Entre creer y la duda

Una médium, un teatro lleno y la eterna necesidad de creer

La primera vez que la vi fue en un video perdido de YouTube, de esos que uno no busca, pero igual encuentra. Estaba grabado en Valencia, o eso decía la descripción. No recuerdo el nombre del programa, ni quién la presentaba, ni siquiera qué día lo vi. Pero sí recuerdo la sensación: ese cosquilleo raro entre la curiosidad y la desconfianza, como cuando alguien promete algo que uno quiere creer… pero no del todo.

Noelia Pace hablaba sin apuro. Sin énfasis innecesarios, sin impostar misterio. No levantaba la voz, no hacía pausas dramáticas. Contaba. Y en ese tono casi doméstico, como de sobremesa larga, había algo que se abría paso. No era tanto lo que decía, sino cómo lo decía. Como si la verdad —o algo parecido— no necesitara empujones.

Una médium argentina, o algo más

Hace años que sostiene lo mismo: que puede comunicarse con personas fallecidas. Lo dice sin rodeos, sin intentar suavizar el impacto de esa afirmación. Según su propio relato, todo empezó en la infancia, a los seis años, cuando empezó a ver —o sentir— presencias que nadie más registraba. Con el tiempo, aquello dejó de ser un episodio aislado y se volvió práctica: sesiones privadas, consultas, tarot. Y después, inevitablemente, el salto.

Porque lo suyo ya no ocurre en salas pequeñas ni en livings con sahumerios consumiéndose en la mesa baja. Ahora hay teatros. Escenarios llenos, luces tenues, gente esperando. Expectativa. Algo que se parece más a una ceremonia que a un espectáculo. Lo llama “Mediumnidad”, como quien bautiza un oficio antiguo con una palabra nueva para que encaje mejor en la cartelera contemporánea. Y, sin embargo, en el fondo, no hay nada demasiado nuevo en lo que propone. Solo el formato cambió. La necesidad, no.

No es solo “hablar con muertos”

Reducir todo a esa frase sería cómodo, pero también injusto. Su discurso va por otro lado: la energía. Según Pace, no somos más que energía en tránsito, una forma organizada de algo mucho más grande. Algo que no desaparece cuando el cuerpo deja de funcionar, sino que se transforma.

Ahí es donde ella dice intervenir. No como protagonista, sino como puente. Como traductora de un idioma que no escuchamos, pero, tal vez, intuimos en los silencios. En sus presentaciones no hay estridencias. No hay efectos especiales ni golpes bajos evidentes. Hay pausas. Hay respiraciones contenidas. Hay lágrimas que aparecen sin permiso. Ella camina entre las filas, se detiene, señala a alguien, arriesga una historia. A veces acierta con una precisión que incomoda. A veces no. Y en ese margen —entre el acierto y el error— es donde se construye todo.

Lo que no vi, pero me contaron

Yo no fui. Pero dos amigas sí. Una noche en el Teatro Astral, en Buenos Aires. Sala llena, unas cuatrocientas personas. Me dijeron que las entradas variaban según la ubicación, pero que lo importante no era eso, sino lo que pasaba adentro.

Y después me contaron escenas.

A los pocos minutos de empezar, Pace se detuvo frente a una mujer mayor, en la fila siete.

—“Hay una señora cerca tuyo, del lado de tu madre. Dice que se llamaba Amalia… o algo parecido. Y que le duele cómo se pelearon antes.”

La mujer no dudó. Se quebró.

—“Mi mamá se llamaba Amelia. No hablamos los últimos tres años.”

Silencio. Ese silencio espeso que no se puede actuar. Alguien atrás susurró “es increíble”, como si necesitara decirlo en voz baja para no romper algo.

Minutos después, otro caso.

Un chico joven. Fila dos.

—“Aparece un hombre, podría ser tu abuelo. Dice que te preocupes menos por el trabajo… algo con una moto.”

El chico negó todo. No había abuelo muerto, no había moto, no había coincidencia.

Pace sonrió. Agradeció. Siguió.

Y nadie protestó. Nadie cuestionó en voz alta. Porque hay una regla tácita en estos lugares: cuando acierta, se recuerda; cuando falla, se disuelve.

