El secreto de la alcachofa y la zanahoria

Lo que tiramos vale oro

Dice una señora mayor en el mercado, señalando el montón de pieles y restos: «Esto, m’hija, es basura». Y tiene razón, claro. Pero también está profundamente equivocada. Porque en esa «basura» verde y naranja que dejamos en el plato o que las fábricas de zumos tiran por toneladas, un grupo de científicos de la Universidad de Lleida acaba de encontrar un tesoro.

Un tesoro diminuto, invisible, que vive dentro de nuestra panza y que, cuando se alimenta bien, nos cuida la salud como un perro guardián.

Los detectives de Lleida

La historia suena a cuento, pero es ciencia pura. Y viene con nombres y apellidos que conviene recordar: Gemma Bellí, investigadora del IRBLleida y profesora de la Facultad de Medicina de la UdL, junto a Olga Martín-Belloso, Ana A. Vaz, Isabel Odriozola-Serrano y Gemma Oms-Oliu, todas de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agraria, la ETSEAFiV. Este equipo agarró los residuos de alcachofa, zanahoria, pepino y pimiento rojo que les mandó la empresa Indulleida S.A. y los metió en un aparato que imita la digestión humana. Así, sin necesidad de un estómago de verdad, descubrieron que lo que tiramos puede convertirse en el mejor manjar para nuestras bacterias intestinales.

Los resultados son tan claros que los publicaron en Food Hydrocolloids for Health, una revista científica de las que duelen en la nuca de leer. Pero vamos a traducirlo para que lo entienda hasta el carnicero de la esquina.

El butirato y la fábrica de salud

Resulta que dentro de nosotros hay un mundo entero. Millones de bichitos, algunos buenos, otros no tanto. Y resulta también que los residuos de la alcachofa y la zanahoria, en particular, son como un banquete para las bacterias que nos hacen bien: los Lactobacillus y las Bifidobacterium. Cuando estos bichitos se ponen a comer fibra, producen unos compuestos llamados ácidos grasos de cadena corta. Suena feo, pero son maravillosos.

Uno de ellos, el butirato, sale en cantidades enormes cuando fermentamos fibra de alcachofa. ¿Y para qué sirve? Es el combustible preferido de las células del colon. Lo mantiene fuerte, sano, con buena barrera. Como si le pusiéramos nafta premium al auto.

La investigadora Gemma Bellí lo explica con claridad: «Los concentrados de fibra de estos vegetales no solo cuidan el ambiente del colon, también liberan ácidos grasos que promueven la salud intestinal».

Cada verdura tiene su magia

La zanahoria, por su lado, junto con el pepino y el pimiento, se destaca en producir ácido acético. Ese mismo que regula el hambre, que nos ayuda a sentirnos llenos y que, según estudios, parece tener propiedades para combatir células cancerosas. El ácido propiónico, otro de estos compuestos mágicos, también apareció en las pruebas, sobre todo con el pimiento a las 24 horas y con el pepino a las 48.

Cada vegetal aporta algo distinto. Pero la alcachofa se lleva el premio mayor por esa capacidad de generar butirato. Por eso Bellí remata: «La alcachofa, en particular, es una candidata prometedora para convertirse en ingrediente funcional». O sea, que, en un futuro no muy lejano, el yogur que comemos o la galletita del desayuno podrían llevar fibra de alcachofa y estar combatiendo la obesidad sin que nosotros nos demos cuenta.

Contra la obesidad y el desperdicio

Porque de eso va también este estudio: de luchar contra la gordura. El proyecto se llama «Diseño de alimentos funcionales con propiedades contra la obesidad» y lo dirigen Bellí y Martín-Belloso. La idea es sencilla y genial: si logramos que la comida procesada tenga estos residuos transformados, ayudamos a la gente a estar más sana sin que tenga que hacer esfuerzos sobrehumanos.

Lo más bonito de todo es que esto también es una lección de economía circular. Esa pulpa que sobra, esa piel que tiramos, ese bagazo que la industria paga por eliminar resulta que vale oro. Vale porque alimenta lo que nos habita, porque previene enfermedades, porque nos hace más fuertes por dentro.  Y todo sin pastillas, sin química rara, solo con lo que la tierra nos da y nosotros desperdiciamos.

Los investigadores de Lleida ya piensan en el próximo paso: estudios con personas de verdad, in vivo, para confirmar lo que ya vieron en el laboratorio. Mientras tanto, uno empieza a mirar distinto la piel de la zanahoria y las hojas de la alcachofa. Tal vez, como en las mejores historias, lo que parece sobrar es justo lo que necesitábamos.