Cuento breve: “Quince habitantes”
El pueblo quedaba en el medio de la nada, rodeado por un silencio que no era paz sino abandono
A ciento cincuenta kilómetros de la ranchería más cercana y a seiscientos del pueblo grande, nadie llegaba por error. El camino se terminaba ahí, como si el mundo hubiera decidido no seguir. No había médicos, ni enfermeras, ni maestros. No había electricidad. El agua era poca y estaba lejos, y cada viaje para buscarla era una pequeña expedición.
Muchas veces, cuando alguien se enfermaba por esos lados, se moría. Por eso, en ese lugar, una iglesia pobre y un cura eran mucho más que religión: eran refugio, consejo, compañía. Un hermano. Alguien que repetía, sin gritarlo, la única ley que parecía sostener todo: “amaos los unos a los otros”.
Julio llegó cuando el sol ya se había rendido
Venía manejando desde hacía horas, con la espalda dura y la cabeza vacía. El desierto se le había metido en los ojos, en la garganta, en los pensamientos. El cartel apareció de golpe, torcido, oxidado: un nombre casi borrado y, debajo, como una confesión, “habitantes: 15”. Julio sonrió con incredulidad. Pensó que era una broma vieja, olvidada.
El pueblo era apenas una fila de casas bajas, cerradas, castigadas por el viento
No había plaza, ni almacén, ni escuela. Solo puertas cerradas y perros flacos que no ladraban. Al fondo, una iglesia: cuatro paredes despintadas, una puerta vencida y una cruz sostenida más por fe ajena que por madera firme. Julio bajó del auto y entró sin saber bien por qué.
Adentro hacía fresco. No había bancos, ni santos, ni velas. Solo la cruz, el olor a tierra seca y un hombre sentado en una silla.
—Buenas tardes —dijo Julio.
El hombre levantó la vista. Flaco, barba despareja, ropa gastada. Los ojos claros y cansados.
—Dios lo acompañe —respondió—. Pase. Acá no llega mucha gente.
Julio dijo que estaba de paso, que el auto necesitaba descanso. El hombre se presentó como Beltrán. No dijo “padre”, ni “cura”. Solo Beltrán.
—Voy a cebar unos mates —dijo—. El agua es poca, pero alcanza para compartir.
Se sentaron afuera, contra la pared de la iglesia. Beltrán cebaba despacio, como si cada mate fuera una decisión importante. Julio aceptó en silencio. Miró alrededor.
—¿Siempre está tan vacío? —preguntó.
—Siempre —contestó Beltrán—. Y, sin embargo, nunca se está solo.
Julio dudó.
—No creo en Dios —dijo.
Beltrán asintió.
—Muchos de acá tampoco. Igual rezan. Cuando uno no tiene nada, reza, aunque no sepa a quién.
El mate pasó de mano en mano. El viento arrastró arena.
—¿Por qué se quedó? —preguntó Julio—. No hay nada.
Beltrán lo miró fijo.
—Justamente por eso. Porque no hay nada. Y cuando no hay médicos ni remedios, alguien tiene que quedarse a sostener la mano del que se muere. Yo he cerrado más ojos que libros leídos. He cargado cuerpos en silencio. He bautizado con agua sucia y enterrado sin ataúd. Acá la fe no es discurso: es quedarse.
Julio tragó saliva.
—¿Y cree en Dios con todo eso?
Beltrán miró la cruz.
—Creo en Jesucristo —dijo—. Porque no bajó del dolor. Porque no explicó el sufrimiento. Lo atravesó. Y porque en la cruz no dio respuestas, gritó. Como gritamos todos alguna vez.
Levantó un dedo.
—Creo, porque eligió a los pobres y a los rotos. Porque nunca prometió salvarnos de la muerte, sino no dejarnos solos cuando llegue.
Otro dedo.
—Creo, porque perdonó sin justicia perfecta. Y acá, créame, la justicia no llega nunca.
Julio sentía un nudo en el pecho.
—¿Y la Iglesia? —preguntó—. Todo lo que hizo mal.
Beltrán bajó la mirada.
—Eso también me duele. Yo no defiendo eso. Yo defiendo a la viuda que viene a llorar porque se le murió el hijo. Al viejo que no ve y me pide que le lea una carta. Al chico que no sabe escribir su nombre y se lo enseño en la tierra. Si Dios no sirve para eso, no sirve para nada.
El silencio cayó pesado. Desde una casa cercana llegó un quejido ahogado.
Beltrán se puso de pie de golpe.
—Espere acá.
Julio lo siguió. En una habitación oscura yacía una mujer joven, temblando, con fiebre. No había remedios. No había luz. Beltrán le apoyó la mano en la frente y empezó a rezar en voz baja. No como quien pide un milagro, sino como quien acompaña.
Julio entendió.
Cuando volvió al auto, ya era de noche cerrada. Arrancó despacio. En el espejo retrovisor vio la cruz perderse en la oscuridad. El cartel volvió a aparecer: “habitantes: 15”. Julio pensó que estaba mal contado. Porque en ese pueblo, mientras alguien se quedará a amar, nunca iban a ser solo quince.
