“A los que piensan que la educación es cara, que prueben con la ignorancia”
Reflexionando con seriedad y sentido del humor
Una frase que se repite como advertencia, como chiste incómodo y como profecía doméstica que suele decir un tío en Navidad después del segundo vino: si la educación te parece cara, prueba con la ignorancia. Lo curioso es que muchos decidieron probar. Y ahora el experimento se nos fue un poco de las manos.
No ocurrió de golpe
Nadie se levantó una mañana, se miró al espejo y dijo: “Hoy voy a ser orgullosamente ignorante, pero con actitud”. Fue un proceso más elegante, casi gourmet. Primero dejamos de leer libros largos porque “no tenemos tiempo”. Después empezamos a celebrar los resúmenes de libros que prometen convertirte en sabio en quince minutos. Como si el conocimiento fuera café instantáneo: agua caliente, agitar un poco y listo, ya puedes opinar sobre geopolítica, neurociencia y la dieta de los vikingos.
Mientras tanto
En las universidades —esas antiguas catedrales del pensamiento— empezó a sentirse un leve aroma a shopping center. Las carreras se ofrecen como paquetes turísticos: cortas, útiles, rentables. Las humanidades quedaron en liquidación. Filosofía, historia y literatura son ahora tres señoras respetables sentadas en un banco del parque, mientras el mundo pasa corriendo rumbo a un curso intensivo de “Liderazgo Cuántico para Emprendedores Disruptivos”.
El diagnóstico no es nuevo
Hace años que algunos profesores observan lo mismo con la mezcla de tristeza y resignación de un médico que mira una radiografía complicada: cada generación llega sabiendo un poco menos que la anterior sobre lo que ocurrió antes de ayer.
No es que los jóvenes sean menos inteligentes. Al contrario: manejan tecnologías que habrían dejado boquiabiertos a muchos genios del pasado. El problema es otro. Saben hacerlo todo… excepto entender de dónde vienen las cosas.
La historia, por ejemplo
Se volvió un accesorio prescindible. Algo así como el manual de instrucciones que nadie lee cuando compra un aparato nuevo. El resultado es que cada cierto tiempo alguien redescubre con entusiasmo un error político que ya se cometió cinco veces en los últimos dos siglos.
Y lo presenta como innovación. En ese clima cultural empiezan a aparecer las pequeñas joyas de la época: las brutalidades públicas, esas frases que hacen llorar a un profesor de secundaria en silencio.
Por ejemplo:
— Un participante en un concurso televisivo al que le preguntaron cuál es la capital de Francia respondió con seguridad: “Barcelona”. Y se ofendió cuando le dijeron que no.
— En una encuesta callejera alguien explicó muy convencido que la Segunda Guerra Mundial ocurrió “más o menos en los años noventa”.
— Un joven influencer aseguró en un video que los dinosaurios se extinguieron “porque no supieron adaptarse a la tecnología”.
— En un debate político alguien citó a “Sócrates, el famoso filósofo italiano del Renacimiento”.
— Y mi favorita personal: un estudiante que, ante la pregunta “¿Qué es el Amazonas?”, respondió: “La empresa que trae paquetes”.
Lo más fascinante no es el error. Equivocarse es humano. Lo fascinante es la confianza. La ignorancia moderna no es tímida, es insolente. Es segura de sí misma, camina erguida, tiene Wifi y opina de todo.
Vivimos inundados de información
Noticias, videos, opiniones, podcasts, memes, tutoriales para doblar una remera en seis segundos y teorías conspirativas narradas por alguien que transmite desde el asiento trasero de un auto. Y, sin embargo, cada vez comprendemos menos. Es como estar parado debajo de una catarata tratando de llenar un vasito de plástico. Mucha agua. Poca sed satisfecha.
La tecnología, claro
Amplificó el fenómeno.
Nos prometieron conexión permanente con el mundo. Y cumplieron: ahora estamos conectados todo el tiempo… principalmente a pantallas donde otros también están conectados todo el tiempo. Es una red gigantesca de personas mirando dispositivos mientras pasan por delante de la realidad como turistas distraídos.
Hay una escena cotidiana que resume la época: dos personas caminando por la calle mirando el celular, chocando suavemente entre sí como carritos de supermercado mal dirigidos. Se disculpan sin mirarse y siguen caminando. Cada uno vuelve a su pantalla, donde probablemente alguien está discutiendo sobre el Imperio Romano sin saber muy bien cuándo ocurrió.
En ese contexto
La ignorancia se volvió un negocio extraordinario.
Una población que no recuerda el pasado es fácil de convencer de que todo lo que ocurre es nuevo, inevitable o brillante. Pensar demasiado nunca fue un gran aliado del consumo impulsivo.
La ironía es profunda: nunca hubo tantas herramientas para aprender. Bibliotecas enteras caben en un bolsillo. Cursos gratuitos, conferencias, archivos históricos, todo disponible. El conocimiento está más cerca que nunca. Y, sin embargo, el deseo de profundidad parece evaporarse frente al brillo de lo inmediato.
Tal vez el problema
No sea la tecnología ni la velocidad del mundo. Tal vez el problema sean nuestras prioridades. Preferimos habilidades que puedan venderse rápido antes que ideas que tarden años en madurar. Queremos inteligencia útil, pero no necesariamente sabiduría. La educación verdadera siempre fue incómoda. Obliga a leer despacio, a pensar, a dudar, a escuchar voces de hace siglos. No promete éxito inmediato ni seguidores en redes. Promete algo más raro: perspectiva.
Por eso la frase del comienzo
Sigue siendo tan pertinente. Porque la ignorancia, aunque parezca barata al principio, termina siendo carísima. Se paga en errores repetidos, en líderes mediocres, en debates absurdos y en discusiones donde alguien termina afirmando, con total convicción, que Cleopatra inventó el Wifi.
La educación cuesta tiempo, esfuerzo y paciencia. La ignorancia cuesta todo lo demás.
Posdata
Hay excelentes alumnos, muchos más de los que solemos reconocer. El problema no es la falta de talento, sino la falta de masa crítica. Para salvarnos de la ignorancia no alcanza con unos pocos brillantes. Necesitamos a muchos pensando, aprendiendo y dudando. O al menos —si eso es mucho pedir— a suficientes como para que alguien, en un programa de televisión, vuelva a decir con tranquilidad que la capital de Francia es París… sin que el público lo mire con sospecha.
