“El problema de ser estricto es que nunca sabés cuándo tenés razón”

Manual breve para vivir con la regla en la mano… y la duda en el bolsillo

Hay personas que no doblan las servilletas: las alinean. No corrigen: reeducan. No discuten: establecen precedentes. Yo, por ejemplo, he llegado a ordenar las nubes del cielo en categorías de eficiencia: cúmulo productivo, cirro decorativo, tormenta en período de prueba. Ser estricto tiene ese encanto: convierte la vida en una planilla de Excel con sentimientos opcionales.

El problema aparece cuando uno quiere tener razón… y la razón llega tarde, con tráfico y sin estacionamiento. Porque la rigidez, como los muebles de catálogo, promete estabilidad, pero no avisa que no pasa por la puerta de la realidad. Y ahí estamos: con la convicción bien planchada, el argumento recién lustrado y el mundo comportándose como un gato con título en anarquía.

De cómo la certeza se vuelve una afición peligrosa

Ser estricto es creer que el mapa es el territorio y que, si el río no coincide, el río se equivoca. Hay una fe casi religiosa en el manual de instrucciones: si el paso 3 dice “no improvisar”, entonces no se improvisa ni cuando el paso 2 explota. La ironía es que la vida, con su mal gusto habitual, se especializa en excepciones. Y cada excepción es una grieta por donde entra la sospecha: ¿y si tenía razón… pero en el planeta equivocado?

Conozco a alguien —no diré quién, pero tiene una risa que desarma alarmas— que defiende la puntualidad como si fuera una especie en peligro de extinción. Llega diez minutos antes a todos lados, incluso a las sorpresas. Una vez esperó tanto que el futuro se le pasó por detrás y no lo vio. Esa disciplina admirable produce un fenómeno curioso: cuanto más exacta es la regla, más invisible se vuelve el contexto. Y el contexto, ese traidor, es el único que sabe si la razón está de tu lado o si solo llevas el uniforme correcto.

La ética del semáforo en amarillo

El mundo moral de los estrictos es un semáforo binario: rojo o verde. El amarillo es sospechoso, ambiguo, casi inmoral. Sin embargo, la vida vive en amarillo: el café “apenas tibio”, la promesa “casi cumplida”, el perdón “en proceso”. Ser flexible no es rendirse; es admitir que la verdad no siempre habla en mayúsculas. A veces susurra, y si uno está muy ocupado teniendo razón, no la escucha.

Hay algo profundamente cómico en discutir con la realidad. Uno le muestra pruebas, estadísticas, precedentes. La realidad responde con un giro de guion y un resbalón en la vereda. El estricto, entonces, anota la caída en un cuaderno titulado “Anomalías”. La vereda, imperturbable, sigue siendo vereda.

Una dedicatoria que no necesita nombre

A vos, que preferís la coherencia, aunque te despeine el viento, te debo muchas lecciones involuntarias. Me enseñaste que la firmeza puede ser una forma de cariño, que hay límites que cuidan y otros que aprietan como zapatos heredados. También me mostraste, sin proponértelo, que tener razón no siempre ilumina: a veces encandila.

Si algún día dudás —y ojalá—, no será una derrota. Será una rendija por donde entra el aire. Porque la razón, cuando llega, no trae medallas: trae preguntas. Y las preguntas, como los gatos, siempre encuentran la forma de acomodarse en el lugar menos previsto.

Quizá el secreto no sea ser menos estricta ni más flexible, sino aprender a reír cuando la razón llega tarde y a invitarla igual a la mesa. El resto, como casi todo lo importante, queda pendiente…