¿Algo está cambiando en el club?

Europa prueba el protocolo de las dos velocidades

Hay clubes donde todo está escrito: el saludo correcto, la temperatura exacta del vino, la distancia reglamentaria entre confidencia y susurro. Europa, durante décadas, funcionó así: un salón amplio, con lámparas discretas y decisiones que avanzaban al ritmo de un minueto administrativo.

Nadie corría. Nadie levantaba la voz. Y, sin embargo, el mundo afuera empezó a bailar otra música.

Ahora, seis de los socios más influyentes —Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Países Bajos— sugieren algo que, en términos de etiqueta, suena casi atrevido: avanzar más rápido entre ellos, sin esperar que todos los presentes ajusten el paso.

Una Europa a dos velocidades. Un club donde algunos toman el ascensor y otros, con elegancia, la escalera.

Quiénes están en el salón

La Unión Europea de los 27 reúne a: Alemania, Francia, Italia, España, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, Irlanda, Portugal, Grecia, Austria, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia, Rumania, Bulgaria, Malta y Chipre. Un conjunto amplio, con historias, ritmos y prioridades que no siempre encajan al primer compás.

El llamado “núcleo de seis”, por su parte, lo integran Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Países Bajos: economías grandes, peso político considerable y la convicción —declarada con sobriedad— de que a veces el reloj exige decisiones antes de que todos encuentren la misma página del programa.

La prisa, ese nuevo accesorio europeo

La propuesta tiene un tono práctico: integrar mercados, fortalecer el euro, invertir con decisión en defensa y asegurar recursos estratégicos. En lenguaje de salón: “dejar de comentar la tormenta y, por una vez, abrir el paraguas antes de mojarse.”

El diagnóstico no carece de lógica. El tablero global se volvió menos previsible; las alianzas se reacomodan, las crisis no piden turno y el margen para la indecisión se achica como traje lavado con agua caliente. En ese contexto, el “núcleo” europeo propone moverse primero. No para romper la coreografía, dicen, sino para evitar que el baile se suspenda por falta de música.

Y, por supuesto, hay vientos de ultramar que han recordado a más de un canciller que las garantías eternas suelen ser promesas con fecha de revisión. Nada como una ráfaga inesperada desde el otro lado del Atlántico para que el anfitrión revise cerraduras, refuerce ventanas y, de paso, acelere reformas que llevaban años en carpeta. En el club, la prudencia sigue siendo virtud; la previsión, de pronto, volvió a estar de moda.

Unidad, pero con carriles

La idea de múltiples velocidades no es nueva. Lo novedoso es el clima: menos paciencia, más urgencia. Como si el viejo principio de consenso absoluto hubiera empezado a competir con otro, más sobrio: el de la responsabilidad de actuar.

En la práctica, el esquema sugiere que algunos países profundicen la integración en áreas clave mientras otros acompañan cuando puedan o quieran. Un mecanismo que promete dinamismo, aunque corre el riesgo de introducir una sutil jerarquía de ritmos. Y en Europa, donde cada gesto tiene memoria, los ritmos importan.

Hay un matiz interesante —y aquí aparece el humor de salón—: el mismo proyecto que convirtió la negociación en arte fino ahora ensaya una forma de audacia controlada. No es un portazo; es un leve adelantarse en el paso, como quien se permite iniciar el brindis un segundo antes de que el anfitrión lo anuncie. Con la convicción de que alguien debía hacerlo.

La política como etiqueta

Los defensores del esquema sostienen que sin un núcleo que traccione, el conjunto pierde influencia. Los críticos advierten que sin un conjunto que se sienta parte, el núcleo pierde legitimidad. Entre ambos argumentos hay un equilibrio delicado, digno de porcelana antigua.

Quizá el verdadero cambio no esté en la velocidad sino en la narrativa: Europa parece dispuesta a aceptar que la unidad puede convivir con ritmos distintos, siempre que el destino siga siendo compartido. La pregunta es si esa convivencia será armoniosa o si terminará sonando como dos orquestas afinando a la vez.

Un brindis con final abierto

En el club europeo, algo se mueve.

No hay estridencias, apenas un cambio de tempo. Los más apurados hablan de eficacia; los más cautos, de cohesión. Entre ambos, el continente busca una forma de no quedarse quieto sin dejar a nadie atrás.

Tal vez estemos ante una evolución natural de un proyecto que siempre avanzó entre equilibrios. O tal vez sea el inicio de una nueva etiqueta, donde la prisa también tenga su protocolo. Por ahora, las copas siguen en alto y la conversación, animada.

Queda por ver quién marca el próximo paso… y quién decide seguirlo.