Florentino: el hombre que ganó todo y no supo perder una tarde
Antes de empezar
Me gusta el fútbol. El bueno, sobre todo. El que te hace pensar que estás viendo algo más que once tipos corriendo detrás de una pelota. Ese fútbol existe, aunque cada vez hay que buscarlo con más paciencia. Cuando escribo sobre estas cosas pienso en mi abuela asturiana. Ella no entendía de tácticas ni de mercados de fichajes, pero entendía perfectamente cuándo alguien estaba siendo injusto. Tenía un radar infalible para eso. Yo intento heredar algo de ese radar. No sé si lo consigo, pero es la referencia que tengo.
Hoy es San Isidro, Madrid huele a verbena, y me debía esta nota.
Así que empecemos.
Hay presidentes y hay instituciones. Florentino Pérez hace tiempo que dejó de ser solo lo primero
Cuando el Real Madrid pierde, no pierde solo. Pierde también la radio, pierde la sobremesa, pierde el taxista que te explica la táctica mejor que cualquier entrenador, pierde el programa de medianoche que necesita tensión para existir. El Madrid no es un club de fútbol. Es una emoción colectiva que necesita ganar para que todo lo demás funcione.
Y cuando no gana, el sistema busca culpables con una eficiencia que ningún área de recursos humanos podría replicar.
Florentino Pérez lleva más de veinte años siendo el arquitecto de esa máquina. No solo de los títulos. Del relato. De la sensación de inevitable grandeza que precede a cada fichaje, a cada Champions, a cada foto en el Bernabéu con algún chico joven que viene a salvar algo que nadie terminaba de ver roto. Eso también es gestión. Quizás la más difícil.
Pero esta temporada algo se quebró antes que los resultados.
La conferencia que nadie esperaba así
Hubo una rueda de prensa. Hubo micrófonos y periodistas y cámaras.
Hubo todo lo que suele haber cuando alguien tiene que explicar algo. Y sin embargo lo que ocurrió ahí adentro no fue una explicación. Fue otra cosa. Fue un hombre acostumbrado a manejar los tiempos, los silencios y las palabras justas, apareciendo de repente demasiado visible. Demasiado presente. Demasiado ahí.
Descartó renunciar. Habló de elecciones. Y dedicó una porción generosa de su tiempo a señalar a la prensa como enemiga, a los medios como operadores de una campaña, al periodismo como parte del problema.
Hay algo casi cinematográfico en ese momento. El hombre que construyó el relato más poderoso del fútbol europeo, parado frente a las cámaras, diciéndole al relato que está equivocado. El espejo no le devolvió lo que esperaba. Y en lugar de preguntarse por qué, le habló al espejo.
El periodismo que tampoco es inocente
Sería cómodo terminar ahí. Presidente soberbio versus prensa heroica. Poder versus verdad. Es un guion que se escribe solo y que todo el mundo entiende desde el primer renglón.
Pero el periodismo deportivo español hace tiempo que dejó de ser ese lugar limpio donde se va a buscar la verdad. Es un ecosistema donde conviven cronistas rigurosos con operadores disfrazados de periodistas, donde las exclusivas a veces son regalos y los análisis a veces son facturas. Donde un rumor de vestuario puede ser genuino o puede ser un mensaje que alguien quiere mandar sin firma.
Eso no convierte a Florentino en víctima. Pero tampoco lo convierte en un paranoico sin razón.
Lo que convierte a esta historia en algo interesante, es que las dos tienen parte de razón y ninguno de los dos quiere escuchar la parte del otro. Y en ese cruce, en esa imposibilidad de diálogo real, lo que se pierde no es una rueda de prensa. Se pierde algo más parecido a la posibilidad de entender qué está pasando de verdad dentro de un club que lleva meses funcionando por inercia.
La Mbappé que nadie anticipó del todo
Se puede reconstruir el camino.
Mal rendimiento colectivo. Estrellas que no terminan de engranar. Una jerarquía de vestuario que se reordenó cuando llegó Mbappé y que todavía no encontró su nuevo equilibrio. Expectativas que eran imposibles antes de empezar y que el club vendió igual, porque en el Madrid las expectativas imposibles son parte del producto.
Mbappé era el fichaje que completaba todo.
La última pieza de una visión que Florentino había sostenido durante años con la paciencia de alguien que sabe que el tiempo le va a dar la razón. Y en cierto sentido se la dio. Mbappé llegó. El problema es que cuando llegó la última pieza, el rompecabezas ya no era el mismo.
Así pasa a veces. Construís algo durante años mirando una foto. Y cuando terminás de armar todo te das cuenta de que la foto era de otra cosa.
Veinticinco años de control tienen este precio
No es que Florentino haya perdido el poder.
Sigue siendo el dirigente más influyente del fútbol europeo, con una capacidad de maniobra financiera que pocos clubes del mundo pueden igualar. El Madrid va a fichar. Va a renovar entrenador si hace falta. Va a volver a competir por todo antes de que pase demasiado tiempo, porque los ciclos ahí son distintos que en cualquier otro lado.
La reconstrucción en el Bernabéu ocurre a una velocidad que desafía las leyes normales del desgaste institucional. Pero hay algo que cambió y que no se resuelve con un fichaje.
Durante veinticinco años, Florentino manejó el club desde una posición que podría describirse como quirúrgica. Precisa, fría, estratégica. Sabía cuándo hablar y cuándo no. Sabía cómo instalar una idea en el imaginario colectivo antes de que nadie supiera que estaba siendo instalada. Tenía el control del tempo, que en política y en gestión es muchas veces más importante que tener el control de los hechos.
Esta vez no.
Esta vez llegó reactivo donde antes llegaba calculado. Caliente donde antes llegaba frío. Y eso, en alguien tan asociado a la autoridad serena, dice algo que los resultados no dicen.
Lo que cambia cuando cambia todo alrededor
El fútbol cambió. Las redes cambiaron. La autoridad cambió. Ya no alcanza con controlar los medios tradicionales cuando cualquier filtración llega primero por otro lado, cuando el vestuario habla antes de que nadie lo autorice, cuando la opinión pública se forma en espacios que ningún presidente puede administrar desde un despacho.
Florentino construyó su poder en un ecosistema que ya no existe del todo.
No es una crítica. Es una descripción. El mundo en el que aprendió a ganar no es exactamente el mundo en el que está jugando ahora. Y adaptarse a eso, para alguien que lleva tanto tiempo siendo él la referencia, debe ser una experiencia extraña.
Parado frente a los micrófonos, señalando hacia afuera, quizás sin terminar de ver que la pregunta más incómoda de toda esa tarde no la hacía ningún periodista. La pregunta más incómoda estaba en el espejo. Y el espejo llevaba un rato esperando que alguien se animara a mirarlo de verdad.
