Siglo 21: La “adicción” al teléfono móvil

Empiezo con una incomodidad, que no es lo mismo que un prólogo

Lo que sigue no busca el golpe bajo, pero tampoco va a mirar para otro lado. En 2024, la Justicia de Río Negro, provincia del sur de la Argentina, condenó a prisión a un anestesista que, en medio de una cirugía de rutina en el Sanatorio Juan XXIII de General Roca, se distrajo con el celular. El paciente era Valentín Mercado Toledo, tenía cuatro años, y no salió vivo del quirófano. El dato es áspero y no admite metáforas ingeniosas. Aun así, conviene mirarlo de frente, porque no habla solo de una persona: habla de una época que normaliza la interrupción permanente como si fuera una forma aceptable de estar en el mundo.

La dependencia del teléfono no llega con estruendo

No rompe ventanas ni exige rescate. Se instala como un huésped amable que pide un minuto y luego se queda a vivir. Vibra con educación, ilumina con simpatía, y cuando uno se quiere dar cuenta, el silencio se volvió sospechoso, como si la vida, sin notificación, estuviera fallando en su deber de entretenernos. Nadie se propone volverse dependiente un martes a la mañana. La historia suele empezar con un gesto pequeño: consultar algo “rápido”, confirmar un dato, responder un mensaje. El rectángulo brillante cabe en el bolsillo, pero también cabe en los huecos de la atención. Y así, sin ceremonia, el mundo entra en el aparato y uno queda afuera, mirando.

El primer movimiento para torcer la trama es sorprendentemente antiguo: avisar.

A la familia, a los amigos, a quienes comparten el día a día. No hace falta dramatizar. Basta con decir: “Si no respondo de inmediato, no es desinterés; es un intento de volver a estar”. La reacción suele ser menos hostil de lo que tememos. Hay quien confiesa en voz baja que también está cansado de vivir en modo alarma, como si cada sonido fuera un incendio.

Después viene un pacto con el tiempo

Que es la única tecnología verdaderamente irremplazable. Revisar el teléfono tres veces al día, en horarios definidos, como quien riega una planta o toma un remedio que sabe amargo pero necesario. Mañana, mediodía y tarde (nunca en la noche).  El mundo no colapsa si no lo miramos cada diez minutos. Los mensajes esperan con una paciencia que no les atribuíamos. Y el silencio, lejos de ser una falla, resulta un estado legítimo del universo.

Para ayudar a la voluntad, conviene una decisión doméstica:

El teléfono acompaña, pero guardado. Presente, no protagónico. Un cajón, un bolso, un bolsillo profundo. Si ocurre algo urgente de verdad —no esa urgencia emocional que se disfraza de catástrofe— existe la llamada telefónica, ese ritual antiguo que, contra todo pronóstico, todavía funciona.

La noche merece su propia frontera

El móvil duerme en otra habitación, como un huésped al que se le desea descanso y distancia. Lejos de la almohada, lejos de la tentación de “una última mirada”. El sueño profundo no combina bien con la luz azul ni con la expectativa de lo que podría suceder mientras uno intenta, modestamente, dormir. El mundo sobrevivió siglos sin nuestra vigilancia nocturna; no va a desmoronarse justo hoy.

Hay decisiones pequeñas que cambian el día:

Desactivar notificaciones que no aportan nada, pasar la pantalla a escala de grises, declarar zonas sin móvil —la mesa, el estudio, la conversación—. Y, sobre todo, sustituir el impulso. Cuando la mano busque el teléfono por inercia, ofrecerle otra cosa: un vaso de agua, un estiramiento, diez pasos por la casa. El cuerpo aprende rápido si se le habla con coherencia.

Reducir el uso del teléfono no empobrece el vínculo con el mundo:

Lo reordena. Aparecen minutos sueltos que antes no existían, como monedas olvidadas en el bolsillo de un abrigo. El pensamiento, que estaba habituado a tropezar cada pocos segundos, vuelve a caminar sin sobresaltos. La tecnología recupera su lugar de herramienta: útil, sí; omnipresente, no.

Tal vez el gesto más radical de este tiempo

No sea saber más ni ir más rápido, sino algo mucho más simple: estar donde estamos sin la necesidad de certificarlo en una pantalla. El teléfono seguirá ahí, brillante y paciente, como un farol que no se apaga. La pregunta no es si podemos vivir sin él, sino si podemos vivir con nosotros mismos en el centro. Curiosamente, esa es una llamada que no requiere batería.

Algo, sin embargo, se nos deslizó entre los dedos

Vivíamos —no perfecto, pero vivíamos— sin la urgencia de retransmitir cada detalle. No hacía falta avisar en tiempo real que la lechuga está cara mientras uno viaja apretado en el metro como parte del equipaje. El mundo no mejora por enterarse de eso en directo. Tampoco es imprescindible fotografiar el café antes de probarlo, como si el aroma necesitara testigos. Ni enviar un audio de “ya estoy llegando” cuando faltan tres semáforos y dos dudas existenciales. Ni consultar en un grupo qué serie empezar para terminar, como estaba previsto desde el principio, viendo videos de gatos durante una hora.

No se trata de prohibir ni de idealizar un pasado que tampoco era un paraíso

Se trata, quizá, de asumir una responsabilidad discreta: mostrar —a los más chicos y también a los grandes— que el mundo ocurre fuera del dispositivo. Los niños no escuchan discursos sobre equilibrio digital; observan gestos. Ven dónde ponemos la mirada cuando alguien nos habla, qué elegimos sostener en la mano cuando la vida pide presencia.

Quizás no sea el fin del mundo, pero sí un comienzo posible. Menos uso, más atención. Menos comentario, más experiencia. Porque, al final, no estamos intentando desconectarnos del teléfono; estamos intentando reconectarnos con algo más simple y antiguo: la presencia. Y esa, por suerte, no necesita cobertura.