Resistencia antibiótica: “el enemigo invisible que evoluciona con nosotros”

Una historia demasiado simple

Durante años circuló una explicación cómoda: los antibióticos dejan de funcionar porque se usan en animales que producen proteínas para consumo humano (Ventola, 2015, Pharmacy and Therapeutics). Era fácil de recordar, fácil de repetir… y, como ocurre con las historias demasiado simples, incompleta (Holmes et al., 2016, The Lancet).

En países con regulaciones estrictas, este efecto sobre los patógenos humanos es menor del que se suele percibir, aunque no deja de ser un factor a considerar (Tang et al., 2017, International Journal of Antimicrobial Agents). La resistencia antibiótica —la capacidad de las bacterias de sobrevivir a medicamentos que antes las mataban— es hoy una de las principales amenazas para la medicina moderna (World Health Organization, 2020, Global Antimicrobial Resistance Report).

En 2019, estuvo asociada a casi cinco millones de muertes en el mundo, con más de un millón directamente causadas por infecciones resistentes (Murray et al., 2022, The Lancet). En la práctica clínica, esto se traduce en infecciones más difíciles de tratar, estancias hospitalarias más largas y mayor mortalidad (Prestinaci, Pezzotti & Pantosti, 2015, Pathogens and Global Health).

Evolución en acción

El problema no tiene un único culpable (Davies & Davies, 2010, Microbiology and Molecular Biology Reviews). Las bacterias evolucionan rápido (Martínez & Baquero, 2000, Antimicrobial Agents and Chemotherapy). Cada antibiótico es un pequeño experimento evolutivo: muchas bacterias mueren, algunas sobreviven (Andersson & Hughes, 2014, Nature Reviews Microbiology).

No porque “quieran” hacerlo, sino porque poseen variaciones genéticas que les permiten resistir (Levy & Marshall, 2004, Nature Medicine). Esas supervivientes se multiplican y transmiten su ventaja, un proceso conocido desde hace más de siglo y medio: la selección natural (Darwin, 1859, On the Origin of Species).

La presión evolutiva se genera donde más se usan antibióticos: en humanos (Laxminarayan et al., 2013, The Lancet Infectious Diseases). En atención primaria europea, entre un 20 % y un 30 % de las prescripciones son innecesarias, muchas veces para infecciones virales como resfriados o gripe (European Centre for Disease Prevention and Control, 2022).

A esto se suma la automedicación: el antibiótico que quedó de la vez pasada, el que “le funcionó a un primo”, o el que alguien recomienda porque “es fuerte” (Morgan et al., 2011, Clinical Infectious Diseases). Todo esto alimenta el fuego evolutivo (Holmes et al., 2016, The Lancet).

Hospitales: laboratorios de la vida real

Si la evolución bacteriana tuviera un laboratorio ideal, se parecería bastante a un hospital (Weinstein, 2001, Emerging Infectious Diseases). Allí confluyen pacientes vulnerables, uso intensivo de antibióticos y constante circulación de bacterias entre personas, superficies y equipos médicos (Dancer, 2014, Clinical Microbiology Reviews). No es casualidad que muchas de las bacterias más resistentes hayan evolucionado precisamente en estos entornos (Rice, 2008, Journal of Infectious Diseases).

Entre el 5 % y el 7 % de los pacientes hospitalizados en Europa sufren infecciones asociadas a la atención sanitaria (ECDC, 2023, Healthcare-Associated Infections Surveillance Report). Y una proporción significativa involucra bacterias resistentes a múltiples medicamentos (Magill et al., 2018, New England Journal of Medicine).

En este ecosistema microscópico, las bacterias tienen todo lo que necesitan para aprender nuevos trucos de supervivencia: alta presión antibiótica, muchos huéspedes disponibles y abundantes oportunidades para intercambiar genes (Partridge et al., 2018, Clinical Microbiology Reviews).

Los animales también importan, pero no tanto como creemos

El uso de antibióticos en animales sigue siendo relevante, aunque la situación es más matizada (Van Boeckel et al., 2015, Proceedings of the National Academy of Sciences). En la Unión Europea, su uso como promotores de crecimiento está prohibido desde 2006 (European Commission, Regulation EC No 1831/2003). Y desde 2022 la legislación limita el uso preventivo masivo y exige prescripción veterinaria (European Union Regulation 2019/6 on Veterinary Medicinal Products).

Además, los periodos de retiro antes de que los productos animales entren en la cadena alimentaria permiten que los residuos de antibióticos caigan por debajo de los límites de seguridad (European Food Safety Authority, 2021). El riesgo principal no son tanto los residuos en los alimentos regulados, sino la aparición de bacterias resistentes en animales y su entorno, especialmente en contextos con menor regulación (Marshall & Levy, 2011, Clinical Microbiology Reviews).

La resistencia se comparte

Las bacterias no necesitan esperar generaciones para desarrollar resistencia; muchas veces la intercambian (Frost et al., 2005, Nature Reviews Microbiology). Pequeños fragmentos de ADN llamados plásmidos transportan genes de resistencia entre bacterias distintas, incluso de especies diferentes (Carattoli, 2013, Plasmid). Es como un “foro microscópico” donde los trucos de supervivencia circulan rápidamente (Smillie et al., 2010, Nature).

No es solo un grifo abierto

La transmisión de bacterias resistentes desde animales hacia humanos existe (Robinson et al., 2016, Lancet Planetary Health). Pero la mayoría de las resistencias detectadas en patógenos clínicos humanos circula predominantemente entre humanos (de Kraker et al., 2011, PLoS Medicine). Por eso los expertos promueven el enfoque One Health, que integra salud humana, animal y ambiental (World Health Organization, FAO & OIE, 2017, One Health Framework). Las bacterias no respetan fronteras entre especies, hospitales o ecosistemas (Destoumieux-Garzón et al., 2018, Frontiers in Veterinary Science).

El enemigo invisible

Si hubiera que quedarse con una idea sencilla —sin caer en simplificaciones— sería esta: la resistencia antibiótica aparece por muchos pequeños usos acumulados durante décadas (Laxminarayan et al., 2013, The Lancet Infectious Diseases). Un antibiótico tomado sin necesidad, una prescripción demasiado rápida, un control hospitalario que falla, un sistema sanitario sin laboratorio microbiológico, un uso veterinario mal regulado (Holmes et al., 2016, The Lancet). Cada uno parece insignificante… hasta que deja de serlo (O’Neill, 2016, Review on Antimicrobial Resistance).

El verdadero problema no es que las bacterias se adapten; eso es lo que la vida ha hecho durante miles de millones de años (Woese, 2002, Proceedings of the National Academy of Sciences). El problema es que nosotros seguimos olvidando que la evolución nunca descansa (Dobzhansky, 1973, American Biology Teacher).