Izanami Martínez: La divulgadora que incomoda
“El cerebro no es tu amigo, la infancia te la jugó y usted no es tan libre como cree”. Pero tranquilo, no es su culpa… aunque de algo hay que hacerse cargo
Mire, siéntese, afloje el cinturón y présteme atención un rato. Porque hoy vamos a hablar de una mujer que se anima a decir lo que muchos piensan en la ducha, pero después se olvidan cuando agarran el celular. Ella se llama Izanami Martínez, es antropóloga, madre, empresaria, española y coach —ya sé, ya sé, no ponga esa cara, aguante un segundo— y encima tuvo la valentía de pegarse una estrellada de aquellas contra el piso. Depresión grave, internación psiquiátrica incluida. De esas caídas que no las cuenta ni el chiste malo.
¿Y qué hace después de levantarse?
Agarrar el micrófono y decirle al mundo: “Mire, compadre, usted no manda tanto como cree”. Y no se lo dice desde un atril con olor a incienso ni desde la comodidad de un consultorio con sofá de cuero. No, no. Ella habla desde el barro. Desde el “me pasó”. Y por eso más de un millón de almas perdidas en Instagram la siguen como si fuera la única que les habla claro en medio de tanto vende humo.
Usted cree que decide, pero el cerebro le está haciendo trampa
La primera piña que larga esta mujer es hermosa: el cerebro no fue diseñado para que usted sea feliz. Fue diseñado para que sobreviva. ¿Se da cuenta la diferencia? La felicidad es un invento moderno, casi un lujo de catálogo. Pero la amenaza, el miedo, la necesidad de encajar para que no lo echen de la tribu… eso es moneda corriente desde que éramos unos bichos peludos corriendo de los tigres dientes de sable.
Así que cuando usted se siente ansioso por nada, cuando revisa el WhatsApp treinta veces para ver si le contestaron, cuando se despierta a las 3 AM pensando en esa tontería que dijo en una reunión… no es un defecto de fábrica. Es el cerebro haciendo su trabajo. El problema es que el trabajo ese, hoy, con redes sociales, con noticias, con el vecino que se compró un 0km, se vuelve una fábrica de humo interno. Y usted vive en alerta. Todo el tiempo. Como si en cada esquina hubiera un peligro. Y no lo hay, salvo el que usted mismo se inventa.
Lo que pasó antes de los seis años le maneja la vida (y usted ni enterado)
Ahora agarre fuerte el pochoclo porque viene la segunda. Entre que nace y aprende a atarse los cordones, su cerebro es una esponja sin filtro. No distingue entre lo importante y lo accesorio. Todo entra. Las peleas de los viejos, los silencios, los gritos, los abrazos que faltaron, las veces que lo dejaron llorando en la cuna “para que se acostumbre”. Todo eso se mete adentro como un software que después usted va a ejecutar sin saberlo.
¿Por qué le cuesta decir que no? ¿Por qué necesita que lo quieran, aunque sea a cambio de traicionarse? ¿Por qué reacciona con una furia desmedida cuando alguien le toca un botón que ni sabía que tenía? No es personal. No es que usted sea “así”. Es que aprendió a ser así antes de aprender a hablar. Y ahora el piloto automático maneja el 80% de su vida. Usted solo va de copiloto, mirando el paisaje y quejándose del tránsito.
La gente no le hace nada a usted. Usted le hace a usted.
Esta es la que más duele, así que prepárese. Izanami dice algo que parece una tontería, pero es un martillazo en el pecho: el comportamiento del otro casi nunca tiene que ver con usted. Cuando su jefe le habla mal, cuando su pareja se enfría, cuando un amigo no lo llama… eso no es contra usted. Es la historia de ellos. Sus miedos, sus heridas, su manera mal aprendida de pedir o de huir.
Y ojo: esto no es un libreto de autoayuda burdo para decir “todo está en uno”. No. Es todo lo contrario. Es entender que usted también hace lo mismo. Y que, si se lo toma personal, va a vivir a la defensiva, todo el tiempo, cansado, peleando sombras. La pregunta no es “por qué me hacen esto”. La pregunta es “por qué esto me afecta así”. Y esa pregunta, amigo, ya es más valiente que mil reclamos.
Responsabilidad sin culpa: la línea más fina que existe
Acá viene el equilibrio de equilibrista. Porque la doña no es de las que dicen “todo es culpa de mamá” ni de las que gritan “echále ganas”. No. Ella dice algo más justo: usted no es responsable de lo que siente. El miedo, la tristeza, la bronca… eso llega solo. Pero lo que hace con eso… ah, eso ya es suyo.
