El noticiero ya eligió por usted
“La independencia después de la tanda publicitaria”
Hay una escena mínima, doméstica, casi ridícula, que explica mejor un país que veinte panelistas gritándose encima. Un tipo cualquiera prende la televisión para «enterarse de qué pasa». Nada heroico. Quiere saber si el alquiler va a volver a subir, por qué el changuito del supermercado cuesta lo mismo que una cirugía menor o si todavía existe el yogur de durazno, especie en extinción del conurbano.
Pero en lugar de respuestas recibe una novela apocalíptica. En un canal, el país se hunde. En el otro, despega. En el tercero, ya fue salvado por un iluminado con micrófono. El héroe cambia de camiseta según la emisora. El villano también. Y uno termina sospechando que la realidad no tiene ministros ni oposición: tiene productores ejecutivos.
Entonces aparece la pregunta incómoda, esa que nadie hace en voz alta porque arruina el clima del living: ¿Qué pasó con el periodismo independiente? Tal vez la respuesta sea peor: quizá nunca fue completamente independiente. Antes, al menos, existía cierto pudor elegante. Una vergüenza fina para esconder simpatías políticas. Como esos tíos que fumaban en el baño durante Navidad creyendo que nadie sentía el olor.
Ahora no. Hoy muchos medios usan la ideología como camiseta de fútbol. Con apellido, dorsal y merchandising. Y el espectador, mientras revuelve el café frío, ya no consume noticias: consume pertenencia.
La pauta, ese animal invisible
«Pauta publicitaria» suena a expresión administrativa. A carpeta gris. A reunión donde alguien pide agua sin gas y todos miran el celular debajo de la mesa. Pero ahí vive uno de los grandes motores del ecosistema mediático.
Y conviene aclarar algo que se dice poco: la pauta no la manejan solamente los gobiernos. También la manejan empresarios. Grupos económicos con línea política clara, accionistas con agenda propia, conglomerados que financian medios como quien financia un think tank o patrocina un partido de fútbol: para que el discurso les resulte cómodo, o al menos no les resulte inconveniente.
El mecanismo es el mismo de siempre. Un canal, un periódico, una radio, recibe publicidad de una corporación afín. Otro deja de recibirla. Uno consigue acceso, entrevistas, exclusivas. El otro mira desde afuera como el primo pobre que llegó tarde al cumpleaños y sólo encontró palitos salados húmedos. No hace falta censura cuando existe la administración elegante del oxígeno. Y lo extraordinario es que todos denuncian exactamente lo mismo dependiendo de quién maneje la caja.
Los medios hablan de «prensa militante» cuando el dinero va para otro lado. Los gobiernos y los empresarios descubren el valor del «periodismo responsable» justo cuando los tratan bien. La brújula moral gira, pero siempre termina apuntando hacia la misma dirección: donde está la transferencia.
El ciudadano no es ingenuo
La gente sabe. Eso convendría recordarlo cada vez que algún analista explica la realidad como si hablara de una colonia de hormigas desorientadas. El ciudadano reconoce perfectamente cuándo un conductor editorializa, cuándo un panelista opera y cuándo una noticia viene condimentada con bronca premium.
Las palabras delatan: «casta», «modelo», «popular», «neoliberal», «patria», «ultra», «mercados». Cada término llega cargado de intención, como valija con doble fondo. Y aun así millones siguen mirando a los mismos periodistas que les confirman lo que ya piensan. Porque el ser humano tiene una debilidad entrañable y peligrosa: ama escuchar que tiene razón.
El relato propio abriga. Tiene temperatura de frazada en invierno. Uno entra ahí y descansa de la incertidumbre. Por eso existen las tribus mediáticas. Personas incapaces de cambiar de canal porque sienten que el otro «miente», «opera» o «está comprado». Lo fascinante es que el otro grupo piensa exactamente lo mismo, con idéntica furia y el mismo vocabulario. Nunca hubo tanta información disponible. Y nunca fue tan difícil sentarse a una mesa sin terminar mirando al otro como si acabara de bajar de una nave extraterrestre.
El periodista que dejó de preguntar
Antes el periodista quería parecer serio. Corbata. Voz grave. Papeles en la mano. Cara de haber leído archivos secretos de la CIA mientras tomaba café sin azúcar. Ahora necesita ser inolvidable. Las redes transformaron el oficio en un casting permanente.
Ya no alcanza con investigar. Hay que viralizar. Provocar. Generar el clip de treinta segundos que circule por WhatsApp o Instagram, mientras alguien recalienta empanadas. La duda perdió contra el escándalo. El conductor moderado pierde audiencia frente al que golpea la mesa. El análisis pausado compite en inferioridad de condiciones contra el grito con zócalo rojo y música de catástrofe.
