Al orgullo no le gusta deber, y al amor propio no le gusta pagar
La contabilidad sentimental
Hay personas que llevan una libreta invisible donde anotan todo: quién llamó primero, quién tardó más en responder, quién puso el último café. No lo admiten, claro. Dicen que “fluyen”, que “no cuentan”. Pero si uno mira de reojo, ve el lápiz diminuto haciendo palitos en el margen del alma.
El orgullo funciona como un contador público del ego. No tolera el saldo en rojo. Debe ser por eso que, cuando alguien nos da algo sin pedir nada, sentimos una incomodidad extraña, como si nos hubieran regalado un suéter que pica. Agradecemos, sí, pero también nos defendemos: “No hacía falta”, decimos, que es la forma elegante de decir “Ahora te debo y eso me irrita”.
El amor propio, en cambio, es un cliente difícil. No quiere pagar, pero tampoco quiere deber. Es el típico que entra al bar, pide lo mejor de la casa y cuando llega la cuenta pregunta si hay descuento por “fidelidad emocional”. No es tacañería; es una especie de instinto de conservación. Pagar, para él, suena a perder. Y perder, ya se sabe, es una palabra que el orgullo pronuncia con acento extranjero.
La deuda que no figura en el banco
Nadie nos enseñó a administrar las deudas afectivas. En la escuela nos explicaron fracciones, pero no cómo dividir una disculpa en partes iguales. Nos hablaron de intereses compuestos, pero no de intereses heridos. Así que improvisamos: pagamos con gestos lo que no sabemos saldar con palabras.
El problema es que el orgullo cree que todo gesto tiene letra chica. Si alguien nos cuida, sospecha que nos está cobrando por adelantado. Si alguien nos perdona, piensa que hay una factura escondida en el perdón. Y entonces el orgullo hace lo único que sabe hacer bien: se encierra, cruza los brazos y dice “yo no debo nada”. Es una postura impecable, como una camisa recién planchada que nadie quiere arrugar con un abrazo.
El amor propio, por su parte, tiene otra paranoia: teme que pagar sea renunciar a sí mismo. “Si cedo, me pierdo”, murmura. Y en esa lógica, cualquier concesión se vive como una derrota íntima. Curioso: por no pagar, termina pagando caro. Por no deber, queda debiendo humanidad.
Paradojas de bolsillo
Hay paradojas que caben en la palma de la mano. Por ejemplo: quien no quiere deber, se vuelve deudor de su propia rigidez. Quien no quiere pagar, paga con soledad. El orgullo se protege de la humillación, pero se expone al aislamiento. El amor propio se defiende del abuso, pero a veces se atrinchera contra el cariño.
También está esa ironía doméstica: decimos que no necesitamos a nadie, pero sufrimos cuando nadie nos necesita. Rechazamos favores para no quedar en falta, y luego nos quejamos de que el mundo es frío. Nos negamos a pagar el precio del vínculo —tiempo, paciencia, torpeza compartida— y nos sorprende que el vínculo no florezca. Como si el afecto fuera una planta que crece con aire y buenas intenciones.
Quizá el error es creer que deber es una mancha y pagar es una rendición. Tal vez deber sea, en realidad, una forma de pertenecer. Y pagar, una forma de participar. Deber un gesto es aceptar que el otro nos tocó. Pagar con otro gesto es responder que estamos vivos.
Manual de uso para humanos imperfectos
No se trata de vivir endeudados ni de pagar por todo. Se trata de reconocer que hay intercambios que no empobrecen, que hay entregas que no restan. A veces el orgullo puede sentarse a la mesa sin revisar la cuenta, y el amor propio puede dejar propina sin sentir que se traiciona.
Probar, por ejemplo, con una economía más rara: recibir sin sospecha, dar sin cálculo. Equivocarse en el vuelto emocional y reírse un poco. Aceptar que hay pérdidas que son inversiones y pagos que son ganancias. Y que, en ciertos asuntos, el equilibrio no es que nadie deba, sino que ambos quieran seguir debiendo un poco.
Cierre abierto
Tal vez el problema no sea deber ni pagar, sino cómo contamos la historia después. Si la narramos como un ajuste o como un encuentro. Si vemos en la cuenta un castigo o una invitación.
Porque al final, entre el orgullo que no quiere deber y el amor propio que no quiere pagar, queda un espacio diminuto —incómodo, fértil— donde alguien, sin hacer números, decide quedarse. Y ahí empieza otra forma de economía que todavía no sabemos explicar.
