Discutiendo el origen de la creación… en un bar

Un cuento con reflexiónes

Antes de que alguien levante la voz —antes incluso de que llegue el café— conviene aclarar algunas palabras que solemos usar como si fueran lo mismo, cuando en realidad no lo son.

Fe es una intuición personal, algo que se siente más de lo que se explica. Religión es lo que pasa cuando esa fe se organiza: reglas, relatos, prohibiciones, feriados y gente que decide por otros. Iglesia no es solo un edificio: es la institución que administra esa religión, con su cuota de consuelo y su historial de contradicciones. Templo es cualquier espacio declarado sagrado.

Y todo eso, al final, nace del mismo impulso: entender qué hacemos acá y si hay alguien escuchando cuando miramos para arriba.

Aclarado eso, ahora sí: el bar.

Uno de esos bares que no cambiaron desde hace décadas, como si el tiempo los hubiera dejado en visto. Mesas marcadas por discusiones ajenas, un ventilador que gira por inercia y un mozo que ya no opina: solo sirve.

En una mesa, dos personas comparten café por falta de opciones.

Si no fuera por Eva, estaríamos mejor —dice el hombre del saco marrón, con tono de sentencia definitiva.

La mujer lo mira, sin sorpresa.

Arrancamos fuerte —responde—. ¿Mejor cómo?

Sin culpa. Sin pecado. Sin este despelote —dice él, abarcando con un gesto el bar, la ciudad, la historia humana.

O sea —dice ella—, sin pensar.

Él frunce el ceño.

Sin desobedecer.

Es lo mismo —contesta ella—. Pensar siempre termina en desobedecer algo.

El mozo deja los cafés y se va. Sabe reconocer una charla larga.

La historia es clara —insiste el hombre—. Había una regla. Se rompió. Fin.

No —dice ella—. Ahí recién empieza todo. Antes era una guardería.

Era el paraíso.

Exacto. Aburridísimo.

Él toma un sorbo de café, molesto.

La serpiente representaba el mal.

La serpiente representaba la excusa —corrige ella—. Siempre necesitamos algo externo para no aceptar que elegir da miedo.

Usted cree que todo es culpa nuestra.

Creo que culpar a una mujer, a una fruta y a un reptil parlante es bastante cómodo.

Silencio breve.

Antes todo era más simple —dice él.

Antes sabíamos menos —responde ella—. No es un logro.

El ventilador gira, como asentando.

Sin fe no hay orden —vuelve a intentar él—. Sin límites, esto se cae.

Con límites mal usados también —dice ella—. La fe puede acompañar, pero no reemplazar el hacerse cargo.

Entonces, ¿para qué sirve Dios?

Ella lo piensa un segundo.

Capaz no sirve. Capaz no es una herramienta. Capaz es solo una pregunta grande.

El hombre suspira.

Algo se perdió —dice—. La inocencia.

O la comodidad —responde ella—. Vivir sin preguntas siempre es más fácil.

El mozo deja la cuenta sin pedir permiso. En ese bar, las discusiones sobre el origen del mundo vienen con reloj.

Igual —dice él, mirando el papel—, algo hicimos mal.

Ella se pone el abrigo.

Seguro —dice—. Pero no fue comer una manzana. Fue seguir usando el cuento para no revisar lo que hacemos ahora.

Se levantan. No se despiden. No hace falta. Ninguno convenció al otro, y eso está bien.

Cuando el bar queda vacío, queda flotando algo. No una respuesta. Una sospecha.

Tal vez Dios no esté tan preocupado por desobediencias antiguas ni por culpas heredadas. Tal vez todo eso sea solo el lenguaje torpe que inventamos para hablar de algo que nos supera. Un ser realmente superior no necesitaría castigos ni trampas para imponerse. Estaría, simplemente, más allá.

Más allá del miedo, de la obediencia ciega, de la necesidad constante de encontrar culpables. Un Dios así no se ofendería por la duda ni castigaría la curiosidad. Tal vez hasta la consideraría una forma de respeto.

Capaz que el verdadero “pecado” nunca fue comer del árbol, sino usar la historia para no hacernos cargo de lo que vino después. Y si hay cielo, si hay algo que nos trasciende, seguramente no se parezca a un tribunal ni a un jardín perdido, sino a un lugar donde ya no haga falta inventar serpientes para explicar por qué somos humanos.

Porque al final, entre tanta culpa y tanta explicación, lo único seguro es esto: si Dios está en algún lado, no debe estar escondido en un mito antiguo, sino esperando que dejemos de discutir quién tuvo la culpa… y empecemos, de una vez, a vivir un poco mejor acá abajo.