Clausewitz en el Golfo Pérsico

Un tratado imaginario sobre una guerra demasiado real

Antes de abrir el libro

No soy amigo de las guerras. Prefiero escuelas, hospitales y mercados llenos de vida. Pero ante tanto ruido y titulares que revientan como pólvora, fui a mi biblioteca a buscar un libro que nunca deja de incomodar: el de un militar viejo y reflexivo. Dos siglos después, sigue siendo citado cada vez que el mundo parece ponerse en modo pólvora.

Esto no es un análisis técnico. Es una conversación imposible, un intento de mirar la guerra como ella misma se mira: cruel e imprevisible.

  1. El hombre

Carl von Clausewitz, prusiano (1780-1831) fue militar antes que teórico. Combatió a Napoleón y aprendió que la guerra rara vez se parece a los planes cuidadosamente trazados en un escritorio. Su obra más conocida no es un manual de instrucciones; es un ensayo sobre la incertidumbre de la guerra (la «niebla»), sus errores inevitables (la «fricción») y la naturaleza humana que la sostiene. Murió sin terminarlo, y quizás por eso sigue vigente: no da respuestas fáciles, solo plantea preguntas que incomodan.

Aprendió, por ejemplo, que la fuerza bruta no garantiza la victoria, que los planes pueden volverse inútiles en horas y que la guerra es tan impredecible como la conducta de quienes la sostienen.

No hay fórmulas exactas: solo reflexión.

  1. La guerra como política

«La guerra no es sino la continuación de la política por otros medios». Esta guerra particular, entre Estados Unidos e Israel contra Irán, no empezó con el primer disparo. Comenzó décadas antes, en un terreno invisible de desconfianza mutua, amenazas percibidas y conflictos históricos no resueltos. El error clausewitziano fundamental sería tratar esta guerra como un fenómeno autónomo: no lo es. Es política con sangre.

No se trata de un enfrentamiento militar simple entre tres naciones, sino de la colisión de tres proyectos políticos distintos:

  • EE. UU.: mantener un orden global que considera propio.
  • Israel: eliminar amenazas existenciales cercanas.
  • Irán: resistir y sostener su identidad política frente a presiones externas.

Cuando los fines políticos de los actores no coinciden y, además, son incompatibles, la guerra se prolonga inevitablemente hacia formas no absolutas. La planificación racional choca entonces contra la «fricción» de la realidad.

  1. Fortalezas (o «centros de gravedad»)

Para Clausewitz, vencer es identificar y destruir el «centro de gravedad» del enemigo. Aquí cada bando tiene el suyo:

  • Bloque USA–Israel: su centro de gravedad es la capacidad de proyectar poder de forma rápida y decisiva. Posee tecnología abrumadora, golpe inicial potente y coordinación avanzada. Su mayor ventaja es impactar rápido, con información superior. Pero esta fortaleza tiene un punto culminante: depende de una guerra corta. Si se extiende, la logística, la economía y la percepción política se vuelven vulnerables. Clausewitz advertiría: toda victoria tiene un punto a partir del cual se convierte en derrota.
  • Irán: su centro de gravedad es la resiliencia del régimen y la capacidad de desgaste. Cuenta con profundidad territorial, aliados indirectos y una capacidad de no requerir grandes recursos para dañar. Su objetivo no es necesariamente ganar; basta con no perder. Su fortaleza radica en la paciencia, la geografía y la resistencia a la presión externa. Aquí la guerra se aproxima a la «guerra real» (limitada) frente a la «guerra absoluta» (teórica).

Estas características configuran escenarios distintos: mientras un bloque necesita resultados visibles y rápidos, el otro puede resistir, esperar y desgastar.

  1. Debilidades (y «fricción»)
  • EE. UU. e Israel: confunden el éxito militar con la victoria política (error clausewitziano clásico), subestiman la resiliencia del adversario y dependen de que la guerra se mantenga breve y controlable. La «fricción» —esa niebla de errores, miedo, fatiga y azar— multiplica estas fragilidades.
  • Irán: enfrenta limitaciones económicas, presiones internas y riesgos de escalada incontrolable. Resistir desgasta recursos, credibilidad y cohesión social, aunque no implique perder el conflicto militar directo.

Clausewitz lo sabía: en la guerra real, ambos bandos son imperfectos. La victoria no es del más fuerte, sino del que comete menos errores bajo fricción. Cuando la guerra se prolonga, la debilidad de cada uno se multiplica y aparecen actores indirectos que pueden desbordar la planificación inicial.

  1. La expansión inevitable (la trinidad clausewitziana desbordada)

Clausewitz definió la guerra como una «trinidad paradójica» compuesta por: (1) odio, enemistad y violencia primarios (el pueblo); (2) azar y probabilidad (el ejército y su comandante); (3) razón y política (el gobierno). En este conflicto, esa trinidad salta por los aires.

Una vez que comienza, el conflicto rara vez permanece confinado. Nuevos actores indirectos se suman: hutíes en Yemen, milicias en Irak, redes en Siria, grupos en el Líbano y más allá. La «pasión del pueblo» se desborda, el «azar» se vuelve endémico y la «razón política» pierde el control. Ataques fuera del frente principal y riesgos globales en energía, rutas comerciales y finanzas hacen que la guerra deje de pertenecer exclusivamente a quienes la iniciaron. Retirarse se vuelve casi imposible, porque los efectos secundarios y la presión internacional arrastran a todos los involucrados.

En este contexto, cualquier intento de limitar el conflicto es como intentar contener agua con las manos. Las fronteras de la guerra se vuelven elásticas, y todo lo que se acerca termina afectando el resultado.

