Entre la mufa y el miedo

A mi amiga Hilda, que sufre la realidad del mundo en carne propia.

La mufa (en el argot argentino, esa sensación de mala suerte persistente, de energía pesada que parece contagiarlo todo) ya no es solo una palabra dicha en voz baja. Es una presencia. Se mete en la rutina como el noticiero encendido de fondo, como la sobremesa que se alarga sin ganas, como ese pensamiento inoportuno que aparece justo antes de dormir y no deja apagar la luz del todo. Antes parecía exageración; ahora es costumbre. Todo sucede rápido, pero nada termina de acomodarse. El cuerpo se levanta cansado de antemano y la cabeza no encuentra dónde apoyarse sin volver a caer.

Vivimos entre la mufa y el miedo

El miedo a que todo empeore, a que nada cambie, a que el esfuerzo no alcance. La incertidumbre ya no es un episodio: es el clima. No siempre se ve, pero se siente. Como una humedad persistente que se filtra en las paredes y termina por ablandarlo todo. Cuesta distinguir certezas, entender qué vale y qué no, confiar en que algo se sostiene sin tambalear. Y en medio de ese desgaste aparece una tentación vieja y conocida: mirar hacia atrás.

Recordar el pasado. Pulirlo. Idealizarlo

Pensar que antes era más simple, más claro, más humano. Tal vez lo fue. O tal vez la memoria, que también es una artesana tramposa, recorta y suaviza. El problema no es recordar; el problema es quedarse ahí. Comparar todo el tiempo lo que fue con lo que es termina siendo una forma elegante de no vivir. El pasado no responde mensajes ni acompaña en la madrugada: observa desde lejos, inmóvil, como una foto que no cambia, aunque uno sí.

Mientras tanto, esta realidad se sostiene

Con silencios cómodos y palabras vacías, con discursos que prometen sin tocar el suelo. Pero debajo de esa superficie sigue estando la gente común: cansada, desorientada, llena de preguntas que no buscan épica. No se piden salvaciones grandilocuentes, apenas una señal mínima, algo que indique por dónde seguir sin sentir que todo es en vano.

Mirar atrás no puede ser una estrategia de supervivencia

Cuando el pasado fue mejor —o creemos que lo fue— la nostalgia se convierte en un refugio falso que paraliza. Tiene que ocupar su lugar justo: el de un recuerdo amable, no el de una vivienda permanente. Nadie puede vivir en una foto vieja sin perder algo en el intento, sin quedarse quieto mientras el mundo avanza a los empujones.

Por eso, en tiempos de angustia, el trabajo es con el presente

No como promesa grandiosa ni como consigna motivacional, sino como decisión diaria. Usar la energía en lo cercano, en lo posible, en lo que depende de uno. Un gesto concreto, una charla honesta, un límite puesto a tiempo, un cuidado propio que no se negocia.

Ayuda empezar algo, aunque sea mínimo

Un proyecto pequeño que ordene el día y devuelva sentido: regar una planta, escribir una página, caminar diez minutos más. La desesperanza crece cuando todo queda en pausa, cuando la mufa se naturaliza y el miedo dirige. El mayor desafío hoy no es entenderlo todo, sino vivir lo que hay sin compararlo constantemente con lo que fue. No porque el presente sea perfecto, sino porque es el único disponible.

A veces vivir es solo eso: dejar de mirar atrás, reconocer la mufa, atravesar el miedo y seguir caminando.