El post del domingo: “Yo opino, tu opinas, el opina. Ellos opinan”
Yo opino. Y muchas veces no tengo idea de lo que digo. Opino sobre política, economía, amor, fútbol, cocina, astrofísica y hasta sobre el clima, aunque nunca he estudiado ninguno de esos temas. Opinar sin saber es un deporte nacional: nos lanzamos como acróbatas de la ignorancia, orgullosos de nuestras piruetas verbales, y luego nos quejamos si alguien nos corrige.
Opinar es fácil; saber cuándo callar, imposible.
Tú opinas. Y a veces tu opinión hiere más que un cuchillo mal afilado.
No por lo que dices, sino por cómo lo dices: esa manera de subrayar lo obvio, de reírte del otro mientras explicas algo que todos ya sabíamos, de juzgar con voz de profeta caído del pedestal. Ofendes sin querer, ofendes queriendo, ofendes porque sí. Y yo te miro y pienso: “Ah, la opinión humana, esa máquina de infligir daño envuelta en palabras bonitas”.
Él opina. Él siempre opina.
Su opinión tiene el peso de un martillo neumático: aplasta, retumba y deja cicatrices. No importa si acierta o no; lo que importa es que su voz se escuche más fuerte que la tuya, la mía, la del vecino, la del gato que maúlla en la terraza. Opinar es un arma de construcción masiva: destroza ideas, sentimientos, desayunos y ocasionalmente matrimonios.
Él opina, y yo opino sobre cómo él opina, porque esa es la diversión: multiplicar la ignorancia en forma de juicio.
Ellos opinan.
Ellos son muchos, y opinan siempre desde la comodidad de la certeza absoluta, esa que nunca ha pisado el barro de la duda. Ellos opinan sobre nosotros, sobre ellos, sobre el mundo, sobre los que opinamos sin saber, sobre los que opinamos y herimos.
Ellos opinan como si fueran dueños de la verdad, y lo peor es que el resto de nosotros a veces les creemos, aunque sepamos que todo es un teatro de vanidades y voces amplificadas.
Y mientras todos opinamos, muy pocos lo hacemos con arte.
Muy pocos transformamos nuestras opiniones en algo que valga la pena: una chispa de ironía, un gesto de humor, una frase que haga pensar sin aplastar. La mayoría opinamos como martillos o cuchillos: golpeamos, cortamos, dejamos cicatrices y nos retiramos como si nada.
Pocas veces una opinión es un hilo de seda que teje puentes en lugar de muros, y cuando eso sucede, casi parece un milagro que merece aplauso silencioso.
Yo opino que deberíamos tener cuidado con nuestras palabras.
Tú opinas que exagero. Él opina que el mundo siempre exagera. Ellos opinan que todos estamos equivocados y que sus opiniones son la única brújula que funciona. Y así seguimos, en un coro de voces desafinadas, confundidas y orgullosas.
Opinamos sin saber, opinamos y ofendemos, opinamos y aplastamos, opinamos y casi nunca creamos algo bello.
Al final, opinar es un acto de arrogancia disfrazado de libertad.
Nos creemos poetas, jueces, científicos, santos y artistas del pensamiento, cuando la mayoría somos apenas aprendices torpes que patean palabras contra el viento.
Y sin embargo seguimos opinando, porque opinar nos hace sentir vivos, aunque la mayoría de las veces solo nos hace sentir ruidosos…y molestos.
Yo opino, tú opinas, él opina, ellos opinan.
Y entre tanto ruido, muy pocas opiniones son arte; la mayoría son golpes, chispas o pedazos de humo que desaparecen antes de que nadie las recuerde.
Pero seguimos opinando, porque el acto de opinar, aunque torpe, absurdo y cruel, es lo único que nos pertenece realmente en este teatro de voces desordenadas.
