La segunda cola de la farmacia

Antes de empezar, una aclaración necesaria

Este texto forma parte de una investigación periodística sobre el mercado de los suplementos alimenticios. No es una recomendación médica ni pretende sustituir el consejo profesional. Siempre, antes de tomar cualquier producto —incluso si es de venta libre— conviene consultar con un médico o un profesional de la salud.

Dos colas y una promesa

En la farmacia del barrio hay dos colas. Una es corta, silenciosa, casi administrativa. Es la de quienes vienen por medicamentos: antibióticos, antihipertensivos, analgésicos. Gente que ya sabe qué necesita y quiere volver a casa. La otra cola es más larga y bastante más animada. Allí se conversa, se aconseja, se recomiendan marcas. Es la cola de los suplementos alimenticios.

  • Cápsulas de colágeno para las rodillas.
  • Polvo verde para “desintoxicar”.
  • Pastillas contra la piel de naranja.
  • Ampollas de energía.
  • Comprimidos que prometen memoria de elefante y cabello de león.

Si uno presta atención a las conversaciones, parecería que la humanidad ya resolvió casi todos sus problemas de salud. Todos menos uno: acordarse de tomarse las pastillas.

La categoría narrativa

Los suplementos de venta libre viven en un territorio curioso. No son exactamente medicamentos, pero tampoco simples alimentos. Habitan una especie de frontera regulatoria donde conviven la nutrición, el marketing y la esperanza. Podría decirse que son, en esencia, una categoría narrativa. Una buena historia en forma de cápsula. Y como toda buena historia, suelen mezclar dos ingredientes: una verdad, y una media verdad que hace de puente entre ambas.

El caso del colágeno

Empecemos por el rey indiscutido del mostrador: el colágeno.

La primera parte de la historia es completamente cierta. El colágeno es una proteína fundamental del cuerpo humano. Forma parte de la piel, los cartílagos, los tendones y muchos otros tejidos. Con los años, además, el organismo produce menos. Hasta ahí, todo correcto. Entonces llega la conclusión que aparece en etiquetas, anuncios y conversaciones de peluquería: si tomamos colágeno en pastillas, nuestra piel se volverá más tersa y nuestras rodillas agradecerán el gesto.

Aquí es donde la narración empieza a ponerse creativa.

Cuando uno se toma una cápsula de colágeno, el sistema digestivo hace exactamente lo mismo que haría con un filete, un huevo o un plato de lentejas: lo desarma. Lo rompe en aminoácidos, que son las piezas básicas de las proteínas. Es decir, el cuerpo no recibe “colágeno listo para instalar”. Recibe ladrillos químicos sueltos. Y luego decide qué hacer con ellos.

Tal vez los use para reparar un músculo. Tal vez para fabricar enzimas. Tal vez para cualquier otra función. El organismo, conviene recordarlo, es un constructor bastante autónomo y no acepta demasiadas sugerencias externas. Tomar colágeno, por tanto, no es exactamente inútil. Pero tampoco es el servicio técnico oficial de la piel.

La piel de naranja y otras metáforas

Algo parecido ocurre con los suplementos que prometen combatir la famosa “piel de naranja”. Esa metáfora frutal que la industria cosmética popularizó para referirse a la celulitis. El mercado ofrece cápsulas quema grasa, drenantes, antioxidantes, detoxificantes y otros adjetivos que parecen inventados por un publicista con mucha imaginación y poco sueño.

La realidad es bastante menos épica.

La celulitis tiene mucho que ver con la estructura del tejido graso bajo la piel. Influyen las hormonas, la genética, la circulación, el estilo de vida y varios factores más que no caben cómodamente dentro de un frasco. No existe una pastilla milagrosa. Si existiera, la empresa que la fabricara tendría más dinero que varias economías nacionales juntas.

La media verdad

Pero entonces surge la pregunta inevitable: ¿todo es humo? No exactamente. Y aquí aparece la famosa media verdad. Hay suplementos que sí funcionan… pero en contextos muy específicos. Por ejemplo:

  • La vitamina D es útil cuando hay déficit.
  • El hierro es necesario en personas con anemia.
  • El ácido fólico es fundamental durante el embarazo.
  • La vitamina B12 resulta imprescindible para quienes siguen dietas veganas.

Fíjese en el detalle importante: funcionan cuando corrigen una carencia real.

El problema empieza cuando alguien perfectamente nutrido decide añadir al organismo un buffet libre de micronutrientes, como si el cuerpo fuera una maceta olvidada en el balcón. Más no siempre es mejor. A veces es simplemente más caro.

El suplemento que no viene en frasco

Mientras tanto, la evidencia científica suele ser menos espectacular y bastante más aburrida: comer variado, dormir suficiente, moverse con cierta regularidad, exponerse un poco al sol y no esperar milagros en frascos brillantes.

Podría resumirse en una receta muy poco comercial:

Come variado, saludable y con sobriedad. Haz actividad física regular. Baja el estrés y la ansiedad (si puedes), procura dormir bien, ama con ganas, ten, amigos.

No son suplementos alimenticios. Pero funcionan. Y además son gratis. Ninguna de estas recomendaciones cabe dentro de una cápsula. Y tampoco se pueden vender con un 30% de descuento. Eso no significa que todos los suplementos sean un engaño. Significa que, en muchos casos, ocupan el mismo lugar que las muletas en la vida cotidiana: útiles cuando realmente no puedes caminar bien, innecesarias cuando tus piernas funcionan.

La sospecha moderna

El marketing, sin embargo, ha logrado algo notable: convencer a muchas personas sanas de que están a punto de romperse. Así que el consumidor moderno entra en la farmacia con una leve sospecha de estar incompleto. Tal vez le falte colágeno. Tal vez magnesio. Tal vez coenzima Q10, que suena como un robot japonés, pero en realidad es solo una molécula bastante común.

Y sale con una bolsa llena de comprimidos que prometen arreglar cosas que, en la mayoría de los casos, nunca estuvieron rotas.

Posdata: el tamaño del negocio

A veces las cifras ayudan a aterrizar la conversación.

En España, el negocio de los complementos alimenticios —dietéticos, cápsulas de bienestar, polvos milagrosos y toda esa familia— movió alrededor de 1.400 millones de euros en 2025. Si ampliamos el foco a los nutracéuticos y suplementos vendidos en farmacia y parafarmacia, la facturación supera los 2.000 millones de euros anuales. Dicho de otro modo: mientras discutimos si el colágeno realmente llega a las rodillas o si el magnesio arregla el cansancio existencial del lunes, hay más de dos mil millones de euros circulando cada año alrededor de esa conversación.

Y la cifra sigue creciendo.

Desde la pandemia el mercado no ha dejado de expandirse, impulsado por dos motores muy humanos: la preocupación por la salud y el miedo a perderla. Es un negocio curioso. No vende exactamente curas. Pero tampoco vende solo alimentos. Vende algo más difícil de medir: la posibilidad de sentirse un poco mejor mañana. Y esa promesa, bien empaquetada en un frasco ámbar con tapa blanca, resulta ser un producto extraordinariamente rentable.