiones de cohetes, niños en modo hipersónico y pavos que desafían las leyes de la física dentro de hornos que quedan siempre demasiado pequeños. La jornada entera es un ritual de preparación: aderezar el pavo, pelar papas, hacer compras de último minuto y discutir políticamente con un tío para “adelantar” la pelea y evitar que contamine la cena.
A medianoche exacta —jamás antes, porque sería casi sacrilegio— se come. No importa si el pavo está seco como documento notarial: la cena es un trámite previo al verdadero tesoro limeño, el panetón con chocolate caliente, que en pleno verano provoca un sudor patriótico. Luego llegan abrazos, amigos con cajas de panetón que nadie pidió y todos aceptan, y vecinos que deciden que las tres de la mañana es la hora ideal para estrenar pirotécnicos de procedencia dudosa.
Buenos Aires, en cambio
Celebra una Navidad basada en la fe: fe en que la heladera aguante, en que el aire acondicionado no se rinda, y en que nadie se desmaye preparando la ensalada rusa bajo un calor que merece figurar como integrante oficial de la familia. La Nochebuena es una coreografía de quejas afectuosas: “¿Hace calor, ¿no?” “Un poquito”, responden mientras todos se derriten como velas.
En la mesa conviven platos que solo existen en diciembre porque el resto del año nadie tiene energía para discutirlos: especialmente el vitel toné. Y cuando el reloj marca las doce, los fuegos artificiales compiten con brindis y con el perro del vecino que ladra exigiendo que esta costumbre global sea abolida de una vez. Aun así, la familia se reúne, los amigos reaparecen y siempre hay un brindis sentimental que algún primo arruina con un chiste. Y es tradición.
En Madrid
La Navidad parece producida por un departamento de marketing que trabaja exclusivamente con luces LED y calendario litúrgico. Todo brilla. Todo huele a roscón, cordero y un aire helado que exige bufanda elegante. El ritual avanza por etapas: comidas de empresa —donde todos actúan como si estuvieran sobrios—, reuniones familiares con mariscos que amenazan el presupuesto anual, y calles repletas de gente comprando regalos “de última hora” desde el 15 de diciembre.
La Nochebuena llega temprano: cenan tranquilos, conversan, ríen y nadie se obsesiona con esperar las doce, porque allí la medianoche sirve para abrigarse y salir a ver luces, no para partir pavos gigantes. La familia ocupa el centro, pero los amigos reclaman su espacio sagrado: cañas antes o después de todo, imprescindibles para comentar la vida ajena con cariño navideño.
Luego está Roma
Donde la Navidad parece más antigua que el propio calendario. Uno tiene la impresión de que, si escucha con atención, podría oír a algún emperador opinando sobre los turrones. La ciudad combina solemnidad y exceso en partes iguales: cenas largas, conversaciones que parecen discusiones, pero son puro afecto mediterráneo, y una gastronomía incapaz de ser humilde.
Todo es abundante: pastas, pescados, dulces, vinos. La familia domina la escena con un protagonismo indiscutible, y la amistad se celebra con una copa en un bar que probablemente existe desde antes de que existiera la palabra “bar”. Roma no celebra la Navidad: la interpreta.
A pesar de sus diferencias de clima, menú y horario
Estas ciudades comparten un secreto silencioso: la Navidad no sucede en las calles, ni en los cohetes, ni en el turrón. Sucede en esa pausa mínima en la que uno mira a su gente y piensa: “Bueno, con estos locos me tocó, y menos mal”. Pero entre tanta diversidad —del calor porteño a la solemnidad romana, del caos limeño al brillo madrileño— también aparece para millones de católicos un recordatorio central: la Navidad celebra el nacimiento de Jesús. Una historia que llega envuelta en precariedad y esperanza, y que, incluso entre los preparativos y los brindis atropellados, sigue tocando fibras profundas.
Y ahí surge una pregunta incómoda:
¿Qué hace ese estruendo de disparos y fuegos artificiales colándose en la celebración de un nacimiento que, según el relato, ocurrió en un silencio humilde? ¿Cómo llegamos a recibir a la “paz” con un idioma hecho de explosiones? Quizá porque heredamos tradiciones sin repensarlas, porque el ruido parece más fácil que la emoción o porque confundimos intensidad con alegría.
Pero un nacimiento —y especialmente este— habla de quietud, de un gesto pequeño que crece. Tal vez la fiesta no necesite pólvora, ni regalos para existir; tal vez la distorsione. Quizá la Navidad necesite menos estruendo y más presencia.
Queda abierta la pregunta:
¿Qué lugar queremos que ocupen los regalos, esas explosiones, en una celebración que pretende unirnos? Si aprendemos a escuchar de verdad —entre villancicos, risas y abrazos torpes— quizá descubramos que la Navidad brilla más cuando el cielo no necesita ser bombardeado para recordarnos que estamos juntos.
