La paradoja de la desconfianza
Vivimos en una época en la que confiar se parece mucho a dejar la bicicleta sin candado en una avenida con viento a favor: uno sabe que algo va a pasar, y casi seguro no será bueno. La desconfianza, entonces, aparece como ese reflejo civilizado que reemplazó al gruñido prehistórico. No confiamos: evaluamos. No creemos: chequeamos. No aceptamos: sospechamos con elegancia, que es la forma contemporánea del miedo.
La cuestión incómoda no es si desconfiar sirve, sino cuánto cuesta hacerlo. Porque protegerse es razonable, pero blindarse es otra cosa. En nombre de la prudencia levantamos murallas con vistas al vacío. Y claro, desde adentro todo parece seguro: no entra el engaño, pero tampoco entra nadie.
En dosis moderadas, la desconfianza funciona como un buen café: nos mantiene despiertos y evita que firmemos contratos escritos en letra microscópica. Gracias a ella, la promesa milagrosa despierta una ceja, el negocio irresistible nos suena a novela corta y el desconocido demasiado amable activa una alarma discreta. Desconfiar, bien administrado, es una forma de inteligencia aplicada a la supervivencia cotidiana. Es ese gesto mínimo de decir: “Un momento, expliquemos mejor esto”.
El problema empieza cuando el café se vuelve intravenoso. La desconfianza crónica no protege: interpreta. Y lo hace siempre en el mismo sentido. El silencio ajeno es sospecha, la demora es intención, la amabilidad es estrategia. Todo gesto se vuelve indicio, toda duda confirma un peligro previo. El mundo deja de ser complejo para convertirse en una conspiración mal organizada.
Ahí ocurre algo curioso: en el intento de no ser engañados, empezamos a engañarnos solos. Nos contamos que la distancia es lucidez, que el recelo es profundidad, que la reserva es carácter. Pero en realidad estamos cansados. Cansados de evaluar, de anticipar, de medir. Vivir en alerta permanente es una forma sofisticada de agotamiento.
La paradoja es simple y cruel: la desconfianza promete resguardo, pero erosiona lo que dice proteger. Porque toda relación humana necesita un pequeño salto sin red. No uno irresponsable, sino uno razonable, imperfecto, inevitable. Sin ese gesto mínimo de apertura, la vida social se convierte en un trámite entre extraños bien informados.
No ayuda, por supuesto: el catálogo inagotable de estafas, traiciones y decepciones que circula como si fueran ofertas de temporada. Cada historia de engaño se vuelve prueba universal de que nadie merece crédito. Pero convertir la excepción en regla es una forma elegante de renunciar a la experiencia.
Tal vez el desafío no sea confiar más ni desconfiar menos: sino elegir mejor cuándo hacer cada cosa. Desconfiar con evidencia, no con inercia. Confiar con criterio, no con ingenuidad. Mantener la puerta con cerradura, sí, pero sin tapiar las ventanas por costumbre. Porque al final, la vida compartida no se sostiene en la certeza, sino en un equilibrio frágil entre precaución y apertura. Y ese equilibrio no se aprende en manuales ni en titulares alarmistas: se practica. A veces acertamos, a veces no. Pero vivir sospechando de todo es otra forma de perderse lo esencial: que alguien, alguna vez, merezca la confianza que tanto nos costó conceder.
