Querencia: El lugar al que el cuerpo vuelve antes que la cabeza
Querencia es una palabra vieja que no se resigna a quedar en desuso. No grita, no reclama, no hace marketing de sí misma. Se deja encontrar. Nombra una inclinación profunda, un apego que no siempre sabe explicarse y que no necesita argumentos. Viene de querer, sí, pero no del querer que se anuncia, sino del que sucede. Ese que aparece cuando algo encaja sin esfuerzo y el cuerpo afloja antes de que la cabeza termine de entender.
En su origen, la querencia era el sitio donde el animal se quedaba porque ahí estaba en calma. No por obediencia ni por costumbre. Por una necesidad íntima. Con el tiempo, la palabra se volvió humana y empezó a señalar personas, paisajes, rutinas, estados del alma. El lugar donde no hay que estar a la defensiva. Donde la vigilancia baja. Donde uno puede ser sin explicar demasiado. Y ahí aparece el conflicto: porque la querencia no siempre coincide con el lugar donde nacimos.
Nacer no garantiza quedarse
El origen es un dato, no un destino. Uno nace en un sitio como nacen los árboles al costado de una ruta: porque tocó ahí. Pero no todos crecen para dar sombra en el mismo lugar. Algunos se doblan con el viento, otros estiran raíces buscando agua, otros —los menos obedientes— entienden que moverse también es una forma de vivir. Caminar, a veces, es la única manera de no traicionarse.
La querencia no vive en la dirección del documento ni en el acento que se exagera para que te ubiquen rápido. Tampoco en la foto de infancia que alguien conserva mejor que vos. No es una postal ni una promesa heredada. No responde al mandato de la sangre ni a la nostalgia obligatoria. Aparece cuando algo, finalmente, encaja. Cuando el cuerpo reconoce antes que la razón. Como una silla que siempre estuvo ahí y recién ahora encontraste.
Lugares que no te vieron nacer, pero te dejan ser
La querencia puede ser una calle extranjera donde ya sabés qué baldosa esquivar después de la lluvia. Un café donde pronuncian mal tu nombre, pero te traen el café como te gusta. Una ciudad que no te vio crecer, pero te permitió cambiar. Porque hay lugares que no te crían, pero te adoptan.
En 2025, mientras cientos de miles de argentinos viven en España, la palabra querencia se vuelve incómoda. Son más de 450 mil almas. Las cifras ordenan, clasifican, tranquilizan. Pero no explican nada. No responden a la pregunta central: ¿de dónde sos cuando tu vida pasa en otro lado? ¿Qué lugar te nombra cuando tus afectos, tu trabajo y tus domingos ya no están donde aprendiste a hablar?
La honestidad también incomoda
Decir “mi vida está acá” no siempre cae bien. Para algunos suena a abandono, a deslealtad, a traición. Pero nadie se va para irse: se va para vivir. La querencia no es suelo ni paredes. Es el aire que respirás cuando dejás de defenderte. Cuando el esfuerzo empieza a rendir. Cuando el miedo baja un cambio.
Se construye con vínculos elegidos, con errores propios, con rutinas nuevas que un día dejan de ser nuevas. Vive en el presente, no en el álbum familiar. Elegir la querencia es un acto de libertad y también de rebeldía. Es aceptar que cambiar de lugar no es perder identidad, sino ampliarla.
Un cierre que no es clausura
Al final, la querencia no es un punto fijo. Es un estado. Ese momento en que dejás de pedir permiso y simplemente vivís. Y tal vez no sea para siempre. Tal vez se mueva. Tal vez, como todo lo vivo, cambie cuando haga falta. Y está bien. Porque no somos el punto de partida. Somos el trayecto. Y, a veces, también el desvío.
