El “escándalo” como nueva normalidad
Nos estamos acostumbrando al escándalo. A los gritos que reemplazan las palabras, a los insultos que asfixian los argumentos. La costumbre más peligrosa de estos tiempos no es la violencia explícita, sino la naturalización de la mala educación como si fuera un signo de autenticidad.
En vez de escucharnos, competimos; en lugar de dialogar, descalificamos. Hemos comenzado a ver al otro como un adversario y no como alguien con quien compartir el mismo suelo.
Mi tía Sara solía decir, cuando alguien se pasaba de la raya: “A ese hay que lavarle la boca con jabón”. Y, aunque lo decía con humor, algo de razón tenía. Porque cuando la palabra se ensucia, arrastra detrás de sí la convivencia.
La paradoja de la sensibilidad
Lo extraño es que, como sociedad, nos hemos vuelto extremadamente sensibles a ciertos temas. Hoy nadie tolera —y con justa razón— las burlas sobre la apariencia, la discriminación por género, raza o condición social. Nos hemos esforzado por construir límites más sanos para evitar lo que ahora llamamos acoso escolar.
Sin embargo, en la televisión abierta y en el streaming, los discursos más crudos y despectivos se consumen como entretenimiento. En horario central se aplauden las barbaridades, se festeja el insulto como si fuera ingenio, y se confunde agresión con sinceridad.
La contradicción es evidente: señalamos con el dedo a un adolescente que ridiculiza a un compañero, pero le damos micrófono y rating a quienes hacen exactamente lo mismo, solo que desde un escenario más grande.
El desprecio como mercancía
Nos venden el desdén como sabiduría. La ironía hiriente, el sarcasmo constante y la humillación pública se presentan como sinónimos de inteligencia. Poco a poco aprendemos a desconfiar, a desconectarnos del otro, a reemplazar la empatía por un escepticismo corrosivo.
Se nos olvida que la palabra nació para unir y no para destruir. Que fue inventada para acariciar el alma y no para azotarla. Cuando las palabras pierden ese propósito, dejamos de reconocernos como comunidad.
El miedo y el grito
Quizás lo que ocurre es que el miedo ha crecido tanto que preferimos gritar en lugar de callar.
Tal vez sentimos que el silencio es debilidad y que la única manera de existir es levantar la voz por encima de los demás, aunque lo que salga de esa garganta sea veneno.
En ese escándalo permanente, olvidamos cómo mirarnos sin juzgar, cómo conversar sin herir. Nos convertimos en sombras de lo que podríamos ser: una humanidad que prefiere la fría distancia del insulto al calor de un abrazo sincero.
Una educación pendiente
Lo que llamamos “mala educación” ya no es solo cuestión de modales en la mesa o de decir “por favor” y “gracias”. Se trata de algo más profundo: la renuncia a reconocernos en la vulnerabilidad del otro.
La verdadera educación no consiste en tener razón a los gritos, sino en sostener el diálogo incluso cuando duele.
Quizás el desafío de esta época sea recuperar la ternura como forma de resistencia. Animarnos a usar las palabras como puentes y no como cuchillos.
Porque si seguimos aplaudiendo al que hiere más fuerte, corremos el riesgo de olvidar que la dignidad no se grita: se respeta.
