El día en que una Pyme le dijo “no” al gobierno más poderoso
Hoy se cumplen 14 años de una batalla que pocos recuerdan, pero que cambió las reglas del juego para miles de exportadores argentinos.
Había una resolución. Fría, burocrática, implacable. Tenía un número —la 142— y llegó un jueves de abril de 2012, en pleno segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, como llegan siempre las malas noticias del Estado: sin aviso, sin consulta, sin contemplación.
Desde ese día, los exportadores argentinos tendrían apenas 15 días corridos para ingresar divisas al sistema financiero local cuando operaran con empresas vinculadas en el exterior. Quince días. Lo que antes era un plazo razonable, negociado con el mercado, acordado con clientes del mundo, quedaba reducido a una quincena imposible.
Para las grandes corporaciones, era un inconveniente. Para una Pyme exportadora, creadora de innovación tecnológica —de esas que venden el 95 % de su producción al mundo, con clientes en cinco continentes y operaciones en múltiples idiomas— era, sin eufemismos, la antesala de la quiebra.
El absurdo tenía forma concreta
El caso tenía nombre y realidad: un laboratorio argentino de especialidades veterinarias, nacido en Pilar, que había tardado años en entrar a los mercados de los cinco continentes, y que vendía en Medio Oriente, Europa y América Latina. Una empresa profundamente internacional, pero que seguía siendo, en esencia, una Pyme argentina.
¿Cómo le explicás a un cliente en Oriente Medio que tiene que pagarte en 15 días cuando la costumbre comercial es de 60, 90 o 180? ¿Cómo sostenés relaciones construidas durante décadas cuando una norma cambia todo de un día para el otro? ¿Cómo competís con empresas de países donde esas restricciones no existen?
No se podía. Y alguien tuvo que decirlo.
David no se quedó quieto
Ese alguien fue Omar Romano Sforza, presidente y cofundador de la empresa, quien decidió que aceptar la medida no era una opción. No estuvo solo: lo acompañaron Alicia Romero, vicepresidenta, y todo un equipo que entendía que lo que estaba en juego no era solo su empresa, sino un modelo productivo.
Fue una decisión colectiva. Una reacción nacida desde la experiencia concreta de quienes exportan, negocian y sostienen mercados reales. Porque lo que la resolución implicaba no era abstracto: significaba contratos caídos, clientes perdidos y empleos en riesgo. Romano Sforza salió a hablar. Golpeó puertas, explicó números, buscó visibilidad. Era, en esencia, una Pyme enfrentando al aparato estatal. David contra Goliat.
Y entonces ocurrió algo clave: la historia encontró eco.
La prensa argentina respondió
Medios como La Nación y Clarín difundieron el caso. Periodistas como Jorge Lanata, Silvia Naishtat, María O’Donnell y Nelson Castro ayudaron a traducir un problema técnico en un tema comprensible y urgente. Lo que era una norma compleja pasó a ser visto como lo que realmente era: una distorsión que afectaba a empresas reales.
Esa visibilidad fue determinante. Porque sin ella, el reclamo probablemente habría quedado aislado. Con ella, se transformó en una causa que representaba a cientos de exportadores en la misma situación. Incluso medios internacionales se hicieron eco. Desde Brasil, la Red Globo reflejó el caso, mostrando que no se trataba de un hecho aislado, sino de un problema estructural.
La presión creció. Y el sistema, finalmente, reaccionó.
Goliat escuchó
Florencio Randazzo, entonces ministro del Interior, se comunicó con Romano Sforza. La conversación fue tensa. Promesas generales, respuestas medidas. Hasta que llegó una frase de Romano, que rompió el protocolo:
—Para nosotros, la brevedad es hoy.
Cuatro días después comenzaron los cambios. No fue inmediato ni perfecto, pero fue suficiente. La medida se corrigió y el impacto se desactivó. No fue un triunfo individual. Fue un triunfo colectivo. Benefició a miles de empresas. Evitó la pérdida de mercados. Sostuvo empleos. Permitió que muchas Pymes siguieran operando en el mundo.
Lo que no se vio
Tiempo después se supo que también hubo apoyos silenciosos. Entre ellos, el de un embajador argentino acreditado ante una de las potencias más influyentes del mundo, quien acompañó el reclamo desde adentro del sistema, sin exposición, con la discreción que exigen ciertas lealtades.
Sabía —porque conocía los mercados internacionales— que la Resolución 142 no era solo una medida cambiaria. Era una contradicción profunda: un gobierno que proclamaba el desarrollo productivo y exportador como bandera, pero firmaba normas que ahogaban a quienes exportaban de verdad.
La resolución atacaba la producción local en su punto más vulnerable: en el momento en que salía al mundo a competir. Esa otra Argentina, menos visible, también jugó su parte. Y en eso radicaba la paradoja más cruel: David no peleaba solo contra Goliat. Peleaba contra un Goliat que decía ser su aliado.
Hoy, en este aniversario
Vale la pena recordar que hay decisiones que parecen inamovibles, pero no lo son. Que el tamaño de una empresa no define su capacidad de incidir. Que cuando un problema real se expone con claridad, puede encontrar respuesta. Pero también hay otra lección: nada de esto ocurre en soledad.
Hace falta alguien que diga “no”. Hace falta un equipo que sostenga esa decisión. Hace falta una prensa que escuche y amplifique. Y, a veces, hace falta que dentro del propio sistema alguien entienda y actúe. Omar Romano Sforza, Alicia Romero y su equipo enfrentaron una medida que los ponía contra las cuerdas. Lo hicieron sin garantías de éxito. Lo hicieron porque no había alternativa. Y ganaron. No solo para ellos. Para la empresa. Para todos.
Esta es la historia que hoy cumple años y merece ser recordada.
