Prejuicios: Nos enseñaron desde temprano a desconfiar

A medir, a calcular, a poner distancia. Nos dijeron que no todo el mundo es bueno, que no conviene mostrarse, que el afecto expone y que quien se expone puede salir herido. Y así, casi sin darnos cuenta, fuimos levantando una colección de prejuicios que hoy nos cuidan menos de lo que creemos y nos quitan mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir.

Porque no es que no sepamos querer

Es que aprendimos a sospechar del querer. Sospechamos del abrazo largo, del mensaje inesperado, de la caricia que no pide nada a cambio. Sospechamos del que se acerca demasiado, del que dice “te quiero” sin un contrato previo, del que se queda cuando no hay nada para ganar. Y entonces llamamos “prudencia” a lo que muchas veces es miedo, y “madurez” a lo que no es más que una renuncia anticipada.

Nos alimentamos de pan, sí, pero también de permisos

Permisos para sentir sin culpa, para necesitar sin vergüenza, para aceptar el afecto sin preguntarnos qué deuda genera. Sin embargo, los prejuicios nos dicen que necesitar es debilidad, que pedir es molestar, que recibir sin dar algo equivalente es quedar en falta. Y así vamos por la vida con el estómago lleno y el alma en ayuno.

Hay prejuicios silenciosos, de esos que no se declaran

Como creer que el cariño siempre esconde una intención, que la ternura dura poco, que quien hoy abraza mañana se va. Entonces nos adelantamos a la pérdida: no nos entregamos del todo, no disfrutamos del todo, no creemos del todo. Por si acaso. Como si el dolor se pudiera evitar cerrando la puerta antes de que alguien toque el timbre.

También están los prejuicios heredados

Los que vienen de historias ajenas que hicimos propias: “no confíes”, “no te ilusiones”, “mejor solo que mal acompañado”. Frases que suenan a consejos, pero funcionan como cercos. Cercos que nos protegen, sí, pero que también nos dejan afuera de lo mejor. Porque el afecto no entra por rendijas: necesita espacio, tiempo y una cuota inevitable de riesgo.

Hemos confundido amor con desgaste

Compromiso con pérdida de libertad, sensibilidad con fragilidad. Y desde ahí miramos los gestos simples con desdén, como si no valieran tanto. Un abrazo parece poco frente a los grandes logros, una palabra amable parece mínima frente a las urgencias del día. Pero es al revés: cuando todo se complica, lo único que de verdad sostiene es eso que llamamos poco.

Los prejuicios nos impiden disfrutar

Porque nos obligan a estar siempre a la defensiva. Nos hacen analizar lo que podría pasar en lugar de habitar lo que está pasando. Nos empujan a juzgar antes de sentir, a poner etiquetas antes de abrir los brazos. Y mientras tanto, la vida sigue ocurriendo sin nosotros, o apenas rozándonos.

Tal vez ser felices no sea eliminar el miedo

Sino dejar de obedecerlo ciegamente. Tal vez se trate de cuestionar esos prejuicios que nos prometen seguridad y nos entregan soledad. Animarnos a recibir un gesto sin sospechar, a dar cariño sin calcular, a aceptar que el afecto no es una trampa sino un alimento.

Porque al final, lo que más recordamos

No son las veces que nos cuidamos demasiado, sino aquellas en las que bajamos la guardia.

Esos momentos en que alguien nos abrazó sin motivo, nos habló con bondad, nos hizo sentir en casa, aunque fuera por un rato.

Y quizá de eso se trate vivir un poco mejor: de permitirnos ese rato, sin prejuicios, sin armaduras, con el corazón lo suficientemente abierto como para que el afecto, por una vez, nos encuentre disponibles.