La edad exacta para el pequeño delito emocional
Hay frases que no nacen: aparecen. Como las medias huérfanas en el lavarropas o los carpinchos en un country. “Estamos en la edad perfecta para quedarnos con la culpa, y no con las ganas” es una de esas. Nadie firma, nadie se hace cargo, pero todos asentimos con esa mueca de “sí, claro”, como si hubiéramos descubierto una ley física que Newton dejó olvidada en un cajón.
La culpa como souvenir
La frase propone un trueque elegante: uno cambia la prudencia por la experiencia, y en vez de arrepentirse por no haber hecho algo, se queda con la culpa de haberlo hecho. La culpa, vista así, es un souvenir del viaje. No será el mejor imán para la heladera, pero prueba que uno salió de casa.
Hay una edad —difícil de precisar, como la hora exacta en que empieza la siesta— en la que la balanza se inclina. Ya no se trata de acumular aprobaciones ajenas sino anécdotas propias. Uno aprende que la culpa es más liviana que la conjetura. La culpa tiene contorno; las ganas no vividas, en cambio, se expanden como humedad en pared vieja.
El miedo bien vestido
Detrás de la frase hay un invitado silencioso: el miedo. Pero no el miedo dramático, sino ese de traje gris, que habla bajo y aconseja “mejor no”. Es un miedo educado, de modales impecables, que siempre llega temprano a la reunión. Y la frase lo desarma con cortesía: no lo expulsa, lo sienta a la mesa, le sirve café y le dice que hoy no decide.
Porque elegir la culpa es, en el fondo, elegir el movimiento. La culpa es dinámica, tiene pasado verificable. El miedo, en cambio, vive del condicional: “¿y si…?”. Y ya sabemos que el “¿y si…?” es una fábrica de novelas que nadie escribe.
La edad no es un número
Decir “la edad perfecta” es un gesto de picardía. Como si existiera un calendario que habilita permisos especiales. Pero la edad de esta frase no se mide en años sino en renuncias. Llega cuando uno deja de pedir permiso para ser quien sospecha que es. Cuando entiende que el manual de instrucciones no venía con el producto.
Hay jóvenes con espíritu de notario y mayores con vocación de estreno. La edad perfecta aparece cuando el cálculo ya no gobierna todo y la curiosidad recupera la voz. Es un cambio de jerarquías: primero vivir, después archivar.
La ética del intento
Ahora bien, la frase no invita al desparpajo irresponsable ni al “todo vale”. Propone, más bien, una ética del intento. No es un canto a la imprudencia sino una defensa del gesto vital. Hacer algo que importa —decir lo que cuesta, ir donde llama, probar lo que intimida— aun sabiendo que puede haber consecuencias. Y hacerse cargo, con la elegancia de quien firma su propio expediente.
En ese sentido, la culpa no es castigo sino evidencia. No condena: certifica que uno participó. Y participar, en un mundo que nos quiere espectadores, es casi un acto de rebeldía doméstica.
La frase como espejo
Quizá por eso la frase circula sin dueño. Funciona como espejo: cada quien ve lo que necesita ver. Para algunos, es un empujón; para otros, un consuelo tardío; para varios, una excusa encantadora. Tiene algo de consejo de sobremesa, dicho entre café y migas, con esa sabiduría que no presume de sabia. Y, sin embargo, no resuelve nada. Solo desplaza el eje: del temor al acto, de la espera al paso, del “algún día” al “hoy veremos”. Y al final, como gente grande que ya pagó varias cuotas de realidad, que cada quien haga lo que sienta.
Si viene la culpa, que pase y se siente; si llegan las ganas, que no esperen turno. Total, la vida no toma lista y el recreo —dicen— siempre termina cuando uno menos lo espera.
