Inflación en España: el número que baja y el carrito que sube

El índice y la intuición

En España, febrero de 2026 llega con un dato oficial que parece tranquilizador: la inflación interanual proyectada ronda cifras moderadas, en línea con la desescalada observada durante 2024 y 2025. Según el Instituto Nacional de Estadística, el IPC general se mantiene contenido gracias a la estabilización energética y a ciertos efectos base que, como esos parientes que vienen poco, alivian más por ausencia que por presencia. Eurostat confirma una tendencia similar en la eurozona. El titular, entonces, invita a la calma. La intuición del consumidor, en cambio, pide un café doble.

Hay una paradoja doméstica que no cabe en la estadística: el índice baja, pero el ticket de la compra sube. No en abstracto, no en teoría, sino en el momento preciso en que una mano sostiene el pan y la otra calcula mentalmente si alcanza para el aceite.

El carrito como unidad de medida

El IPC es una media ponderada. La vida, en cambio, es una suma de decisiones pequeñas y recurrentes. El índice mide cientos de productos; el consumidor compra diez o quince, siempre los mismos, y los compra cada semana. Cuando suben los alimentos básicos —aceite de oliva, lácteos, carne, fruta— el impacto emocional y financiero es desproporcionado. No porque el dato oficial mienta, sino porque la experiencia pesa distinto.

Tomemos referencias públicas recientes: entre 2023 y 2025, el precio del aceite de oliva registró picos históricos antes de moderarse; los alimentos procesados mantuvieron incrementos acumulados superiores al promedio general; y la llamada “inflación subyacente” tardó más en ceder que la energía. Traducido al idioma del pasillo del supermercado: lo que más se compra sube antes y baja después. Es una coreografía asimétrica.

La geometría del descuento

Otro fenómeno contribuye al desconcierto: la inflación convive con promociones agresivas. El cartel promete 30% de rebaja, pero sobre un precio previamente inflado. El consumidor aprende a leer entre líneas, como quien descifra un horóscopo: “segunda unidad al 50%” significa que la primera ya venía cara. Así, el ahorro se vuelve un deporte táctico. Hay que comparar, rotar marcas, cazar ofertas. La inflación no solo encarece; también entrena.

En ese entrenamiento aparece una ironía: la moderación del índice puede coincidir con una sensación de encarecimiento permanente. Porque el IPC mide variaciones, no niveles. Si el precio subió mucho y luego sube poco, la inflación baja; el precio, no necesariamente.

Salarios que persiguen, precios que recuerdan

La conversación pública suele apoyarse en otra media: el salario. Pero el sueldo, como el índice, es un promedio que no compra en el mismo supermercado que usted. En muchos hogares, los ingresos avanzan con prudencia mientras los gastos fijos —alquiler, alimentación, transporte— conservan memoria larga. Los precios recuerdan mejor que los bolsillos.

La explicación económica es sobria: efectos base, normalización energética, cadenas de suministro más estables. La explicación cotidiana es más literaria: el euro rinde menos en el mismo recorrido de siempre. Una moneda con vocación de turista en su propia ciudad.

El número oficial que cierra… y abre

Las proyecciones macroeconómicas de la Comisión Europea apuntan a que la inflación en España se sitúe alrededor del 2,0 % en 2026, un nivel que, en los manuales, suena casi saludable. La cifra ordena el relato: estabilidad, convergencia, normalización. Pero el carrito no lee manuales. El consumidor vive en niveles de precios, no en tasas de variación; vive en lo que cuesta hoy, no en cuánto subió menos que ayer.

Así conviven dos verdades que no se contradicen, pero tampoco se consuelan: la del dato que tranquiliza y la del ticket que incomoda. Tal vez la pregunta no sea si la inflación baja, sino dónde baja y para quién. Y mientras esa pregunta busca respuesta, alguien vuelve a mirar la etiqueta del aceite, la compara con la de la semana pasada y sospecha —con humor y resignación— que la estadística, como el clima, describe el día… pero no decide cómo se siente. ¿Será que medimos bien lo que importa o importa lo que medimos? La puerta queda entreabierta.