Redes sociales: “Las que no quisieron, las que no pudieron y las que se quedaron”
Arrancó el balance del año con una cifra que, escrita así, parecía una exageración o un error tipográfico: miles. Miles de contactos. Cuentas y perfiles que se sumaban casi sin darnos cuenta. La cifra sorprendía, claro, pero enseguida llegaba la aclaración que bajaba la euforia: no eran cercanos, no eran nuevos vínculos profundos. Eran apenas presencias digitales, ecos.
Entre esos nuevos contactos
Y otros no tan nuevos, pero sí más profundos, aparecieron nombres que ya forman parte del paisaje emocional: familia, amigos, compañeros de trabajo, conocidos de paso. Algunos llegaron con entusiasmo, otros se quedaron por inercia. Hubo quienes aparecieron una vez y desaparecieron sin dejar rastro, y quienes, sin saber cómo, se volvieron parte de la rutina diaria. Lo curioso es que, aunque los nombres se acumulaban por miles, el espacio real para conectar seguía siendo limitado.
Las redes sociales tienen esa capacidad extraña
De hacernos sentir acompañados y solos al mismo tiempo. De organizarnos la vida en perfiles, historias y pantallas. Hay quienes entran porque quieren, porque eligen mostrarse y cruzar el mundo real con el virtual. Otros llegan porque no queda más remedio, porque el silencio digital también pesa, porque no estar es casi desaparecer.
Hay nombres que ya no aparecen
Cuando uno escribe las primeras letras en el buscador, no surge nada. No porque haya habido un conflicto grande o una despedida formal, sino porque simplemente dejaron de estar. Se fueron sin aviso, sin escándalo. Tal vez cerraron una etapa, tal vez cambiaron de rumbo. Da rabia, a veces. Da nostalgia. Porque eran parte del paisaje cotidiano, aunque no lo supiéramos del todo. Se fueron como se van las conversaciones que no se cierran, dejando preguntas flotando.
Después están los otros: los que se fueron de verdad
Los que decidieron bajarse de la barca, de mis conversaciones. A veces fue consciente, a veces no. Un día estaban, al otro no. Sin explicaciones largas ni despedidas solemnes. Tal vez fue el algoritmo, tal vez el cansancio, tal vez la vida misma. Seguimos hablando solos durante un tiempo, escribiendo mensajes que ya nadie lee. Pensé en muchos de ellos más de una vez.
Y, por último, están los que se quedaron
Los que, entre miles, siguen ahí. No siempre dicen mucho, no siempre reaccionan, pero permanecen. Son los que conocen silencios y excesos, etapas buenas y las no tanto. Los que entendieron que no todo es presencia constante, que a veces estar es simplemente no irse. Son pocos, comparados con la cifra total, pero suficientes para que todo tenga sentido.
Al final, las redes no se miden por números, aunque se acumulen por miles
Se miden por lo que sostienen cuando se apaga la pantalla. Por las conversaciones que sobreviven fuera del chat, por los nombres que siguen teniendo peso. El resto es ruido. Ruido necesario, quizás, pero ruido al fin.
