¿Ser útiles o valiosos?
Hay una trampa silenciosa en la palabra “útil”. Suena noble, práctica, necesaria. La repiten en las oficinas, en los grupos de WhatsApp familiares y hasta en los espejos del baño cuando uno se cepilla los dientes con sueño. “Tengo que ser útil”, decimos, como si la vida fuera un destornillador y nosotros un tornillo flojo esperando su momento de gloria. Pero la utilidad es un contrato de alquiler. Te necesitan mientras servís. Después, gracias por todo, la puerta está por allá.
Ser útil es contestar rápido
Resolver problemas ajenos, estar disponible a cualquier hora. Es el arte de desaparecer detrás de lo que hace falta. Una persona útil no interrumpe, no incomoda, no ocupa espacio. Es la versión humana del botón “aceptar todo”. Y claro, al principio hay aplausos: qué eficiente, qué responsable, qué crack. El problema es que la utilidad envejece mal. Como el yogurt olvidado al fondo de la heladera.
El valor, en cambio, es otra cosa
No es un servicio: es una presencia. No depende de la urgencia del otro, sino de la consistencia de uno. Lo valioso no se mide en respuestas inmediatas sino en sentido. Una persona valiosa no siempre soluciona, pero siempre transforma. A veces con una idea, a veces con un silencio oportuno, a veces con el simple gesto de decir “no” sin pedir perdón.
La diferencia se nota en los lunes
El útil llega temprano y pregunta qué hay que hacer. El valioso llega con una pregunta mejor: por qué hacemos esto. El útil se queda hasta tarde apagando incendios. El valioso aprende a no vivir entre cenizas. El útil es imprescindible hoy; el valioso es recordado mañana. Esto no es un llamado a la rebeldía adolescente ni a la vagancia con excusas poéticas. Es una invitación a revisar el motor. La utilidad vive de la aprobación externa. El valor nace de una convicción interna. La utilidad te aplaude cuando decís que sí. El valor te abraza cuando elegís bien.
Hay que reconocer algo incómodo:
A veces preferimos ser útiles porque da menos miedo. Si sos útil, nadie te discute. Si sos valioso, te exponés. Tener criterio, estilo, mirada propia… eso incomoda. Lo valioso no es neutral. Tiene forma, tiene olor, tiene historia. Y cuando algo tiene forma, también tiene bordes. Y los bordes, se sabe, pinchan. Pasar de útil a valioso es un cambio de metabolismo. Implica hacer menos cosas, pero con más sentido. Implica renunciar a la omnipresencia para cuidar la coherencia. Implica aceptar que no te van a necesitar todo el tiempo, y que está bien. El valor no vive en la urgencia; vive en la huella.
¿Cómo se empieza? Con pequeños actos de dignidad cotidiana
Dejar de responder de inmediato cuando la prisa no es real. Elegir una tarea que te represente en lugar de diez que te agoten. Decir “no puedo” sin explicaciones épicas. Escuchar más que hablar. Y, sobre todo, aprender algo que no sirva para nada… hasta que sirva para todo. Porque lo valioso no siempre es rentable al principio. Un lector que te cambia la cabeza, una conversación que te ordena el mundo, una idea que tarda años en florecer. La utilidad quiere resultados; el valor cultiva procesos. La utilidad corre; el valor camina y mira.
Tal vez el secreto sea este:
Dejar de ofrecerse como herramienta y empezar a habitarse como persona. No para volverse imprescindible, sino para volverse irremplazable. Que no te llamen solo cuando algo se rompe, sino también cuando algo empieza. Al final, nadie recuerda al que siempre estuvo disponible. Recordamos al que estuvo presente. Y eso, curiosamente, no sirve para todo. Pero vale para mucho. Y alcanza.
