Cuento:” La plaza de los sentimientos “

La reunión nocturna

En el barrio había una plaza pequeña: dos bancos torcidos, un árbol que sobrevivía por pura obstinación y una fuente seca donde los niños pateaban botellas vacías como si fueran balones. Pero cada jueves por la noche la plaza se llenaba de sentimientos. El primero en llegar era Amor, agotado como alguien que lleva años reparando corazones rotos. Detrás aparecía Odio, impecable y elegante.

—¿Otra vez tú primero? —gruñó Odio.
—Alguien tiene que apagar incendios —respondió Amor.

Después llegaron Alegría y Tristeza, sentándose juntas como viejas amigas. Esperanza apareció tarde, despeinada y con heridas en las rodillas.

—Ayudé a un hombre que quería saltar de un puente —dijo.

Desde un banco oscuro, Desesperanza resopló.

Ansiedad llevaba horas esperando, moviendo la pierna sin parar. Calma se sentó a su lado.

—Pensé que había pasado algo terrible —murmuró Ansiedad.
—Siéntate —dijo Calma.
—No puedo.
—Lo sé.

Confianza y Desconfianza discutían como siempre. Valentía llegó acompañando a Miedo, porque nunca caminaba sola. Optimismo y Pesimismo miraban el mismo cielo desde heridas distintas. Y así comenzó la reunión: hablando de los humanos.

—Están agotados —dijo Amor.
—Y muy solos —añadió Empatía.

Indiferencia se encogió de hombros.

—Es problema suyo.

Empatía no respondió con rabia, sino con tristeza. Sabía que la Indiferencia no había nacido cruel, sino cansada.

El niño

Entonces apareció un niño del edificio de enfrente. Bajó con una mochila enorme y se sentó junto a la fuente seca. Lloraba en silencio. Sacó un boletín de notas arrugado: había suspendido dos asignaturas. Desde una ventana alguien gritó:

—¡Eres un inútil igual que tu padre!

Odio sonrió apenas. Desesperanza se acomodó mejor en el banco. Miedo avanzó un paso. Pero Esperanza habló primero:

—Todavía no.

El niño se cubrió la cara. Ansiedad llenó su cabeza de pensamientos oscuros. Desconfianza le recordó cada burla. Ira endureció sus puños. Entonces Empatía se sentó a su lado sin decir nada. Calma aflojó su respiración. Valentía le enderezó la espalda. Confianza le susurró:

—Puedes volver a intentarlo.

Y Amor hizo el resto. No con discursos, sino con una sensación tibia, como una manta puesta sobre los hombros. El niño respiró hondo, se secó las lágrimas y volvió a mirar las notas. Sonrió apenas. A veces, un poco basta.

Lo que todos entendieron

Alegría repartió los últimos bollos. Tristeza dejó de pesar tanto. Hasta Indiferencia miró al niño con algo parecido a ternura. Y en aquella plaza pequeña todos comprendieron lo mismo: ningún sentimiento nace para destruirlo todo. Incluso los más oscuros intentan proteger algo que se rompió hace tiempo.

La fuente siguió seca. El barrio siguió siendo humilde. La vida siguió siendo difícil. Pero antes de subir a casa, el niño miró el cielo como si todavía quedara sitio para el mañana. Y por esa noche, fue suficiente.