Cómo aprender a convivir con un enemigo íntimo
Hay un momento en la vida, generalmente después de los treinta y cinco, en el que el cuerpo deja de ser ese aliado silencioso que llevaba los paquetes del supermercado sin rechistar y se convierte en un inquilino revoltoso. Un día cualquiera, usted se agacha para atarse los cordones —una acción que había realizado unas diez mil veces sin mayores consecuencias— y siente cómo la zona lumbar emite un crujido siniestro, como si dentro de la columna hubieran instalado una bisagra oxidada.
Ahí empieza todo. Bienvenido al club de los que ahora negocian con su espalda antes de levantar una botella de agua.
El dolor ciático es el más literario de todos
Porque tiene recorrido, argumento, un personaje que viaja desde la zona baja de la espalda hasta el pie como si fuera un mensajero malhumorado con órdenes de desalojar. Usted no sabía que existía un nervio con semejante capacidad de venganza.
Cuando el ciático despierta —y siempre despierta a las tres de la madrugada, porque los dolores elegantes tienen sentido del drama—, uno descubre que el cuerpo no es una unidad sino una república federal donde cada provincia tiene su propio ejército.
La pierna se incendia, el glúteo se contrae como si alguien hubiera apretado un torniquete imaginario, y caminar se convierte en una coreografía de infarto: usted arrastra la extremidad como si estuviera remolcando un mueble pesado mientras los vecinos lo miran y piensan que está ensayando un paso de Michael Jackson.
Lo curioso, y aquí viene la primera paradoja:
Es que todos estos dolores aparecen justo cuando usted empieza a tener cierta sabiduría para disfrutar la vida. A los veinte, usted podía dormir en el piso de una estación de tren con una mochila por almohada y despertar haciendo saltos mortales.
A los cuarenta, duerme en su colchón de veinte centímetros con tecnología de espuma viscoelástica y se despierta porque le duele la pestaña izquierda. La naturaleza es cruel, pero también es una humorista negra: le da a uno la madurez para apreciar un atardecer, pero le cobra el derecho de piso con un lumbago que lo obliga a ver el atardecer desde el suelo, boca arriba, como una tortuga patas arriba.
El dolor lumbar es, quizás, el más democrático
No discrimina edad, clase social ni condición física. Usted puede ser un atleta olímpico o un oficinista que pasa doce horas frente a una pantalla; su zona lumbar le va a fallar igual, pero con diferentes excusas.
Al atleta le duele porque entrenó demasiado; al oficinista, porque no entrenó nada. Al final, los dos terminan en la misma sala de espera del kinesiólogo, mirándose con esa complicidad de náufragos que saben que no hay salvación individual. Y el kinesiólogo, ese ser enigmático que habla con un tono de calma zen mientras le aplica presión en puntos que usted ni siquiera sabía que existían, le dice cosas como “el dolor es información” o “hay que escuchar al cuerpo”.
Uno quiere creerle, pero es difícil escuchar al cuerpo cuando el cuerpo está gritando como un árbitro de fútbol en offside.
Las piernas, mientras tanto, tienen su propio sistema de quejas
A veces son los gemelos, que se endurecen como si hubieran decidido hacer huelga por tiempo indeterminado. Otras veces es la rodilla, ese diseño arquitectónico fallido que la evolución nos dejó como recuerdo de que caminar erguidos fue un experimento audaz pero mal ejecutado.
La rodilla no fue diseñada para el asfalto, ni para las bajadas empinadas, ni para ese jogging que usted prometió hacer todos los días y abandonó en la tercera semana. La rodilla fue diseñada para trepar árboles y correr detrás de mamuts, y ahora usted la obliga a subir escaleras mecánicas rotas con un bolso de compras. Es lógico que se queje.
Entonces llega la gran paradoja final:
Usted va al médico, se hace placas, resonancias, estudios que parecen el manual de una nave espacial, y el diagnóstico es casi siempre el mismo: “no tiene nada grave, pero tiene que fortalecer el core”. ¿El core? Ese término que nunca apareció en los libros de biología de la secundaria y que ahora es la respuesta a todos los males. Usted se pasa meses haciendo planchas, ejercicios hipopresivos, estiramientos que parecen poses de yoga sadomasoquista, y el dolor no se va del todo, simplemente se muda a otro barrio.
Lo que antes era ciático ahora es lumbar, lo que era lumbar ahora es un pinchazo en el isquiotibial. El dolor no desaparece: se reubica. Es como tener un roommate insoportable que nunca paga el alquiler, pero siempre está ahí, cambiando de habitación para que usted crea que se fue.
Pero hay algo peor que el dolor físico, y es la obsesión por evitarlo
Uno empieza a caminar como si estuviera pisando huevos, se sienta como si la silla fuera un campo minado, duerme en posiciones que requerirían un manual de ingeniería estructural. Y en ese proceso, sin darse cuenta, deja de hacer cosas.
Deja de saltar un charco por miedo al impacto, deja de levantar a sus hijos por miedo a la hernia, deja de correr a tomar el colectivo por miedo al espasmo. El dolor, finalmente, no le gana a usted porque lo inmovilice: le gana porque lo vuelve prudente. Y la prudencia, cuando es extrema, es apenas otra forma de estar muerto.
La moraleja
Si es que puede llamarse así, es que hay que hacer las paces con los dolores.
No porque sean buenos ni justos, sino porque son parte del contrato de alquiler de este cuerpo. Usted puede comprar las zapatillas más caras, el colchón más tecnológico, la silla ergonómica que parece un trono espacial, pero igual va a llegar un día en el que se levantará de la cama torcido como un pretzel y tendrá que caminar apoyándose en la pared.
Lo único que puede hacer entonces es reírse. Reírse de la absurda maquinaria biológica que le toca habitar, reírse de que el mismo sistema que le permite escribir poemas y ver películas también le produce una punzada en el glúteo cuando estornuda. Y mientras se ríe —con cuidado, sin hacer fuerza, porque cualquier carcajada puede desencadenar una crisis—, se pone hielo, se toma un antiinflamatorio y sigue.
Porque el cuerpo es un animal doméstico que nunca termina de domesticarse.
