No siempre escribo igual

Hace unos días, una amiga me escribió un mensaje después de leer uno de mis textos. Me preguntó, con una mezcla de duda: “¿Ese post lo escribiste vos?

Sonreí al leerla, pero también me quedé pensando.

Es cierto: a veces uno no escribe igual. Ni siquiera cuando mantiene la misma voz, la misma mano, el mismo corazón que pulsa en cada palabra. Pero quienes escribimos todos los días —sean artículos, columnas, diarios personales o simples publicaciones en redes— sabemos que la escritura no es un uniforme.

No se viste siempre del mismo modo. Hay días en que uno se pone la camisa ordenada del ensayo, otros en que calza la rebeldía del poema, otras veces el humor, negro y con ironía y algunos en que apenas se cubre con la improvisación de un apunte rápido.

La escritura, como la vida, cambia de ritmo, de tono, de temperatura. Y no hay que asustarse de eso: al contrario, es la prueba de que está viva.

Pensemos en algunos de los grandes escritores que admiramos.

Julio Cortázar, por ejemplo, escribió Rayuela, un libro que parece contener varios libros dentro de sí. Allí conviven capítulos lineales, fragmentos que parecen ensayos, juegos de lenguaje y hasta silencios que son parte del sentido. No hay un solo estilo en Rayuela, sino un mosaico de voces, como si el autor se negara a encasillarse.

Jorge Luis Borges, otro maestro, hizo algo similar en Ficciones. Algunos cuentos parecen relatos fantásticos; otros son reseñas académicas de libros que jamás existieron; otros, ensayos disfrazados de narrativa. Borges disfrutaba de borrar las fronteras entre géneros, y eso lo llevó a reinventarse a cada página.

Virginia Woolf, con Las olas, eligió un camino todavía más arriesgado: entretejer monólogos interiores, poéticos y fluidos, con una narración que se abre y se cierra como las mareas. Allí la prosa se acerca a la poesía, porque Woolf quería representar no solo lo que sus personajes hacían, sino lo que pensaban y sentían en lo más profundo.

Y si miramos otros autores, vemos que el cambio de estilo puede darse de un libro a otro. Gabriel García Márquez es el mejor ejemplo: en Cien años de soledad desplegó el realismo mágico como una bandera latinoamericana, mientras que en Crónica de una muerte anunciada trabajó con la precisión del periodismo narrativo. No escribió igual, porque no estaba contando lo mismo.

Lo mismo ocurre con Margaret Atwood, que en El cuento de la criada construyó una distopía política y en Alias Grace recurrió a la ficción histórica con narradores poco fiables. O con Isabel Allende, que pasó del realismo mágico de La casa de los espíritus a la confesión íntima de Paula, y de ahí a la novela histórica de Inés del alma mía. Cada estilo le servía como herramienta para lo que quería narrar en ese momento.

Entonces, ¿cómo no vamos a aceptar que uno mismo pueda escribir de manera distinta según el día, el tema o la emoción?  A veces me siento más cerca de la precisión de un cronista, otras del desorden poético de un soñador, y otras de la claridad breve de una nota periodística.

Escribir todos los días implica aceptar la metamorfosis.

No se trata de cambiar de piel para ocultarse, sino de buscar la forma justa de decir lo que en ese instante pide ser dicho. Igual que Cortázar, Borges, Woolf, García Márquez, Atwood o Allende, uno elige el estilo como quien elige el instrumento adecuado para tocar una melodía.

Así que sí, querida amiga: ese texto también lo escribí yo. Aunque no sonara igual que otros, aunque pareciera venir de otra voz. Porque en realidad, dentro de mí, como dentro de cualquier escritor, habitan varias voces que conviven, discuten y se alternan. Y todas ellas, aunque distintas, son mías.

Solo soy un aprendiz de escritor.

Alguien que se asoma tímidamente a este club de grandes sin imaginar jamás compararse con ellos. Solo intenté poner en palabras lo que ocurre cuando escribimos un libro y, más aún, cuando enfrentamos el reto de escribir a diario: una columna, un artículo, un post o una simple nota en redes. Ese oficio difícil, que no siempre se logra con la misma fuerza ni con el mismo estilo. Porque no siempre escribo igual.