Con el café en la mano y el verano llamando a la puerta

Hoy sábado me levanté cargando estas ideas que rumié durante la noche.

No las traigo como gurú de nada — lejos de eso. Tal vez sean los años, o esta nueva costumbre que uno va adquiriendo con el tiempo: la de detenerse a pensar un poco. Cuando observas a los vecinos que te rodean, a los políticos que engañan, a tanta gente con mala leche que camina por ahí convencida de que el mundo le debe algo… uno no puede evitar que la memoria tire hacia atrás.

Me acuerdo de mis comienzos. De lo que viví. De lo que aprendí a golpes, a alegrías, a decepciones. Todo eso me sirve hoy para algo muy sencillo: para seguir siendo, como diría cualquiera que me conoce bien, un ignorante más ilustrado.

Estas son mis notas. Sin pretensiones. Sin bata de sabio. Solo la mirada de alguien que ha vivido suficiente para saber que todavía le queda mucho que aprender, y que eso, lejos de avergonzar, es lo único que vale la pena.

La arrogancia es el principio de la derrota

La arrogancia tiene mala prensa, pero tiene buen marketing.  Se presenta como confianza, entra como seguridad y se instala como si fuera la dueña de la casa. Nadie la invita, pero ella llega igual, se sienta en el mejor sillón y empieza a dar consejos sobre cómo vivir una vida que todavía no entendió.

Es curioso:

El arrogante suele perder justo cuando está convencido de que ya ganó. Quizás porque la derrota no empieza cuando uno cae. Empieza mucho antes, cuando deja de mirar dónde pisa.

Hay una paradoja hermosa y terrible en eso. El que sabe poco suele creer que sabe todo. El que sabe mucho descubre que apenas entiende algo. Por eso los grandes maestros hacen preguntas y los necios reparten respuestas. Uno busca; el otro sentencia. Uno duda; el otro pontifica. Y, como ocurre con frecuencia en este mundo, el más perdido es el que parece más seguro del camino.

La arrogancia tiene además una extraña relación con la sordera

No una sordera médica, sino una espiritual.

El arrogante oye voces, pero no escucha a nadie. Convierte cada conversación en un espejo. Todo lo que entra debe salir convertido en una confirmación de sí mismo. Los demás no son interlocutores: son extras de una película cuyo protagonista ya decidió cómo termina.

Y ahí aparece otra contradicción maravillosa. La arrogancia pretende ser una forma de fuerza, pero en realidad es una forma de fragilidad. Quien está seguro de sí mismo no necesita demostrarlo cada cinco minutos: un árbol lleno de frutos se inclina. El vacío, en cambio, hace ruido cuando lo golpea el viento.

Mírese si no a ciertos dirigentes políticos que confunden el cargo con la corona. Hablan siempre desde arriba, nunca desde adentro. Se rodean de personas que asienten porque aprendieron que disentir cuesta caro. Y así, lentamente, sin que nadie se los diga, van quedando solos en el centro de un escenario que ellos mismos vaciaron.

La historia está llena de derrotas anunciadas por el exceso de confianza

Imperios que se creyeron eternos, empresas que pensaron que nada podía reemplazarlas, deportistas que celebraron antes de cruzar la meta y personas comunes que confundieron una racha de suerte con un diploma de sabiduría universal.

Lo más divertido es que la arrogancia suele disfrazarse de experiencia. Dice: «Ya lo sé». Y en ese instante deja de aprender. Es como cerrar un paraguas porque todavía no empezó a llover. El problema es que las tormentas tienen la desagradable costumbre de no pedir permiso.

Hay periodistas y comunicadores que ya no explican: decretan. Que ya no conversan: dictaminan. Su voz se volvió tan segura que perdió la capacidad de asombrarse. Y un comunicador que no se asombra es como una radio sin señal: hace ruido, pero no transmite nada.

Pero llega la modestia, y con ella, algo parecido a la gracia

La modestia no es debilidad disfrazada. No es el que agacha la cabeza para que no lo vean. Es el que la inclina porque hay algo que todavía quiere ver mejor. El vecino que ayuda sin fotografiarlo. El médico que admite que no sabe y busca al que sí sabe. El político que vuelve a su pueblo no a inaugurar sino a escuchar. Esos existen, aunque los algoritmos los ignoren, aunque el prime time no los convoque. La modestia no tiene buen marketing. Precisamente por eso es tan poderosa cuando aparece: porque no la esperamos.

Tal vez por eso la humildad no sea pensar menos de uno mismo

Sino pensar que todavía queda algo por descubrir. No es achicarse. Es dejar una ventana abierta. Es entender que la realidad siempre guarda una sorpresa para quienes creen haberla archivado por completo. La arrogancia, en cambio, clausura las ventanas y después se queja de la falta de aire.

Y entonces aparece la generosidad, que es la modestia en movimiento

El avaro también tiene buen marketing.

Se llama a sí mismo «previsor». Habla de «cuidar lo suyo». Explica con mucha paciencia que, si él no acumula, otro lo hará. Siempre tiene una razón. Siempre tiene un miedo detrás de esa razón.

Hay funcionarios que administran recursos públicos como si fueran propios. Hay empresarios que derrochan en imagen lo que niegan en salarios. Hay ciudadanos de a pie que viven quejándose del egoísmo ajeno mientras no sueltan ni un favor sin calcular el retorno. El avaro no siempre es rico. A veces es simplemente alguien que aprendió a no dar y llama a eso prudencia.

La generosidad, en cambio, no lleva la cuenta.

No porque sea ciega, sino porque sabe algo que el avaro nunca entenderá: lo que se da bien dado no se pierde. Se multiplica de formas que la contabilidad no registra. La señora que divide el pan cuando hay poco. El periodista que cede el micrófono cuando alguien tiene más para decir. El dirigente que reparte el mérito en lugar de acapararlo. El amigo que llama justo cuando nadie más llama.

Esos gestos no salen en los diarios. Pero son los que sostienen el mundo. Al final, la derrota rara vez llega de golpe. Suele acercarse en silencio, disfrazada de aplauso. Empieza el día en que uno deja de escuchar, continúa cuando deja de aprender y se consuma cuando deja de dar.

Porque perder no siempre consiste en caer

A veces consiste en convencerse de que ya no es posible caer.  Y cuando alguien cree que está por encima de todos los errores —y por encima de todos los demás—, suele estar apenas a un paso del más grande de ellos.

El antídoto no es complicado. Es viejo. Es casi aburrido de tan simple. Escuchar. Aprender. Dar. Tres verbos que la arrogancia no conjuga y la avaricia no práctica. Y, sin embargo, los únicos tres que, al final del día, dejan algo en pie.