Mi amiga Eva: “Cuando toda la vida es mucho tiempo”

Mi amiga Eva no es una película que te golpee la puerta con efectos especiales ni diálogos de ópera rock. Es más bien esa llamada a las tres de la tarde de un miércoles, en la que una voz conocida te dice, sin dramatismo: “¿Sabes? Creo que voy a cambiar todo”. Y tú, desde el otro lado, conteniendo el aire, piensas: “Por fin”.

Cesc Gay, junto a Eduard Sola, ha construido algo que duele porque es cierto: la épica no está en las batallas, sino en la cocina de tu casa, en la maleta que empacas para un viaje cualquiera, en la mirada que sostienes con un extraño en un bar de Roma. Y duele bien.

Nora Navas es Eva

Eva tiene cincuenta años, un matrimonio que ya sabe a sopa recalentada, dos hijos que hablan por memes y una vida que cabe en una agenda de Google. Hasta que un viaje a Roma le regala un hombre (Rodrigo de la Serna, con esa sonrisa que lo explica todo sin palabras). Y no es un amor de película: es un roce, un “¿y sí?”, un café que podría cambiar la lumbre de tu biografía.

De vuelta en Barcelona

Eva toma una decisión. No es un estallido, es un susurro con consecuencias. Y aquí la película se quita el abrigo y nos muestra los nervios: el marido (Juan Diego Botto, en un papel que duele de tan humano) que no entiende, pero intenta, los hijos que miran desde otra orilla, los amigos que ya no saben qué preguntar. La reinvención no es un montaje con música motivadora: es equivocarse, reírse sola en el espejo, llorar en un supermercado y levantarse al día siguiente como si nada.

Lo genial de esta historia es que no juzga

No dice “esto está bien” o “esto está mal”. Simplemente observa, con cariño de cómplice, cómo una mujer decide que quizás la vida no es un camino recto, sino un laberinto en el que a veces hay que romper una pared.

Y todo acompañado por un elenco (Àgata Roca, Fernanda Orazzi, Francesco Carril, Marian Álvarez, Miki Esparbé) que no actúa: vive. Parecen vecinos tuyos, gente que te cruzas en el ascensor, personas de carne que respiran justo al lado.

Por qué verla:

Porque te reconocerás. Porque después de los créditos vas a mirar tu propia rutina y vas a preguntarte, sin angustia, si no habrá alguna puerta que nunca abriste. Porque ríes con ganas y te emocionas sin que nadie te apunte con una música triste. Porque celebra ese instante en el que alguien, a los cincuenta, a los sesenta, o a los veinticinco, decide que todavía es hora de ser valiente.

En definitiva:

Una película española, sobria como un lunes por la mañana, pero luminosa como un viernes al sol. Con la incomodidad hermosa de la vida real y la belleza escondida en los detalles. Para ver con calma, con un vino, y con ganas de contarlo después. Porque a veces, todo el tiempo que nos queda… es justo el que necesitamos.