  1. Cómo terminaría (la guerra real no tiene finales absolutos)

El pensamiento estratégico del militar prusiano no contempla finales limpios. De hecho, Clausewitz insistía: en la guerra real, el objetivo absoluto (aniquilación del enemigo) casi nunca se alcanza. Se persiguen objetivos políticos limitados, y el resultado suele ser un punto muerto.

Aplicado a este conflicto, las posibilidades serían:

  • Victoria táctica y derrota incompleta: se golpea a Irán, pero no se lo quiebra. La guerra queda latente, con tensiones que se arrastran años después. Clausewitz diría: has alcanzado tu objetivo militar, pero no tu objetivo político. Has perdido.
  • Desgaste prolongado: nadie gana, todos pierden tiempo, recursos y estabilidad política. La guerra se convierte en un desgaste generalizado que erosiona más que cualquier victoria momentánea. Esto es la guerra real en su forma más pura: sin culminación, sin gloria, solo fricción.
  • Negociación por cansancio: no por acuerdo, sino por agotamiento de las partes. Es la opción más realista y también la más triste: la guerra termina cuando la política vuelve a imponerse —no por sabiduría, sino porque la violencia ya no puede sostenerse.
  1. El cierre que no cierra (el peso de la historia en la trinidad)

Miraría, sobre todo, a la gente.

Clausewitz no era un humanista sentimental, pero sabía que la guerra la sostienen tres fuerzas: el gobierno, el ejército y el pueblo. Y el pueblo tiene memoria. Las guerras no las sostienen los Estados, sino las sociedades que los aguantan. Y en cada país, las experiencias vividas rara vez son triunfos; son memorias que duelen. Esa memoria colectiva es el combustible que enciende o apaga la «pasión» de la trinidad.

En Estados Unidos:

  • Vietnam: la fe americana se quebró; campesinos con paciencia vencieron a generales con mapas.
  • Afganistán: veinte años, miles de millones gastados, para que al final volviera el mismo enemigo.
  • Libia: derribar un dictador fue sencillo; construir después, imposible.

El ciudadano promedio ya no cree. Ve esta guerra y piensa: “Otra vez”.

En Israel:

  • Yom Kipur (1973): el susto fundacional; la inteligencia falló, y la soberbia casi cuesta la supervivencia.
  • Líbano (2006): un atasco. Ni victoria ni derrota; la pregunta incómoda permanece: ¿para qué?
  • Intifadas: el costo de la ocupación, de vivir con la seguridad como única brújula.

El israelí mira al norte y siente cansancio: otra vez reservistas, funerales, cohetes, y la sensación de que el problema no se resolverá.

En Irán:

  • Guerra contra Irak (1980-1988): ocho años, un millón de muertos, y al final nada; la herida permanece.
  • Protestas recientes: 2009, 2019, 2022. La gente no piensa en destruir a Israel; piensa en inflación, desempleo y libertades limitadas.
  • Asesinatos de científicos nucleares: para el régimen, resistencia; para el ciudadano, humillación y miedo cotidiano.
  1. La guerra se extiende (la trinidad se vuelve pandémica)

Lo que comenzó entre tres actores ya no se contiene.

Los hutíes atacan barcos en el Mar Rojo, Qatar recibe miradas acusatorias, Arabia Saudita refuerza fronteras, los Emiratos protegen inversiones, y Kuwait y Omán ven cómo se resquebraja su estabilidad. Más allá, milicias en Irak, redes en Siria, grupos armados en el Líbano y células en África del Norte se suman, y discursos inflamatorios en Pakistán contribuyen a la expansión ideológica.

Clausewitz no escribió sobre guerras globales, pero sí sobre cómo la guerra tiende a su forma absoluta cuando se libera de los frenos políticos. Aquí, esos frenos han saltado. Cuando una guerra se vuelve ideológica, sus fronteras son elásticas como un sueño febril. Todo lo que se acerca, entra. Todo se contagia, y lo local se vuelve global.

No hay final

No habrá final mientras las memorias que no son triunfos pesen más que las victorias anunciadas. Mientras un ciudadano en Ohio recuerde Afganistán, un reservista en Tel Aviv recuerde Líbano, y una madre en Teherán recuerde los años ochenta.

Clausewitz nunca escribió estas palabras, pero quizás las hubiera imaginado: “La guerra no termina cuando se acuerda un cese del fuego. Termina cuando la política logra imponerse otra vez a la pasión y el azar. Y como la política humana es imperfecta, lo que queda no es la paz perfecta. Es el cansancio, la espera y la memoria persistente del dolor.”

(Cierro el libro. Pero sé que volveré a abrirlo).

 

Referencias:

Carl von Clausewitz dejó una obra central que no llegó a cerrar:

De la guerra (Vom Kriege)

Su trabajo fundamental no fue publicado por él mismo. Murió en 1831 y el manuscrito quedó en proceso. Edición póstuma: a cargo de Marie von Brühl . Publicación: entre 1832 y 1835. Lugar: Berlín . Estructura: varios volúmenes organizados en 8 libros internos.

Otros escritos:

No existe un segundo gran tratado comparable, sino un conjunto de trabajos históricos y analíticos publicados también tras su muerte:

  • La campaña de 1812 en Rusia
  • Estudios sobre campañas napoleónicas (1796–1815)
  • Escritos políticos e históricos sobre Prusia y Europa tras Napoleón

La mayoría de estos textos se difundieron dentro de recopilaciones póstumas, impulsadas igualmente por su esposa.