El periodismo en tiempos de guerras (y tranquilidad)

Uno cree que la guerra es eso que pasa lejos, con tanques y banderas ondeando en la tele mientras se toma el café.

Pero no. La guerra también es esto: abrir Twitter y toparse con dos verdades que se muerden. La misma bomba, dos ángulos distintos. Un bando la llama “operación quirúrgica”; el otro, “masacre”. Y ahí está usted, con el dedo en el aire, tratando de adivinar qué temperatura tiene el fuego.

Los medios, seamos claros, no son espejos. Son focos

Apuntan, iluminan y, sobre todo, deciden qué queda en sombra. Cada redacción tiene su brújula ideológica, aunque juren que no. Un periódico conservador mostrará al refugiado que roba; uno progresista, al refugiado que huye del hambre. Ambos tienen razón en los datos. El problema es que cuentan mitades distintas del mismo círculo. Y en una guerra —Ucrania, Gaza, Sudán, la que toque— esa mitad se convierte en un mundo entero para el lector distraído.

Ahora sume las redes

El algoritmo no busca la verdad, busca su indignación. Porque la indignación se clica, se comparte, se vive. Y la inteligencia artificial, esa máquina de coser palabras, ya puede escribir crónicas que parecen humanas: conmueven, acusan, justifican. Pero no sienten.

Generan titulares que encajan como un puñetazo en la trinchera emocional de cada uno. Si usted es pro-Ucrania, la IA le servirá cohetes rusos sobre escuelas. Si es pro-Rusia, le mostrará neonazis bajo banderas azules y amarillas. Y ninguna de las dos fotos será mentira del todo. Y ninguna será verdad del todo.

La trampa moderna:

La posverdad no miente descaradamente. Eso sería fácil de detectar. La posverdad selecciona, enfatiza, silencia. Informar con tendencia no es inventar un fusilamiento que no ocurrió; es poner en portada un fusilamiento y esconder el otro.

Y eso, en tiempos de guerras calientes y frías, se paga con vidas. Porque si la opinión pública solo ve un lado del horror, legitima la venganza del otro. Y la venganza, cuando se vuelve noticia, se llama “respuesta proporcionada”.

Pero no nos engañemos: lo que pasa en Donetsk o en Rafah es el mismo mecanismo que pasa en su oficina, en la política del día a día, en el cotilleo del barrio. ¿Acaso no hay guerritas cotidianas donde los bandos se eligen antes de los hechos? El jefe que roba una idea, el compañero que miente en una reunión, la pareja que reinterpreta una conversación para tener razón.

Todos somos pequeñas corresponsales de nuestras propias trincheras. Y todos, sin excepción, editamos la realidad para que nuestro bando quede bien.

El periodismo profesional

El de antes, creía en la objetividad como una temperatura exacta. Hoy sabemos que la objetividad no existe. Existe la honestidad. Y la honestidad no es no tener posición —todos la tienen—, sino mostrarla sin ocultar las grietas.

Un buen corresponsal de guerra no es el que no llora. Es el que dice: “Miren, desde aquí veo esto, pero sé que, a tres kilómetros, detrás de esa colina, hay otra verdad que no puedo contar porque no llego”.

Usted dirá: entonces, ¿cómo saber algo en este ruido?

Pues leyendo todo. No un medio. No un bando. No un algoritmo. Leer al que le duele y al que le alivia. Ver la cadena árabe, la rusa, la europea y la independiente que apenas junta dinero para el hosting. Comparar titulares como quien compara testigos de un crimen. Y entender que la verdad no es un punto fijo. Es un campo de fuerza entre versiones.

La inteligencia artificial puede escribir este artículo más rápido

Pero no puede dudar. Y dudar es el único método que queda cuando las banderas cubren los cadáveres. Así que le propongo algo más incómodo que tomar partido: mantener el partido, pero leer al enemigo. No para convertirse, sino para recordar que el enemigo también tiene una madre, también vio explotar una escuela, también cree estar del lado de los ángeles.

Al final, el periodismo en tiempos de guerra no es un manual

Es un músculo que se entrena en paz. En la pequeña guerra de cada día: cuando comparte una noticia sin abrirla, cuando juzga al vecino por un rumor, cuando da por cierto el titular que confirma sus ganas de odiar. Ahí, en ese microsegundo, usted ya eligió una trinchera.

Yo no voy a decirle cuál es la correcta

Solo le sugiero que, antes de disparar, se tome el trabajo de cruzar el campo de batalla y preguntarle al otro bando por qué dispara. A veces, en esa caminata incómoda, aparece un fragmento de verdad que ninguna bandera puede embanderar. Y ese fragmento, aunque no gane guerras, puede evitar que usted pierda lo más valioso: la capacidad de seguir preguntando.

Haga sus propias conclusiones

Pero hágalas después de leer todo. Porque en tiempos de algoritmos que ya saben lo que usted quiere creer, leer todo es el último acto de rebeldía que nos queda.