No te entusiasmes, no te deprimas: es el algoritmo
La época en que las medialunas tenían consecuencias
Hubo una época —prehistórica, pero con bidet— en la que el panadero sabía por qué el barrio había dejado de comprarle medialunas. Las hacía secas. O caras. O el hijo atendía con ese desprecio adolescente capaz de convertir una factura en un conflicto diplomático. Había lógica. Cruel, sí. Pero humana. Una señora concreta decía: “No vuelvo más porque parecen esponjas para lavar el Renault 12”.
Hoy alguien publica una reflexión brillante en LinkedIn, recibe treinta likes y entra en una crisis existencial antes del café. Ayer había tenido tres mil. Entonces concluye que perdió talento, carisma y probablemente dignidad moral. Y ahí aparece la frase más importante de esta década:
—No te entusiasmes, no te deprimas: es el algoritmo.
La frase destruye dos negocios al mismo tiempo: la autoestima inflada y la tristeza innecesaria. Porque obliga a aceptar algo insoportable: quizás nunca fuiste tan genial cuando te aplaudían ni tan idiota cuando dejaron de hacerlo.
El nuevo dios sin rostro
Pero primero habría que aclarar qué demonios es un algoritmo, porque la palabra se usa igual que “energía” o “karma”: para explicar lo que nadie entiende y vender cursos.
Un algoritmo es apenas una serie de instrucciones matemáticas. No piensa. No siente. No sabe que existís. Evalúa cuánto tiempo miran algo, si frenan el scroll, si comentan, si están aburridos, divorciados o insomnes. Después decide a quién mostrarle tu contenido y a quién mandarlo a un cementerio digital donde descansan millones de opiniones sobre liderazgo consciente.
No hay un comité secreto odiándote en California. La realidad es bastante más humillante: un sistema detectó que la gente mira unos segundos más un video subtitulado con música melancólica y ahora internet entero parece atravesar un divorcio civilizado.
Y acá aparece el detalle más incómodo: la famosa inteligencia artificial. Tan temida. Tan negada. Tan entrenada por humanos que terminó heredando nuestros peores hábitos. Porque la máquina aprende de nosotros. Aprende qué nos indigna, qué nos retiene, qué nos hace volver. Es menos una mente superior y más una mezcla estadística de ansiedad colectiva, voyeurismo y aburrimiento de oficina. La inteligencia artificial no inventó nuestros impulsos. Los automatizó. Como un loro brillante criado por corredores de bolsa, terapeutas cansados y adolescentes con Wi-Fi.
La tragedia de creer que el aplauso era para vos
La tragedia empieza cuando confundimos métricas industriales con afecto humano.
Un número sube: “me aman”.
Un número baja: “debería desaparecer”.
Y tal vez lo único que pasó fue que la plataforma decidió priorizar video, castigar links o experimentar con vos como si fueras una rata premium con internet. La persona sigue siendo la misma. El algoritmo no. Pero el cerebro humano no evolucionó para interpretar dashboards. Evolucionó para detectar si la tribu lo quería vivo o pensaba usarlo de alfombra. Entonces confundimos visibilidad con importancia. Engagement con cariño. Alcance con trascendencia.
Y ahí empieza el carnaval psiquiátrico.
La meritocracia del hámster
Porque no ocurre solo en LinkedIn. Ocurre en todas partes.
- En Instagram, un fotógrafo con doscientos mil seguidores puede despertarse un martes y descubrir que ahora lo ven cuatro mil personas. No porque sus fotos sean malas. Sino porque la plataforma decidió que este mes los reels son el futuro y las imágenes quietas tienen olor a fax.
- En TikTok directamente gobierna la lógica del casino. El sistema prueba tu video con un grupo mínimo de personas y espera. Si retiene atención, te lanza al universo. Si no, te manda a una fosa común audiovisual donde yacen recetas de avena y opiniones políticas de un señor con aro.
- YouTube entendió hace años algo aterrador: la ansiedad retiene más que la serenidad. Entonces premia el contenido que indigna, acelera o alarma. No porque quiera destruir la civilización. Porque necesita que sigas ahí mirando publicidades de colchones ergonómicos.
