“Nada es para siempre “

Nada es para siempre. Y si alguien te dice lo contrario, miente o trabaja en publicidad.

Nada, desde los calcetines que pierdes misteriosamente en la lavadora hasta ese amor adolescente que juraste eterno, sobrevive intacto. Los padres, por ejemplo: siempre ahí, siempre firmes… hasta que los ves en Instagram y te das cuenta de que sus vidas también cambian sin consultarte. Y tú creías que tu madre era un pedestal inamovible.

Lo curioso es que nada desaparece del todo

Ni siquiera lo que se va. Está ahí, en la memoria, en la foto borrosa, en el mensaje que nunca respondiste. Solo que cambia de forma: el amigo de la infancia que antes estaba todos los días ahora aparece cada seis meses, y a veces ni recuerda tu cumpleaños. La vida es así: un ejercicio de desaparición lenta, de cambios que no se anuncian con bombos y platillos. Pero nadie muere, así que no hay tragedia, solo un poco de incomodidad, como un pantalón que aprieta después de las fiestas.

Y es que la ironía está en que, justamente porque nada dura, todo importa más

Si todo fuera eterno, nadie valoraría los abrazos, los cafés robados, los almuerzos con sobremesa de horas infinitas. Nadie se reiría de un chiste que ya conoce de memoria, porque la eternidad mata la intensidad. Es como guardar el último trozo de chocolate pensando que durará para siempre: no lo disfrutas, solo lo proteges de ti mismo.

El trabajo tampoco escapa

Ese lugar donde creías que todo era estable, que los jefes eran inmortales y que los compañeros eran para siempre. Ja. Los jefes se van, los compañeros se van, y lo que parecía un mundo sólido se convierte en un paisaje con carteles que dicen: “Se alquila”. Incluso los proyectos que parecían tu vida entera terminan archivados, en Dropbox o en un cajón, y tú te preguntas: “¿Era tan importante?”. La respuesta es sí, mientras duró, y no importa que ahora parezca un detalle ridículo. Eso es la vida: relevancia temporal.

Los estudios también nos juegan la misma broma

Horas y horas memorizando fórmulas, nombres, fechas… para qué, si el tiempo se encargará de convertirlo todo en anécdota o en trivia inútil para cenas incómodas. Pero ahí está la belleza: aprendimos más de cómo pasábamos esas horas que de lo que memorizábamos. La experiencia es la única permanencia que vale la pena, aunque sufra el mismo destino que todo lo demás: desaparecer en otro contexto, transformada en nostalgia o en risa.

Y mientras todo esto sucede, hay que aprender a agradecer

No como un deber moral, sino como un acto de rebeldía. Agradecer que tu padre aún hace su café a la misma hora, que tu amigo recuerda tu nombre, que el gato de tu vecina sigue cayendo en la alfombra equivocada. Porque si no lo haces, corres el riesgo de vivir como quien colecciona estampillas: observando sin tocar, guardando sin sentir, esperando algo que nunca llega.

Al final, la lección de que nada es para siempre es un regalo disfrazado de ironía

Nos obliga a vivir con intensidad, a sentir sin reservas, a reír con ganas y a abrazar sin calcular. Nos enseña que la vida no es propiedad privada ni un archivo eterno, sino un préstamo diario: lo tenemos mientras podemos, y luego desaparece, cambia de forma, nos hace un guiño y se va.

Nada es para siempre, sí.

Ni los amigos, ni los trabajos, ni los estudios, ni el amor, ni las mañanas de domingo en pijama. Pero justamente por eso, cada instante que tocamos con conciencia se vuelve más valioso, más intenso, más vivo. La vida no espera a que entendamos la lección. Por eso, agradece hoy, ríe hoy, abraza hoy. Porque si esperas a que sea eterno… ya sabes, nunca lo será.

Y esa, amigos, es la mejor ironía: la fugacidad le da vida a la vida.