Qué busca la gente cuando va

No van a comprobar nada. Van a sentir. Los que la siguen hablan de alivio, de duelos que encuentran una salida, de palabras que llegan tarde pero igual sirven. Para ellos, Pace no es espectáculo. Es herramienta. Es canal. Es una forma de cerrar algo que quedó abierto.

Y eso, en el fondo, no es nuevo. Siempre hubo alguien que hizo de intermediario. Cambian los nombres, cambian los escenarios, pero la necesidad es la misma: darle sentido a lo que duele. Encontrar una narrativa que haga soportable la ausencia.

La otra mirada

Desde afuera, claro, la lectura cambia. Algunos psicólogos explican que, en momentos de vulnerabilidad emocional, cualquier señal puede parecer significativa. No es ingenuidad: es una forma de sostenerse cuando todo lo demás falla. El problema aparece cuando esa necesidad se vuelve dependencia, cuando ya no alcanza con sentir y hace falta creer sin preguntas.

También está el conocido efecto Forer: esa tendencia a aceptar descripciones generales como si fueran personales y exactas. Frases que podrían aplicarse a muchos, pero que, en el contexto adecuado, se sienten únicas. Y, sin embargo, incluso entre quienes dudan, hay un reconocimiento silencioso: lo que ocurre ahí adentro no es del todo trivial. Hay algo que funciona. Algo que toca.

El ego, ese ruido de fondo

Pace insiste en una idea que atraviesa todo su discurso: el ego. No como concepto abstracto, sino como interferencia. Como ese ruido constante que no deja escuchar otra cosa. Dice que el verdadero obstáculo no es la falta de conexión espiritual, sino la sobre identificación con uno mismo. Con lo que creemos ser, con lo que defendemos, con lo que no soltamos. No es una idea nueva. Tiene ecos de filosofías antiguas, de religiones orientales, de libros que muchos citan y pocos terminan. Pero ella la vuelve simple. La dice sin solemnidad. Sin citas. Sin peso académico.

Y ahí, otra vez, aparece su mayor recurso: el tono.

El don no entiende de fronteras

Ni de visas, ni de idiomas. En 2025, esa certeza se volvió itinerario cuando incluyó a España en su gira internacional con “Mediumnidad”. No un espectáculo —aunque lo sea—, sino una experiencia. Recorrió ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla, Málaga, Zaragoza y Valencia. En salas de teatro y hasta en cines, las butacas se llenaron igual. Como si el formato fuera lo de menos. Como si lo importante fuera ese espacio compartido donde algo —no sabemos bien qué— puede pasar.

Las entradas se movieron por redes, por ese hilo tenue que hoy sostiene casi todo. Instagram, mensajes, recomendaciones en voz baja. Una comunidad que no necesita grandes campañas para encontrarse. Y en paralelo, escribió. Libros donde intenta hacer en palabras lo que en escena sucede en fragmentos. Donde insiste, otra vez, con esa idea: que la muerte quizá no sea un punto final, sino una pausa mal interpretada.

Entonces, ¿qué es lo que ofrece?

Tal vez no sea una respuesta. Tal vez sea, simplemente, un lugar. Un espacio donde la lógica afloja un poco y la emoción puede sentarse sin tener que justificarse. Donde no hace falta elegir entre creer o dudar. Donde ambas cosas conviven, incómodas pero posibles. Porque en el fondo, lo que está en juego no es si ella habla o no con los muertos. Es algo más difícil. Qué hacemos nosotros con lo que no entendemos.

La última imagen

Mis amigas me dijeron que el final fue simple. Sin grandilocuencia. Pace pidió un minuto de silencio “por los que ya no están, pero siguen estando”. Las luces bajaron. Cuatrocientas personas cerraron los ojos. Alguien lloraba, sin hacer ruido, como se llora de verdad.

Y afuera, en la calle, todo seguía igual. Los carteles encendidos. Los taxis pasando. La gente apurada. Indiferentes. Como si el misterio —por más que llene teatros— siempre eligiera quedarse adentro. O tal vez no. Tal vez salga con nosotros, sin que nos demos cuenta, y se siente al lado cuando volvemos a casa. En silencio. Sin decir nada. Esperando, simplemente, que en algún momento dejemos de buscar certezas… y nos animemos a escuchar la duda.