“La seducción: espejo, puente o trampa”

Desde pequeños, incluso antes de hablar, ya buscamos llamar la atención. Un gesto, una sonrisa, una mirada… y comienza todo. Seducimos sin saberlo, en busca de conexión, de una respuesta que diga: “te veo, me importás”.

La seducción es tan antigua como el fuego

Es una fuerza ambigua: puede ser abrazo o máscara, puente o trampa. A veces nos acerca y humaniza, otras nos alejan de nosotros mismos. En una sociedad que exige gustar —sonreír, ser simpático, exitoso— parecer agradables se vuelve casi una obligación. Y si no gustamos, ¿quién somos?

En tiempos líquidos, como decía Zygmunt Bauman, lo efímero reina y el valor personal se mide en miradas ajenas. Así, seducimos para no desaparecer. Pero también puede ser arte. Una forma sincera de mostrarse: “esto soy, sin máscara”.

Seducción con verdad, no como manipulación. Erich Fromm diferenciaba entre amar y necesitar ser amado. Con la seducción sucede algo similar: puede nacer del ego, o del deseo auténtico de compartir y conectar.

La seducción como puente sincero

Cuando hay autenticidad, la seducción puede ser virtud. Carl Rogers, Daniel Goleman, Brené Brown coinciden: la conexión genuina nace de la empatía y la autoestima. Está en una charla, un gesto, una mirada. Puede ser luz, no sombra.

Pero también tiene una cara oscura

Robert Greene lo retrata: el encanto como poder y control. Marie-France Hirigoyen advierte: en el abuso, la seducción es trampa disfrazada de amor. El narcisismo usa el encanto como pantalla, buscando admiración más que conexión.

Seducir va más allá del romance

Aparece en el trabajo, las redes, la calle. Foucault hablaba del poder en lo cotidiano. Baudrillard del cuerpo como mercancía. Eva Illouz mostró cómo el amor se volvió producto. Naomi Wolf denunció que la belleza ya no es deseo: es mandato. La presión por gustar agota. Byung-Chul Han la llama “la sociedad del cansancio”.

Pero no todo está perdido

Esther Perel propone recuperar la seducción como juego, creatividad, asombro. Y entonces llegan las preguntas clave:

  • ¿Por qué seducimos? Para ser vistos, para sentir que importamos. A veces por amor, otras por miedo o herida.
  • ¿Para quién? Para los otros, pero también para nosotros mismos: para gustarnos, para sanar.
  • ¿Desde dónde? Si es desde la carencia, usamos máscaras. Si es desde el amor propio, seducimos con autenticidad.

Epílogo: “entonces, seducir no es el problema

El problema es no saber por qué, para quién, o desde dónde lo hacemos. Responder esas preguntas es nuestra brújula. Para no perdernos en la mirada ajena.

Para que la seducción sea un puente… y no un disfraz.