El arte de caminar livianos

El hilo y sus dos abismos

Caminamos la vida como equilibristas sin aplausos, sobre un hilo fino que a veces parece una idea y otras, una amenaza. Abajo no hay red: a la izquierda bosteza el vacío de lo que nos falta; a la derecha pesa lo que juntamos con paciencia y miedo. Lo curioso es que ambos lados asustan igual. El que no tiene teme no alcanzar; el que tiene teme perder.

Entre el hambre y el exceso, el vértigo es el mismo, solo cambia el decorado.

La vigilia de los que tienen y los que no

Hay quien duerme abrazado a sus llaves, como si fueran amuletos contra la noche. Tiene los bolsillos llenos y el sueño agujereado. Cuenta lo que posee para convencerse de que existe. Del otro lado, alguien cuenta monedas que no alcanzan y sueña con el día en que contará de más. Ambos despiertan sobresaltados, como si el reloj fuera un perro guardián.

En la vigilia de uno y de otro se sienta el mismo huésped incómodo: el miedo, que no paga alquiler, pero ocupa toda la casa.

La escalera que no termina

Nos enseñaron que la felicidad es una escalera mecánica que siempre sube, aunque el edificio no tenga techo. “Más arriba”, nos dijeron, “se respira mejor”. Y nosotros, obedientes, llenamos el tiempo de objetos, el silencio de ruido y los huecos del alma de certezas con precio de etiqueta. Aprendimos a confundir seguridad con cerrojos, y futuro con inventario.

Compramos tranquilidad en cuotas y la llamamos progreso, como si la paz pudiera guardarse en una caja fuerte.

Cuando las cosas mandan

Nadie nos avisó que las cosas, cuando se quedan demasiado tiempo, empiezan a tener carácter. Primero piden un lugar; luego piden cuidados; al final piden obediencia. Uno cree que posee un reloj y termina siendo poseído por la hora. Se adquiere un sofá y de pronto hay que defenderlo del mundo. Así, lo que prometía abrigo se vuelve armadura, y la armadura pesa.

La paradoja es simple y cruel: acumulamos para sentirnos libres y terminamos pidiendo permiso para movernos.

La sospecha de la ligereza

Y, sin embargo, hay una sospecha que insiste, como un rumor que no se deja desalojar: quizá la riqueza sea una forma de ligereza. Tal vez el tesoro no esté en lo que se guarda, sino en lo que se suelta sin drama. Caminar con los bolsillos despejados no es una derrota: es una manera de escuchar mejor el paso.

De pronto, el viento deja de ser enemigo y vuelve a ser viento.

La libertad sin inventario

La libertad, dicen algunos sabios sin biografía, no vive ni en la abundancia ni en la escasez. Habita en un territorio más incómodo: el de comprender que nada nos pertenece de verdad, ni siquiera el miedo. Lo único irremplazable es la capacidad de vivir sin cadenas, incluso cuando hay llaves en la mano.

Quien no se ata ni al oro ni al polvo duerme sin sobresaltos, no porque tenga poco, sino porque no tiene dueño.

Paradojas para el camino

Hay ironías que conviene conservar como brújulas: el que menos carga llega más lejos; el que menos teme pierde menos; el que menos posee, a veces, más habita. La vida, esa experta en contradicciones, se vuelve más liviana cuando la mochila está vacía. No porque el mundo pese menos, sino porque dejamos de llevarlo encima.

El único tesoro

Al final, el equilibrio no se aprende mirando el abismo ni midiendo el peso del equipaje. Se aprende soltando de a poco, como quien deja caer una piedra en el río y descubre que las manos sirven para otra cosa. Y entonces, sobre el hilo frágil de los días, uno camina sin aplausos, pero sin cadenas.

Porque el único tesoro que no exige vigilancia es la paz de estar vivo.