Las flores sin raíces duran poco
El perfume de lo que parece eterno
Hay personas que caminan por el mundo como si fueran un ramo recién cortado: hermosas, fragantes, admirables. Llegan a una habitación y todo parece iluminarse. Sonríen, cuentan historias, se inclinan un poco hacia adelante cuando escuchan, como si la vida fuera un secreto que están a punto de descubrir.
Y uno piensa: ¡qué maravilla de persona!
Pero a veces esa belleza tiene un problema botánico. No está plantada en ningún lado. Las flores cortadas tienen una ventaja formidable: parecen perfectas. No tienen tierra en las manos, ni raíces torcidas, ni gusanos filosóficos viviendo entre los recuerdos. Son prolijas, elegantes, presentables.
Las raíces, en cambio, son un asunto bastante menos glamoroso
Viven bajo tierra, en la oscuridad, haciendo el trabajo pesado. Se meten en el barro de la infancia, en las torpezas de la adolescencia, en las pequeñas derrotas que uno barre debajo de la alfombra para que no las vea la visita.
Por eso muchos prefieren el ramo antes que la planta. Lo que nadie dice es que el ramo tiene fecha de vencimiento.
Las raíces, ese escándalo subterráneo. Las raíces son el archivo secreto de una persona. Allí se guardan los miedos que aprendimos en la cocina de nuestra casa, las frases que escuchamos sin querer detrás de una puerta, las primeras veces que el corazón se rompió como una taza barata. Todo eso alimenta. Porque crecer, curiosamente, no es escapar de lo que fuimos, sino negociar con ello.
La paradoja es deliciosa: “solo se eleva quien acepta estar enterrado un poco”
Las personas sin raíces suelen hablar mucho de libertad. Y tienen razón, en parte. Una flor cortada es completamente libre: puede viajar en tren, en avión, en un florero elegante o en una mesa de plástico. Pero esa libertad tiene un pequeño detalle técnico. Se está muriendo.
Las raíces, en cambio, atan. Comprometen. Obligan a quedarse cuando uno querría salir corriendo. Nos conectan con la gente que nos enseñó a reír, a discutir, a cocinar mal, pero con entusiasmo. Las raíces nos recuerdan que somos una mezcla incómoda de historias, errores y sobremesas largas. Y que de ahí sale el alimento.
La extraña belleza de quedarse
La condición humana tiene algo de jardín descuidado. Nadie sabe muy bien qué está plantando, ni cuándo. Uno riega un poco de afecto, poda un orgullo viejo, deja pasar el sol de una conversación sincera.
A veces crecen cosas hermosas. A veces ortigas. Pero incluso las ortigas tienen raíces, lo cual ya es una forma de persistencia. Las personas que duran —las que resisten inviernos emocionales, mudanzas del alma, amores que llegan tarde y cafés demasiado amargos— suelen tener algo en común: no se arrancaron a sí mismas del suelo para parecer más bonitas.
Aceptaron el barro. Aceptaron que las raíces son desprolijas, que crecen en direcciones ridículas, que se enredan con otras raíces que no estaban en el plan original. Y, sin embargo, gracias a ese desorden, la flor vuelve cada primavera.
Porque hay otra paradoja silenciosa:” para florecer hay que quedarse donde uno, alguna vez, aprendió a caerse” Las flores sin raíces duran poco. Las personas con raíces, en cambio, duran toda la vida… incluso cuando se marchitan un poco.
