El mar no sabe que hay guerra
Beirut existe entre dos imposibilidades: la belleza y la destrucción.
El Mediterráneo llega a Beirut con la misma indiferencia con que llega a todas partes. Azul, tranquilo, sin memoria. No guarda en sus olas el rastro de los bombardeos ni el polvo de los edificios que cayeron. El mar no sabe que hay guerra. Los beirutíes sí.
Hace décadas, cuando los franceses todavía ponían nombre a las cosas, a esta franja de costa la llamaban la Riviera del Oriente. La Costa Azul libanesa. Había casinos, había terrazas sobre el agua, había mujeres con sombreros y hombres que mezclaban el árabe con el francés sin pensar que estaban haciendo nada extraordinario. Beirut era la ciudad donde todo el mundo quería estar. Eso también fue.
Lo que no figura en los comunicados
Entre las montañas y el mar hay una ciudad que respira. Iglesias maronitas y mezquitas sunitas a dos cuadras una de la otra. Bares que sirven arak hasta las tres de la mañana. Mercados donde el zaatar se vende a granel y el ruido es parte del precio. Familias católicas, familias chiítas, ateos que rezan por costumbre, agnósticos que entran a las iglesias porque les gusta el fresco. Eso tampoco figura en los comunicados.
«En el Líbano, dice la gente, siempre hay alguien más que no te deja vivir.»
Lo que figura en los comunicados es otra cosa. Que Hezbollah lanzó cohetes desde el sur. Que Israel respondió. Que hubo muertos. El conteo de muertos es lo único que todos hacen bien: los gobiernos, los periodistas, las agencias internacionales. Cuentan muertos con una precisión que no aplican a ninguna otra cosa.
El gobierno, la guerrilla y el medio
Lo absurdo, lo que cualquier extranjero tarda años en entender, es que el grupo que dispara los cohetes tiene bancas en el Parlamento. Que va a las elecciones. Que tiene ministros. Que el Estado libanés coexiste con un ejército que no controla, como si en un mismo cuerpo hubiera dos sistemas nerviosos que se ignoran mutuamente. El gobierno en Beirut no puede detenerlos. Israel tampoco los detiene, porque sus bombas no distinguen entre un lanzacohetes y una familia que está cenando. La precisión quirúrgica, cuando la anuncian, siempre tiene un radio de error que se mide en vidas civiles. En el medio están las personas. Eso es lo que siempre se olvida mencionar: que en el medio están las personas.
El cedro que ya conoce el fuego
Los libaneses tienen una relación extraña con la resiliencia. No es que sean más fuertes. Es que han aprendido a vivir con la amenaza como quien aprende a vivir con una gotera: no la arreglan, pero tampoco se mudan. Reconstruyen. Siempre reconstruyen. El centro de Beirut fue destruido y reconstruido tantas veces que los arquitectos ya no saben qué es original y qué es réplica. El cedro del Líbano está en la bandera nacional. Es un árbol que tarda siglos en crecer y que los fenicios usaron para construir barcos que cruzaron el mundo conocido. Hoy quedan pocos cedros. Los talaron casi todos. Pero los que quedan son enormes, viejos, obstinados. Se parecen bastante a la gente de acá.
Hay una foto que circuló hace unos meses
Una mujer mayor, con pañuelo, sentada en una silla en medio de los escombros de su casa en el sur. No lloraba. Miraba la cámara con una expresión que no era resignación ni desafío. Era algo más complicado que eso, algo para lo que el español no tiene una sola palabra. Detrás de ella, por un hueco donde antes había una pared, se veía el mar. Azul. Tranquilo. Sin memoria.