Entonces apareció una criatura nueva: el periodista-personaje. Ya no media entre los hechos y el público. Ahora protagoniza la obra. Opina, combate, sentencia, acusa, editorializa y, de vez en cuando, denuncia a otros por hacer exactamente lo mismo. Todo en horario central. Con tanda cada veinte minutos.
Pero algo queda en pie
Aquí conviene hacer una pausa y no rendirse del todo. Porque en medio de ese ruido, en países con instituciones frágiles y medios capturados, sigue habiendo periodismo que vale la pena. No es abundante. No es ruidoso. Existe el periodista que investiga un contrato irregular durante meses, sin cámara, sin audiencia en Twitter (X), sostenido por un medio pequeño que sobrevive con lectores que pagan porque creen que la información tiene valor.
Existen redacciones que se financian con suscriptores en lugar de empresarios afines, y que por eso se pueden dar el lujo de incomodar a todos por igual. Existen periodistas que cubren lo que nadie quiere cubrir: las audiencias de los tribunales, los presupuestos municipales, los números del agro, la situación de los hospitales públicos. Temas sin glamour, sin viralidad asegurada, sin cena de gala al final del año.
Ese periodismo existe en todos los países. Siempre existió, incluso en los peores momentos. No resuelve el problema sistémico. No contrarresta el volumen de los grandes medios. Pero es la prueba de que el oficio no murió: sólo anda buscando oxígeno en lugares donde la pauta no llega. Eso da esperanza. No la clase de esperanza que viene en envase de plástico con logo institucional. La otra. La que se construye de a poco, con trabajo oscuro y sin reconocimiento inmediato.
El centro quedó sin audiencia
La moderación no vende. Decir «este gobierno acertó en algunas cosas y fracasó en otras» genera menos clics que anunciar el Apocalipsis o la Segunda Independencia Nacional. El matiz aburre. La prudencia no se viraliza.
Las redes funcionan como amplificadores del enojo. Un insulto viaja más rápido que una reflexión. Una acusación tarda segundos en hacerse tendencia. Una rectificación llega tarde, despeinada y sin nadie esperándola en la estación. Mientras tanto, millones de personas siguen viviendo lejos de Twitter, perdón X. Trabajan. Viajan apretados en colectivo. Pagan impuestos. Hacen cuentas en el supermercado con la calculadora del celular y sólo quieren llegar a fin de mes sin escuchar cada mañana que el país explota a las nueve y media.
Esa mayoría rara vez hace ruido. Pero existe. Y a veces vota de maneras que dejan a los expertos hablando solos en televisión.
Informarse sin convertirse en soldado
Tal vez el verdadero desafío moderno sea éste: aprender a informarse sin transformarse en militante automático de una pantalla. Escuchar voces distintas, incluso las que irritan. Desconfiar también de quienes coinciden con nosotros. Aceptar algo incómodo: ningún periodista es completamente neutral, ningún gobierno resiste demasiado tiempo la tentación de influir sobre la prensa, y ningún empresario que financia medios lo hace por amor al periodismo libre.
El poder necesita relato para sobrevivir. Y los medios necesitan dinero para existir. En el medio queda el ciudadano común, mirando una pantalla cada vez más ruidosa, intentando distinguir dónde termina la información y dónde empieza la publicidad emocional disfrazada de urgencia periodística.
El final que no termina
Mi tía Sara decía que a la gente malhablada había que lavarle la boca con jabón. No conoció Twitter. Ni los streams políticos. Ni las conferencias de prensa convertidas en peleas de bar con iluminación LED.
Vivimos tiempos extraños. Presidentes que insultan mientras hablan de libertad. Periodistas que denuncian pauta cobrando otra pauta. Funcionarios que llegaron en colectivo y ahora explican con naturalidad el origen de un reloj imposible. Las noticias falsas viajan en primera clase. Las desmentidas llegan en tren regional, con demora y sin vagón comedor.
No tengo soluciones para ofrecer. Ya hay demasiada gente haciéndolo. Pero sí una sugerencia modesta, casi doméstica: lea de todos lados. Busque también los medios chicos, los que no están en el prime time, los que sobreviven sin publicidad de ningún grupo de poder. Escuche incluso a quienes le caen mal. Mire menos eslóganes y más precios de supermercado. Observe cómo vive quien habla de sacrificio ajeno, o deslomarse desde un country con pileta climatizada.
Y recuerde algo importante: la realidad no cambia según quién la narre. Lo único que cambia es la música de fondo. El noticiero ya eligió por usted hace rato. Pero en algún lugar, en alguna redacción pequeña que huele a café frío y facturas impagas, alguien está intentando contarle lo que realmente pasó.
La pregunta, la única que todavía importa, es si usted piensa buscarlo.
