San Valentín en tiempos de algoritmos y emociones
Una lectura que incomoda (para bien)
Leer a Lola Delgado, editora de Política y Sociedad del medio The Conversation, tiene un efecto curioso: una empieza buscando información y termina cuestionándose la vida amorosa, los acuerdos tácitos y hasta el último “te extraño” enviado por WhatsApp.
Hay personas que escriben y nos obligan a frenar. A dejar el café enfriarse. A levantar la vista y pensar: ah, mirá vos. No porque tengan la verdad revelada, sino porque formulan las preguntas incómodas con una claridad que incomoda.
De esas lecturas salen ganas de subrayar, asentir en silencio y, a veces —como en este caso—, de seguir escribiendo. Así que acá vamos.
La promesa del amor eterno (y su fecha de vencimiento)
“El amor eterno dura aproximadamente tres meses” (F.Sagan). La frase no es nueva ni pretende serlo, pero envejeció con una dignidad envidiable. Mientras otras ideas quedaron atrapadas en almanaques viejos, esta sigue mirándonos con una ceja levantada, como diciendo: ¿en serio todavía esperaban otra cosa? Quizá molesta porque toca un nervio sensible: ese empeño nuestro por vender lo finito como infinito, lo cambiante como definitivo.
San Valentín: corazones, algoritmos y notificaciones nocturnas
Se acerca el 14 de febrero, esa fecha en la que el capitalismo se disfraza de cupido y nos recuerda —a fuerza de vitrinas y notificaciones— que amar se celebra con flores, bombones y reservas con menú fijo. Otro San Valentín más para el amor romántico, el poliamor, los “estamos viendo qué somos” y los mensajes de aplicaciones que aparecen a las dos de la mañana con un entusiasmo sospechoso. Todo convive. Todo late. Y no todo es monogamia envuelta en papel rojo.
El amor romántico: una construcción muy bien contada
Pero vayamos al origen del asunto. Ese amor idealizado que aprendimos en películas, canciones y novelas no cayó del cielo como un meteorito emocional. Es una construcción cultural, una narrativa muy bien armada que promete completarnos a través de otra persona, como si viniéramos al mundo en modo demo. La idea de la media naranja es encantadora, salvo por un detalle: nadie quiere ser medio en nada cuando se trata de vivir.
Nos educaron para creer que el amor verdadero todo lo puede, todo lo entiende y nunca se aburre. Que discutir es señal de fracaso. Que la rutina mata. Que el silencio siempre es una alarma. Nadie nos avisó que amar también incluye martes sin épica, WiFi inestable y debates intensos sobre quién dejó la luz del baño prendida.
El amor romántico rara vez contempla hipotecas, grupos de WhatsApp familiares o listas del supermercado, pero curiosamente es ahí donde se juega el partido largo.
Genes, expectativas y explicaciones que no alcanzan
Este modelo moldeó expectativas exigentes: que el amor sea eterno, exclusivo y perfecto. Una combinación preciosa en teoría y bastante impracticable en la vida real. La ciencia intenta ayudarnos y enumera genes asociados al enamoramiento. Son muchos. Demasiados, casi. Como si el deseo necesitara respaldo técnico. Aun así, ninguno explica por qué alguien puede desaparecer tres días y volver con un “perdón, estuve a mil”. La biología podrá justificar mariposas, pero no responde mensajes ambiguos.
Poliamor, acuerdos y la épica de decir “todo bien”
En este contexto aparece el poliamor, que para algunos es una evolución y para otros un dolor de cabeza con nombre moderno. Cambian las reglas, sí, pero no desaparecen las emociones incómodas. Los celos siguen ahí, agazapados, esperando que alguien no cumpla lo pactado. Las relaciones abiertas suelen presentarse como un ejercicio de madurez emocional, aunque en la práctica requieren habilidades dignas de un posgrado intensivo en gestión afectiva. Decir “todo bien” cuando no está todo bien es un deporte olímpico contemporáneo.
Infidelidades digitales y viejas dobles varas
Y cuando gestionar emociones se vuelve demasiado trabajo, entra en escena el algoritmo. Las aplicaciones prometen eficiencia sentimental, pero también traen nuevas formas de conflicto. Hoy, una conversación subida de tono puede pesar tanto como un encuentro físico. Ese “hola, ¿qué hacés?” acompañado de un emoji estratégicamente elegido ya no es inocente. Las reglas cambiaron, pero los malentendidos no se tomaron vacaciones.
Además, no todas las infidelidades reciben el mismo juicio. Todavía hay aventuras que se romantizan y otras que se condenan sin apelación. Dos varas de medir que sobreviven, incluso cuando creemos haber avanzado más de lo que realmente avanzamos.
Celos, espectáculo y confusiones emocionales
La cultura popular sigue enamorada del drama. La tentación se convierte en espectáculo y la traición en entretenimiento. Confundimos intensidad con amor y celos con pasión. Sentir celos no es el problema; el problema es cuando se gestionan como un interrogatorio policial o una auditoría de contraseñas.
Cierre abierto
Quizá por eso San Valentín incomoda. Porque obliga a preguntarnos, entre velas y postres compartidos, si estamos donde queremos estar o donde aprendimos a quedarnos.
Hay parejas que celebran, otras que actúan y algunas que negocian emocionalmente hasta el café.
Tal vez el verdadero desafío contemporáneo no sea elegir entre amor eterno, monogamia o relaciones abiertas, sino animarnos a revisar nuestras expectativas con un poco más de honestidad.
Porque si el amor eterno dura tres meses, puede que no sea una tragedia. Puede que sea apenas el prólogo. Y lo que venga después —con menos promesas y más realidad— todavía está por escribirse.
