Para reflexionar, sin culpa
Hoy, hurgando en la biblioteca como quien busca una excusa para no ordenar, me encontré con unas frases subrayadas por nadie. No sé de quién son. Tal vez de alguien que escribió sin saber que iba a acompañarme esta tarde. Las leí de pie, después sentado, y al final me quedé quieto, como cuando algo te acomoda por dentro sin pedir permiso.
Decían cosas simples, de esas que parecen obvias hasta que te las dicen despacio.
“Que si al despertar el cuerpo protesta menos de lo que coopera, entonces hoy ganaste. No el premio mayor, pero sí algo importante: un día más sin que el dolor marque la agenda. Y eso, aunque no cotice en bolsa, vale más que muchas fortunas.”
“Que, si nunca conociste la guerra más allá de los documentales, ni la cárcel más allá de las películas, ni el hambre más allá de una dieta mal planificada, entonces vivís en una burbuja frágil pero real. Una burbuja donde millones no entran, aunque empujen fuerte.”
“ Que si podés creer —o no creer— sin esconderte, sin bajar la voz, sin mirar por sobre el hombro, sos parte de una minoría silenciosa que puede hablar. Porque en el mundo hay demasiada gente castigada por pensar distinto, como si las ideas fueran armas.”
“Que, si abrís la heladera y algo te devuelve la mirada, si el armario no está vacío y la noche tiene un techo, entonces sos estadísticamente rico, aunque no te sientas así cuando pagás las cuentas.”
“ Que si tenés algunos billetes guardados “por las dudas”, monedas perdidas en un cajón, o una tarjeta que todavía pasa, pertenecés a ese pequeño porcentaje que puede elegir. Y elegir, a veces, es el mayor lujo.”
“ Que si tus padres siguen vivos, y aún se dicen cosas lindas o al menos se toleran, eso ya roza lo extraordinario. No por ideal, sino por escaso. Y que si estás leyendo esto, sin que nadie te lo lea, sin tener que adivinar las letras, entonces recibiste dos veces el mismo regalo: saber y poder.”
Estas frases no piden culpa
No señalan con el dedo. No dicen “sentite mal”. Dicen “mirá”. Mirá alrededor. Mirá adentro. Agradecé sin solemnidad, con los pies en la tierra. Porque sí: estamos todos en el mismo mar. Pero no todos navegamos el mismo barco.