¿Se enojó y les gritó a sus hijos? No lo eligió del todo. Pero sí puede elegir después sentarse, pedir disculpas y entender por qué pasó. ¿Se quedó paralizado frente a una oportunidad? No fue por vago. Pero sí puede empezar a mirar de dónde viene ese miedo a fracasar. La idea no es flagelarse. Es ocuparse. Y eso, en un mundo que quiere soluciones mágicas de 15 segundos, es un trabajo artesanal.
Pedir ayuda no es de débiles, es de personas que se dieron cuenta a tiempo
Uno de los puntos donde esta mujer no transa es en la salud mental. Ella misma cuenta que tuvo que ser internada. Que no pudo sola. Y que eso no es una derrota, sino todo lo contrario: es el primer paso de una persona que entendió que el orgullo es un pésimo compañero de ruta.
¿Sabe qué pasa? Nos vendieron la película del lobo solitario, del que se levanta solo, del que no necesita a nadie. Y eso es mentira. Es la mentira más grande que nos metieron en la cabeza para que no molestemos. Para que nos hundamos en silencio. Para que lleguemos a los 50 con un nudo en la panza y ni idea de por qué. Izanami dice: “buscá ayuda, hablalo, andá al psicólogo, tomate la pastilla si hace falta”. Y lo dice sin vueltas. Como quien recomienda cambiar el aceite del auto antes de que explote el motor.
¿Ciencia y fe? Sí, las dos, y si le molesta, problema suyo
Esto es lo que más ruido les hace a ciertos intelectuales de escritorio. Porque ella, por un lado, habla de neurociencia, de corteza prefrontal, de sistema límbico, de evolución. Y por el otro, se agarra de la fe. De una espiritualidad con mayúsculas. No de una religión con mandamientos, sino de algo más ancho: de creer que hay un sentido cuando todo se rompe.
¿Y usted sabe qué pasa? Que la vida es demasiado rebelde y torcida como para enfrentarla solo con gráficos de barras. A veces no alcanza con entender. A veces hay que sostenerse en algo que no se ve. Y ella no le está pidiendo que se convierta a nada. Solo dice: “a mí esto me salvó”. Y si a usted no le sirve, bárbaro. Pero no le venga con la soberbia de que la ciencia lo explica todo, porque la ciencia todavía no explica por qué nos emociona una canción ni por qué lloramos cuando nace un hijo.
Vivir acelerado no es un logro, es una enfermedad
Ahora mire a su alrededor. ¿Ve el ruido? Redes sociales, el grupo de la oficina que no para de sonar, la comparación constante con la vida perfecta que muestran los demás, la exigencia de rendir como si fuéramos máquinas. Todo eso, dice Izanami, empuja al cerebro al modo supervivencia. Y cuando usted vive en modo supervivencia, no piensa: reacciona. Y cuando reacciona, la mayoría de las veces la embarra.
Entonces la propuesta es antipática pero necesaria: bajar un cambio. No como un mantra new age con aromatizante de lavanda. Bajarlo a la fuerza bruta. Apagar el teléfono una hora. Caminar sin audífonos. Hacer una sola cosa por vez. Decir “no” aunque duela. Parece poco, pero es revolucionario en un mundo que nos empuja a hacer diez cosas mal antes que una bien.
Cierre: Usted no va a cambiar el mundo, pero puede dejar de chocarse con las mismas paredes
Mire, Izanami Martínez no va a venir a salvarlo. No tiene la fórmula mágica ni el curso de 3 pasos para ser millonario en 15 días. Ella hace algo más humilde e importante: le devuelve el espejo. Y en ese espejo usted va a ver cosas lindas y cosas que preferiría no ver. Pero al menos las va a ver. Y ahí ya ganó.
Porque la mayoría de la gente vive en automático, repitiendo las mismas coreografías de miedo, esperando que algo cambie por arte de magia. Y no. No va a cambiar. O usted se sienta un rato, apaga el modo avión interno, y empieza a preguntarse por qué hace lo que hace… o seguirá siendo el mismo personaje de la misma obra que ya no quiere actuar.
Entonces, ciudadano de a pie, trabajador de lunes a viernes, padre o madre que llega cansado, hijo que todavía arrastra heridas viejas… la pregunta no es si Izanami tiene razón o no. La pregunta es si usted está dispuesto a incomodarse un poco. Porque la comodidad, amigo, está sobrevalorada. Y encima, casi siempre, es una trampa.
Ahora sí, cierre usted: ¿Sigue pensando que decide todo, o se anima a mirar al piloto automático a los ojos?
