Gracias Tato
Hay amigos que aparecen en la vida como un accidente feliz, como una puerta que uno abre sin saber que detrás hay décadas enteras esperando.
Y después está Tato.
Nos conocimos, si la memoria no me juega una de sus bromas habituales, a mediados de los años setenta. Aquella época en la que el mundo parecía un poco más lento, los teléfonos tenían cable y los proyectos se dibujaban en servilletas de bar. Él llevaba poco tiempo de haberse graduado como veterinario y trabajaba en el Centro Antirrábico de la Municipalidad de Pilar. Era joven, inquieto, y tenía esa mezcla rara que no se aprende en ninguna facultad: conocimiento y simpatía, ciencia y carcajada.
Ya en aquellos días se intuía que no era un veterinario más
Pero también era el gran jefe —y mentor silencioso— de otro escenario completamente distinto: la noche pilarense. Porque si uno habla de Pilar en aquellos años y menciona Cuernavaca, inevitablemente aparece la figura del Tato. Aquella discoteca fue mucho más que un lugar para bailar; fue un punto de encuentro, una especie de embajada nocturna donde se mezclaban historias, amistades y futuros improbables. Él y sus socios le dieron forma a la noche de la ciudad, con esa capacidad suya de juntar gente y hacer que todo pareciera natural.
En ese entonces ya estaba casado con Mirta, su compañera de vida, su equilibrio. Luego vendrían hijos y nietos. Me parece que me estoy adelantando un poco.
La avicultura
Tiempo después lo invité a sumarse a un proyecto dentro de la industria avícola. Nada demasiado rimbombante al principio: asesorar una veterinaria que se instalaba y que llevaba un nombre que terminaría siendo muy conocido, “La Peregrina”. Fue uno de esos momentos en los que uno propone algo casi sin darse cuenta de que está encendiendo una mecha.
Porque a partir de ahí la carrera del Tato empezó a crecer.
Y cuando digo crecer, no hablo solo de trabajo. Hablo de reputación, de respeto, de esa cosa invisible que hace que en una industria todos sepan quién es quién. Con el tiempo empezamos a asesorar, de manera privada, granjas de producción de pollos de engorde y gallinas de postura. Y allí aparecía el Tato con su estilo inconfundible: una mezcla de precisión técnica, sentido común y una simpatía que abría más puertas que cualquier tarjeta profesional.
Así, casi sin proponérselo, comenzó a hacerse conocido en una industria que nunca lo olvidaría.
La historia del Tato daría para un libro de muchas páginas
Y probablemente varias noches largas contándola, pero hoy prefiero quedarme con algunos recuerdos que para mí fueron fundamentales.
Por ejemplo, cuando me divorcié. No hizo discursos ni dio consejos solemnes. Hizo algo mucho más valioso: estuvo. Y no solo estuvo, sino que hasta me consiguió una casita en La Lonja para alquilar. Una casa sencilla, pero que con el tiempo se convertiría en algo mucho más grande que cuatro paredes. Primero sería también el lugar de Arnaldo. Y después, casi sin que nadie lo viera venir, ese mismo lugar terminaría siendo el punto de partida de algo que marcaría nuestras vidas: la creación de Bedson S.A.
Si uno mira hacia atrás, esas casualidades empiezan a parecer causalidades
El Tato también fue quien, cuando estábamos buscando un lugar para comprar, y empezar un laboratorio de especialidades veterinarias de verdad, con Arnaldo, apareció con el dueño de un sitio medio abandonado, conocido como “La Note”. Nadie hubiera apostado demasiado por ese lugar. Pero nosotros lo compramos. Y allí empezó otra historia.
Dentro de la empresa, el Tato fue parte del primer Departamento Técnico Internacional dedicado a brindar apoyo a clientes del exterior. Algo que en ese momento era casi una aventura. Gracias a su trabajo, empezamos a crecer en Perú, en Colombia y en otros países con distribuidores extraordinarios.
En Perú dejó una huella imborrable junto a Antonio, Sergio, Guido y Jimmy. En Colombia trabajó codo a codo con Flor Marina. Y también dejó su marca en Centroamérica, especialmente en Costa Rica con Arturo. Si uno escuchaba a los productores hablar de él, siempre aparecían tres palabras: respeto, cariño y humor.
Cuando la empresa hizo su primera presentación en un congreso avícola en Nicaragua, allá vino el Tato, acompañado por el querido y recordado John Rathbone. Los dos juntos eran una combinación peligrosa: conocimiento profundo y un humor que podía desarmar cualquier solemnidad en cuestión de segundos.
Siempre gracioso.
Siempre con una historia lista.
Siempre con esa risa contagiosa.
Lugares, países, personas
Con el tiempo también fue gerente técnico de dos filiales: una en República Dominicana y otra en México. Lugares distintos, culturas distintas, pero el mismo Tato de siempre: profesional, cercano, incansable.
Pero antes de seguir avanzando, vale la pena volver un poco atrás.
Porque cuando tuve un accidente vial bastante serio, el Tato fue de los primeros en aparecer. No hizo ruido. No buscó protagonismo. Simplemente estuvo ahí, ayudando, acompañando, resolviendo cosas. Esa fue siempre su manera de estar en la vida de los amigos: en silencio, pero firme.
Otra de sus grandes pasiones fue el rugby
Primero como jugador, después como entrenador. Y en uno de esos momentos en los que los sueños parecen posibles, me convocó para algo muy especial: crear un club de rugby en Pilar. Así nació el Del Pilar Rugby Club. Yo tuve el honor de ser su presidente, mientras él ocupaba la vicepresidencia, acompañado por muchos otros que compartían esa ilusión.
El proyecto duró un par de años. Incluso llegamos a comprar el predio donde iba a funcionar el club. Pero la realidad económica argentina —siempre impredecible— terminó golpeándonos fuerte y el sueño se desarmó.
Aun así, nadie nos quita haberlo intentado.
Empresas importantes
El Tato también asesoró importantes integraciones avícolas en la provincia de Buenos Aires y en Entre Ríos. Fue en uno de esos viajes de trabajo donde sufrió un accidente automovilístico que estuvo muy cerca de costarle la vida. Pero sobrevivió.
Como siempre. Porque si algo define al Tato es eso: seguir adelante.
Con los años uno aprende que la gratitud no debería guardarse para los momentos solemnes. Debería decirse en voz alta, mientras todavía estamos aquí para escucharla. Por eso hoy quiero decirlo claro:
Gracias por la amistad.
Gracias por los proyectos compartidos.
Gracias por aparecer siempre, incluso cuando nadie te llamaba.
Seguramente quedaron mil anécdotas afuera. Historias de viajes, de reuniones técnicas que terminaban en risas, de noches interminables arreglando el mundo. Pero no importa.
Lo importante es esto: Nunca la distancia fue un obstáculo para nuestra amistad. Y eso, querido Tatin, es algo que no se mide en años, ni en kilómetros, ni en logros profesionales. Se mide en vida compartida.
Gracias. Siempre.