- Twitter, ahora X, hizo algo todavía más elegante: mató el tiempo cronológico. Antes veías lo último. Ahora ves lo que el sistema cree que te mantendrá irritado más minutos. La plaza pública terminó administrada por una calculadora con problemas de apego.
El mismo truco, pero con dinero
Y después está la publicidad, que es el algoritmo sin maquillaje. Una empresa invierte miles de dólares para mostrar un anuncio y cree que controla algo. Qué ternura. El sistema decide quién lo verá, cuándo, en qué estado emocional y al lado de qué tragedia internacional. El director de marketing mira métricas caer un martes a la tarde y arma un informe de treinta páginas para explicar algo que quizá ocurrió porque había Champions League y nadie quería comprar cursos de mindfulness financiero. Pero el ser humano necesita causas. Aunque sean inventadas. Antes era “la gente no vino”. Ahora es “subió el CPM”. Cambió el vocabulario. La incertidumbre sigue usando los mismos zapatos.
Nunca hubo tanta fama y tan poca memoria
Lo más raro de esta época es que nunca hubo tanta fama y tan poca memoria. Un influencer puede sentirse Julio César a las diez de la mañana y un cajero emocionalmente devastado a las cuatro de la tarde. La misma plataforma que hoy te empuja mañana te esconde. No porque te odie. Peor: porque no piensa en vos en absoluto.
Las redes prometieron democratizar la visibilidad. Y algo de eso pasó. Gente brillante encontró audiencia sin pedir permiso. Pero apareció otra esclavitud: la obligación de existir constantemente. Antes un escritor escribía un libro. Ahora además debe editar clips, entender métricas, administrar polémicas, responder comentarios y fingir espontaneidad mientras refresca estadísticas diciendo que no le importan las estadísticas. Nunca hubo tanta gente agotada intentando parecer natural.
El algoritmo no te conoce, pero te domestica
Y la gran paradoja es exquisita: las plataformas dicen personalizar la experiencia, pero terminan uniformando a todos. Mismo tono. Misma pausa dramática. Misma sonrisa de “te voy a contar algo importantísimo” antes de explicar cómo ordenar archivos PDF. No hace falta conspiración. Alcanza con recompensa estadística. El algoritmo no obliga: domestica. Y nosotros colaboramos encantados, como perros felices trayendo el palo que les acaban de tirar.
La tristeza estadística
Hay algo especialmente triste en deprimirse por estadísticas. Imaginar a un abuelo de 1940 escuchando esto:
—¿Qué te pasa?
—Bajó el CTR.
Le habría parecido una enfermedad venérea o un sindicato ferroviario. Y sin embargo acá estamos: adultos funcionales interpretando gráficos como si fueran electrocardiogramas del alma. Lo peligroso no es la adicción al reconocimiento. Es entregar algo tan delicado como la propia voz a sistemas diseñados para capturar atención publicitaria. No belleza. No verdad. Atención. Que es mucho más barata y bastante más ruidosa.
Cierre que no cierra
Y acá debería aparecer una moraleja. Una frase luminosa. Algo digno de ser subrayado en Instagram por personas que todavía creen que subrayar frases equivale a transformarse espiritualmente. Pero no hay. Porque si el alcance depende de variables invisibles, si la viralidad es estadística y si la fama digital puede evaporarse más rápido que un sueldo argentino, aparece una sospecha incómoda:
- Tal vez internet nunca premió a los mejores.
- Tal vez solo premió a los más compatibles con el sistema.
- Y esa diferencia es enorme.
- Porque una cosa es ser admirado.
- Otra muy distinta es ser distribuido.
Los likes quizá sean cariño. O apenas datos de entrenamiento para una inteligencia artificial que aprende nuestras debilidades con la paciencia de un empleado público eterno. No lo sabemos. Lo único seguro es que mañana vamos a abrir LinkedIn otra vez. Como quien revisa la heladera cinco minutos después, por si apareció sentido de la vida entre el queso cremoso y la mayonesa light. Y el algoritmo, indiferente, va a seguir ahí. Midiendo. Ordenando. Probando. Como un dios administrativo. Sin amor. Sin odio. Y acaso por eso mismo, muchísimo más inquietante.
