“Mejicanear”: ética, traición y códigos

Una palabra mucho más vieja que Netflix, los cárteles y los titulares alarmistas

Lo primero que habría que aclararle a cualquier español que escuche el término mejicanear es algo importante: la palabra no nació con la crisis narco mexicana ni con las series de streaming donde todos parecen filosofar antes de matar a alguien.

El término es muchísimo más antiguo. Ya circulaba en el lunfardo rioplatense desde principios del siglo XX, mucho antes de que existiera la asociación contemporánea entre México y el narcotráfico. Incluso la grafía vieja —“mejicanear”, con J— delata otra época: suena a tango grabado en disco de pasta, a malevo de sombrero, a comisaría húmeda iluminada por una lámpara amarilla.

No nació como comentario geopolítico. Nació abajo: en el puerto, en la cárcel, en el café turbio, en la mesa donde cuatro tipos planeaban algo legalmente indefendible pero estratégicamente complejo. Especialistas del lunfardo como Óscar Conde y escritores como Martín Caparrós remarcaron justamente esa antigüedad del término y su circulación previa a cualquier asociación moderna con México.

El delito puede tolerarse; la traición, no

En el Río de la Plata, mejicanear no significa simplemente robar. Significa traicionar al socio. Quedarse con todo. Romper el acuerdo interno. Robarle al ladrón.

Para un madrileño esto puede sonar absurdo: —“Pero si ya estaban robando, ¿qué código puede haber ahí?” Y, sin embargo, el código existe. El ladrón puede ser ladrón; lo que no puede ser es desleal. La paradoja es tan rioplatense que casi merecería ir en la bandera.

Buenos Aires siempre sintió fascinación por el delincuente profesional. No el psicópata caótico, sino el tipo prolijo: el estafador elegante, el contrabandista puntual, el quinielero clandestino que paga. Por eso mejicanear tiene un peso moral extraño. El delito puede tolerarse dentro del universo marginal; la traición interna, no. El problema no es robar. El problema es romper la confianza.

El cine entendió el código antes que la academia

Muchos de los mejores filmes policiales giran alrededor de esa idea: no el robo en sí, sino la traición entre quienes robaban juntos.

  • En Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino, un asalto sale mal y toda la película se convierte en una sola pregunta: “¿Quién nos delató?”. El crimen importa menos que la desconfianza.
  • Killing Them Softly va por el mismo camino: dos improvisados asaltan una partida clandestina manejada por la mafia y desencadenan una cacería no por justicia, sino para restaurar un orden interno. Brad Pitt interpreta al sicario encargado de “equilibrar” el sistema, mientras James Gandolfini encarna a un asesino agotado que todavía entiende perfectamente por qué alguien debe morir cuando rompe ciertos códigos.
  • Y después está The Sting, con Paul Newman y Robert Redford: dos estafadores que planean vengar a un amigo robándole a otro criminal. Un ladrón robándole a otro ladrón, pero bajo una arquitectura moral que el espectador termina aceptando casi sin darse cuenta.

El mundo está lleno de delincuentes indignados

La vigencia de la palabra tiene una explicación simple: el fenómeno sigue ocurriendo todo el tiempo. Policías que se quedan con parte de la droga secuestrada. Funcionarios que desvían dinero de otros corruptos. Barrabravas estafados por otros barrabravas. Hackers robando criptomonedas a estafadores de criptomonedas.

El ecosistema criminal moderno está lleno de ladrones robándole a ladrones. Y lo más notable es que muchas veces las víctimas hablan públicamente como si hubieran sufrido una injusticia institucional. No reclaman inocencia: reclaman juego limpio.

Pero el fenómeno no es exclusivamente rioplatense.

  • El Río de la Plata le puso nombre; el resto del mundo aportó ejemplos.
  • En Italia se llamó Tangentopoli.
  • En España, el equivalente fue el Caso Gürtel y su protagonista más célebre, Luis Bárcenas, terminó hablando cuando sintió que sus propios socios lo habían abandonado.

Dos países distintos. El mismo mecanismo: la traición interna como detonador.

La ética cooperativista del delito

En Argentina existe una sensibilidad muy particular respecto de estas rupturas. A veces pareciera que el escándalo nunca es el delito original, sino quién se quedó con más de lo pactado.

Ahí aparecen frases muy nuestras: “No fue derecho.” “Se cortó solo.” “Se quedó con la parte de todos.” “Los mejicaneó.” Es casi una ética cooperativista del delito. Quizás a un español esto le recuerde la tradición picaresca. Pero hay una diferencia importante: la picaresca española suele admirar al individuo que engaña al sistema; la rioplatense, en cambio, se obsesiona con el pacto entre marginales.

Acá incluso los corruptos hablan de códigos. Y muchas veces no están actuando. Cuando las instituciones parecen lejanas o absurdas, aparecen moralidades alternativas: “no delatar”, “no quedarse con todo”, “no dejar afuera al socio”.

Una palabra que sigue diciendo más de lo que parece

Tal vez por eso mejicanear sigue siendo una palabra tan potente. Porque describe algo más incómodo que un robo: la ruptura de una confianza clandestina.

El “mejicaneado” rara vez se siente víctima de un delito común. Se siente víctima de una decepción moral. Le sacaron la plata, sí. Pero sobre todo le destruyeron la idea de que todavía existían códigos.

Y quizá ahí sobreviva la palabra: no como reliquia del lunfardo ni como referencia exótica al crimen organizado, sino como una forma muy humana de nombrar la traición entre socios, amigos, aliados o cómplices. Porque, al final, casi todas las sociedades parecen tolerar muchas cosas. Hasta que alguien rompe el silencio.