En el Día del Amor y la Amistad
En este Día del Amor y la Amistad quiero agradecer a quienes leen mis artículos con esa devoción tan moderna que consiste, básicamente, en estar ahí sin hacer demasiado ruido. Hay amores y amistades de todo tipo: los que aparecen en persona, los que viven en la nube y los que existen únicamente en ese territorio ambiguo donde uno escribe y el otro… bueno, marca visto.
Todos, sin excepción, comparten una cualidad conmovedora: están. A veces en silencio, como un mueble querido; otras, con palabras que llegan tarde, pero llegan; y de vez en cuando, con una reflexión que uno guarda como si fuera un recibo importante que nunca va a volver a mirar. Así que gracias por esa forma tan particular de acompañar: mínima, intermitente y, sin embargo, inconfundible. Porque en estos tiempos, estar —aunque sea de reojo— ya es una forma bastante respetable de cariño.
Gracias a:
Silvia, Hilda, Alejandra, Marisa, Elizabeth, Elías, Mariel, Debbie, Araceli, Bertita, Bárbara, Elena, Diana, Ricardo, Richard, Henry, Carlos, Pepito, Ángel, María, Ramoncito, Charly, Rubén, Eva, Juan Carlos, Rosario, Demian, Celia, Virginia, Patricia, Conchi, Gabriel, Fabiancito, Adelina, Laura, Carlos, Pablito, Antuan, Fernando, Alcira, Tito, Claudia, Amilio, Pepito, Mónica, Piero, Diego, Lucila, Isabel, Marcela, Norma, David, Emilse, Alicia, Gabi y Gabriela, Willy, Angy, Juan, Luis, Billy, y también a quienes, sin azul ni palabras, sostienen este abrazo cotidiano lleno de afecto y memoria, desde el silencio.
El 14 de febrero tiene algo de vidriera perfumada y algo de espejo incómodo
Es un día en que el amor sale a pasear con ropa planchada, pero también uno descubre si el traje le queda o le aprieta en lugares que no sabía que existían. El amor, ese inquilino caprichoso, no se presenta solo en forma de pareja sonriente: aparece en la música que nos salva un martes cualquiera, en el arte que nos deja en silencio, en la mesa bien puesta que convierte el pan en ceremonia, en el simple acto de estar vivos sin pedir permiso.
Hay quienes están enamorados de una persona, claro
Y hay quienes están enamorados de un sonido, de una idea, de una ciudad que huele a lluvia, de la costumbre de levantarse temprano para ver cómo el mundo se despereza. No todos los enamoramientos piden testigos ni ramos de flores: algunos se contentan con un buen libro, con el primer sorbo de café o con esa canción que, misteriosamente, sabe nuestro nombre.
Ahora bien, no siempre el amor es un balcón abierto
A veces es una habitación sin ventanas, un pasillo largo con eco propio. Están los que lo pasan mal en ese territorio, los que no logran salir del bucle de lo que fue o de lo que nunca empezó. Para ellos existe una salida que no figura en los manuales: conseguirse un amante.
No, no otra persona —qué pereza la repetición—, sino un amante en otras sensaciones. Un amante que sea el cuerpo en movimiento, el aprendizaje de algo nuevo, la cocina como alquimia doméstica, el paseo sin rumbo como forma de valentía. Tener amante en la música, en el oficio, en el cuidado de uno mismo.
Un amante que no exige explicaciones y que, por el contrario, las disuelve.
El amor así entendido es menos una promesa y más una práctica. Se ejercita como se afina un instrumento: con paciencia, con cierta disciplina, con la humildad de saber que habrá días desafinados. Y, sin embargo, cuando suena, lo hace con una claridad que no necesita traducción.
En paralelo —porque la vida tiene vocación de orquesta— está la amistad
Se la celebra con entusiasmo, a veces con ingenuidad, y conviene mirarla de frente, como se mira el agua antes de beberla. La buena amistad no grita, no compite, no contabiliza favores como si fueran monedas. La buena amistad es ese lugar donde uno llega sin armadura y nadie pregunta por las cicatrices. Por eso hoy, más que sumar nombres a la agenda afectiva, se impone un gesto de salón: el tamiz.
Tamizar es un arte antiguo y elegante
Consiste en dejar pasar lo que nutre y retener lo que pesa. Hoy, con discreción y sin estridencias, podemos borrar la amistad falsa, la envidiosa, la ingrata, la que aplaude de día y susurra de noche. No hace falta escándalo; basta con la cortesía de la distancia. La amistad verdadera resiste el filtro como el oro resiste el fuego: no se ofende, no se encoge, no se ausenta.
Se dirá que hay ironía en celebrar mientras el mundo insiste en sus desórdenes
La hay, por supuesto, pero es una ironía de salón: educada, bien peinada, con una copa en la mano. Porque celebrar no es negar lo difícil; es, más bien, poner una luz sobre lo que merece seguir vivo. Amar —a alguien, a algo, a uno mismo con pudor y perseverancia— es un acto de higiene emocional.
Así que hoy, sin grandilocuencias, cada uno puede darse un tiempo
Revisar sus afectos como quien ordena una biblioteca: quitar el polvo, devolver lo prestado, elegir con cuidado lo que permanece en el estante principal. Buscar un amante en el placer honesto de estar, en la música que nos acompaña, en el arte que nos nombra, en el buen vivir que no necesita permiso.
Y si al final del día queda menos ruido y más verdad, si quedan pocas personas y mucho sentido, si queda un silencio amable en el que uno reconoce su propio pulso, entonces la celebración habrá valido la pena. Amor al tope, sí, pero con esa elegancia que no necesita alardes. Porque lo que vale la pena —como todo lo realmente valioso— no se impone: se reconoce.
